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SON LOS DUEÑOS DEL FÚTBOL

SON LOS DUEÑOS DEL FÚTBOL

Si tuviera que elegir una pregunta de fútbol para un concurso, una bien difícil, la pregunta del millón, optaría por esta: Quién fue el técnico del Uruguay campeón del mundo de 1930?

El aficionado común, obviamente, no tiene la menor idea. Me atrevería a asegurar que el 90 por ciento de los periodistas deportivos, tampoco. No los culpo. La respuesta es Héctor Supicci. Cuál es la razón de este desconocimiento? Por qué recordamos fácilmente a Parreira, a Bilardo, a Beckenbauer, a Menotti y casi nadie sabe de la existencia de Supicci? Muy simple: por entonces, la figura del técnico era virtualmente decorativa, no revestía importancia alguna en la escala jerárquica del fútbol. Las estrellas, los nombres inolvidables, eran Héctor Scarone, José Nasazzi, el Manco Castro, el Negro Andrade. Ellos eran el fútbol y el fútbol les pertenecía. Decidían los partidos, enloquecían a las multitudes y, sin pensarlo, estaban llevando a este deporte a ser la máxima atracción del planeta.

Sesenta y cinco años más tarde, las cosas han cambiado radicalmente: se sabe quiénes dirigen los equipos, no quienes juegan.

Esto revela dos aspectos: 1) La importancia de la función del técnico ha sobrepasado la de los jugadores y 2) El ascenso del entrenador en la escala de valores del fútbol ha sido fulminante.

La progresión de semejante escalada podría resumirse así: en 1930, de Supicci sabían su mujer y sus hijos; en 1958 era casi tan conocido Vicente Feola, el coach del Brasil campeón del mundo, como el negro Mario Américo, aguatero y masajista del equipo; en 1995, la mayoría sabe que el técnico de México es Mejía Barón, pero desconoce el nombre del presidente del país.

Este ascenso social del director técnico es tan inquietante que nos ha llevado a pensar si son los dueños del fútbol. Los clubes virtualmente les pertenecen, las selecciones también, la prensa les dedica la tapa de los diarios o de las revistas a los técnicos campeones y no a los futbolistas, perciben el salario más alto y son unos señores tan importantes que ya casi ni se les puede hablar. Resultan inaccesibles. Es mucho más sencillo, para un cronista, obtener la palabra del Presidente de la nación que del técnico de ese país. Con frecuencia, en los centros de entrenamiento de cada selección, los periodistas esperan durante horas a que el entrenador se digne a atenderlos. Y las más de las veces, en un tono misterioso, como quien revela un secreto de estado, se les acerca algún auxiliar para avisarles: Hoy no va a hablar .

Y allá se van, los periodistas, apenados, lamentando no poder llevar a la ciudadanía el mensaje esclarecedor, la palabra divina, el pensamiento iluminado, la encíclica futbolística del director técnico. El pueblo, que espere, otra vez será.

El hincha se equivoca. Y lo admite. Antes del Mundial 86, el público argentino renegaba de Carlos Bilardo. Después apareció en los estadios una bandera con la leyenda Perdón Bilardo . El periodista comete errores. Y los acepta. El dirigente se equivoca. Y lo reconoce. El futbolista violenta la disciplina. Y pide disculpas. El único que nunca se equivoca es el técnico. Al menos no lo dice.

Al aficionado nadie le da explicaciones. Al dirigente, si estuvo mal, se lo remplaza. Al futbolista se lo puede negociar. Al entrenador se lo soporta o se lo indemniza.

El público debe medir su comportamiento, el periodista debe cuidar lo que escribe, el dirigente lo que administra y el futbolista lo que rinde. Y todos deben dar explicaciones. El único que no tiene nada que explicar es el entrenador.

El presidente del club, el de la asociación, incluso el presidente de la FIFA, se someten diariamente al cuestionario de la prensa. Van a programas de TV, dan conferencias, enfrentan las preguntas más duras, a veces insolentes. Pero nadie, ningún directivo, ninguna autoridad, nacional o internacional, militar o naval, diplomática o eclesiástica, futbolística o civil, puede acercársele al técnico y preguntarle: Por qué insiste con fulanito, que juega mal todos los partidos? Eso sería poco menos que sacrílego.

El club puede tener a Pelé en el equipo. Pero si al técnico no le agrada, tiene que transferirlo. De nada sirve que Pérez o García sean el ídolo de la hinchada. Si al entrenador no le gustan, la gente se queda sin ellos.

Ultimamente, el aficionado debe rezar para que el técnico de su equipo sea honesto (sobre todo), que sepa de fútbol, que tenga menos soberbia que los otros, que sea ofensivo, que se encariñe con el club... Todo está en sus manos. Sólo queda rezar. O indemnizarlo.

El técnico es el único gerente que no recibe órdenes de los dueños. Se las da. Quién les dio tanto poder a estos señores? Qué fue lo que hicimos mal...?

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