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QUÉ PRUEBA MEDINA

QUÉ PRUEBA MEDINA

Faltan hechos esenciales por conocer. Falta casi todo el forcejeo político. Faltan demasiados capítulos en esta triste narconovela como para anticipar fallo o pronóstico ninguno. Y sin embargo, ya tenemos certeza sobre dos cosas buenas, tres cosas malas, tres cosas feas, una consecuencia inevitable y un gran desafío nacional.

Lo bueno. Primero, que nuevos hechos sigan saliendo a la luz pública: es señal de que vivimos en una sociedad básicamente abierta. Y segundo, que el Presidente esta vez haya afirmado que sólo a sus espaldas habría entrado narcodinero: eso es harto más específico y más tajante que aquel otro mi vida es un libro abierto .

Lo malo. Primero, que nadie niegue que hubo el cheque y que él ingresó a la campaña: de modo que sí hubo narcodinero en la elección del Presidente de Colombia. Segundo, que el cheque no se registró ni se reportó a los organismos de control externo: así que la contabilidad oficial violó la ley y no es confiable. Y tercero que, según se defiende el señor Medina, la campaña estuviera corriendo por cuenta de un grupo financiero: es como el tipo aquel que alegaba no ser el homicida porque estaba ocupado en otro delito.

Lo feo. Primero, que el cheque hubiera sido encontrado por la Policía en vez de ser denunciado por la propia campaña: no hubo una investigación interna rigurosa a raíz de las denuncias de Pastrana, ni se averigó en serio si alguien era innombrable en el Gobierno. Segundo, que el Fiscal De Greiff se hubiera apresurado a cerrar la investigación y que haya sido nombrado embajador: fue una doble falta de tino ante la opinión mundial. Y tercero, que estemos haciéndole juego a un par de razonamientos que podrían ser falacias: Uno, que la intensa persecución al cartel de Cali sea la mejor prueba de que no hubo donaciones (según argía la DEA y afirmó a este diario el ministro Botero). O que, al revés, la persecución se hiciera para lavar el escándalo (según murmuran los mal pensados). Y es porque, en rigor lógico, entre una cosa y la otra no existe ninguna relación concluyente.

Dos, que los chantajistas (y el cartel lo es) amenacen sólo con pruebas auténticas o sólo con montajes para enlodar a sus perseguidores. Habrá que ver caso por caso y estudiar la evidencia como un todo, es decir, incluyendo indicios anteriores y posteriores a la persecución.

La consecuencia. Esto va para largo y va para hondo. Seguirá la cascada (o el cuentagotas) de revelaciones sobre quién supo, quién no supo y quién no quiso saber. Aparecerán otros cheques y más personalidades untadas en realidad, o, por montaje Habrá un sinfín de argumentos constitucionales y penales, de cábalas y muñequeos políticos, de confusión sobre la moral, la ley y el interés público, de ires y venires sobre si es creíble la Comisión de Acusaciones, la Fiscalía y el propio Presidente. Rodarán cabezas, o por lo menos cabecitas. La imagen internacional de Colombia seguirá en el piso, y se mantendrá la estrecha monitoría de Estados Unidos sobre nuestra agenda y nuestros actos. En fin, por indignación o por morbo, seguiremos gastando buena parte de la energía colectiva en desenredar un oscuro novelón de ladrones y policías... Mientras, el mundo seguirá dedicado a la informática, la biotecnología, la revolución educacional, el relanzamiento de la competitividad o el reencuentro de las identidades nacionales dentro de la aldea global.

El desafío. Cualesquiera sean la duración, peripecias y resultados de este proceso, los colombianos tendremos que cerrarlo en la convicción íntima de que la verdad real primó sobre la verdad política. Cualquiera que sea la verdad política. Y cualquiera que sea la verdad real.

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