Nariño, un carnaval de destinos

Nariño, un carnaval de destinos

TEXTO Y FOTOS: JUAN URIBE ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO* En medio de la exagerada proliferación de destinos turísticos en los que es imposible caminar sin rozarse o atropellarse con muchedumbres es reconfortante descubrir sitios que aún no son invadidos por frenéticos viajeros que apuntan con sus cámaras hacia todos lados.

31 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Una sensación de alivio y tranquilidad invade cuando se llega a Nariño. En este departamento del sur de Colombia hay sitios para nada pretenciosos, pero encantadores, como la vereda El Puerto, a sólo 40 minutos de Pasto.

Allí, a orillas de la laguna de La Cocha, es posible andar por las calles, golpear las puertas de las casas –adornadas con geranios, rosas, primaveras y tulipanes– y charlar con sus dueños. Un gesto amistoso, difícil de imaginar en las agitadas ciudades.

El Puerto, un caserío donde habitan unas mil personas, tuvo la fortuna de librarse del inevitable destino de decenas de pueblos y ciudades de Colombia que, a causa de su falta de planeación, terminaron siendo una colección de construcciones sin forma ni identidad.

Aquí todo tiene sentido. “Dicen que El Puerto es una Suiza pequeña”, afirma Ana Julia Tulcán, una mujer de 42 años nacida en el cercano corregimiento de El Encano y que explica por qué el proverbial orden de aquel país de Europa impera en esta esquina colombiana. Al menos en la arquitectura.

Todas las casas –fabricadas en forma de chalets suizos– son de madera y están asentadas sobre troncos de helecho debido a que el terreno es muy blando y no soportaría el peso de construcciones de cemento. Este estilo se vio aquí por primera vez a mediados del siglo pasado, cuando Walter Sulzer, un chef suizo que había llegado a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial, llegó a la zona a trabajar en el hotel Sindamanoy.

Él y su esposa, Heidy, se enamoraron de la tierra y de la gente; le compraron un lote a un francés y en él levantaron un hotel: el Chalet Guamuez. “Ellos lo diseñaron al estilo suizo, en madera”, recuerda Ana Julia, que entonces, como ahora, ya trabajaba en la cocina del hotel. “Las casas siempre las hacen altas para que no se inunden cuando llega el invierno y sube el nivel de la laguna”, cuenta.

Ella aprendió de Sulzer a preparar la trucha ahumada, una delicia a la que en este sitio sólo le añaden sal y aceite. El toque especial lo da una caja diseñada por el fallecido hotelero suizo en la que el pescado es pasado por humo durante unos 20 minutos. El resultado es maravilloso. Tanto, que el arroz, las papas a la francesa, el pimentón y el cuarto de rodaja de limón con que se sirve bien podrían ser ornamentales.

Otro sabor de Nariño que queda grabado en el paladar es el del cuy, el plato típico de esta zona. A pesar de los prejuicios de quienes afirman que jamás se atreverían a probar nada que se parezca a un ratón, cualquier escrúpulo se desvanece apenas los dientes se hunden en un jugoso pedazo de carne blanca y sabrosa, y con el cuero tan crocante como una galleta fina.

Ya sin arrepentimientos, es hora de llevar algunos recuerdos del viaje. La trucha y el cuy, bien empacados, son excelentes souvenirs.

Lo que si no puede envasar es el aire puro que se respira aquí. En Nariño los pulmones descansan, al igual que los ojos, ya que lo quebrado del terreno hace que los paisajes sean más variados y coloridos que en otras partes de Colombia.

Por Las Lajas No se puede perder, a una hora y media al sur de Pasto, Ipiales, donde se levanta el santuario de Las Lajas, una iglesia de arquitectura neogótica atrapada en un precipicio rodeado por cerros de múltiples verdes.

Al llegar al parqueadero, donde se inicia el camino peatonal que desciende hasta el templo, dan la bienvenida dos llamas ataviadas con gorros mexicanos. Perfectas para la foto.

Entonces se inicia un recorrido por una vía angosta y quebrada, flanqueada por tiendas donde exhiben toda clase de objetos. Aquí es posible comprar imágenes de la Virgen de Las Lajas y del Divino Niño del 20 de Julio; pero también muñecos del Chapulín Colorado y del Hombre Araña. La oferta la completan cuadros del papa Juan Pablo II, balones de fútbol, CDs piratas de música ecuatoriana que acompaña a los peregrinos con su ritmo pegajoso de aires andinos y cumbia; veladoras, rosarios, minutos de celular… Los creyentes bajan por este sendero para postrarse ante la Virgen de Las Lajas, cuya imagen, según la tradición, apareció en una piedra y le devolvió el habla a una niña sordomuda, a mediados del siglo 18.

Este lugar de fe, aunque se ve abarrotado de visitantes en fechas de importancia religiosa como Semana Santa, es durante la mayor parte del año un espacio tranquilo donde no es común encontrar multitudes. Un rincón que devuelve la esperanza a quienes buscan esos sitios que aún no padecen el asedio de turistas despistados que pretenden tomarle foto a todo lo que ven.

* INVITACIÓN DE LA GOBERNACIÓN DE NARIÑO Y SATENA.

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