El burro y el buey

El burro y el buey

Hoy es un buen día para ser cristianos, y paladear en secreto, junto al ruido del mundo, el sabor de la más bella herejía de la Antigüedad:

24 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

la de un dios que nació entre las bestias, para luego vivir con los hombres de la calle; la de un dios –él solo– que era el hijo de un carpintero, y que terminó clavado en una cruz de cedro, o de pino, o de ciprés, sobre cuyos restos puso alguna vez Santa Elena a un muerto, y lo resucitó. Hubo un monje griego, en la Edad Media, que quiso escribir la historia verdadera del árbol del que cortaron la madera de la cruz de Cristo; pero se quedó dormido, a la sombra de un olivo. Cuando se despertó, sólo estaban el vino y el mar.

Y hablo del cristianismo como de una herejía, porque creo sincera y respetuosamente que no es otra cosa: una típica herejía helenística, una variación sutil a los postulados de la fe; la fe monoteísta de los judíos, por un lado, pero también la fe politeísta de los griegos y de los romanos.

Como es algo tan raro hoy, cuando la gente me pregunta asombrada por qué soy cristiano (católico en mi caso, pero además hay ortodoxos y protestantes; y hay cristianos de la nueva era, que alternan sus creencias con incursiones semanales a los cuarteles del Indio Amazónico, que al lado del Padre Chucho es casi un monje benedictino) yo digo la verdad: porque me gustan mucho, muchísimo, Grecia y Roma; porque creo que en la historia nada ha preservado mejor la herencia clásica y pagana que el cristianismo.

Sonará muy excéntrico y muy cursi, pero es así. Porque los enemigos de la religión la tienen muy fácil, y cuando señalan sus lacras –que en últimas son las mismas de todos los hombres en todos los tiempos y lugares– jamás mienten y les sobran las pruebas. Lo hizo Fernando Vallejo en La puta de Babilonia, hace poco, pero antes de él lo había hecho Celso con la misma elocuencia y la misma furia enumerativa: la ladrona, la inquisidora, la sectaria, la progresista, la reaccionaria, la santurrona, la ramera de las rameras, la relapsa, la rapaz, la felona, etcétera. Y todo puede ser cierto.

Pero también es cierto que el nacimiento de Jesús –que fue en el año tres o cuatro antes de Cristo, pero hoy nadie se va a poner con tecnicismos ni malos agüeros; que fue en otro mes y no en diciembre, pero a quién le importa cuando de celebrar se trata– supuso un desgarramiento muy profundo y muy lento en los valores del mundo antiguo, que encontró en el cristianismo y sus símbolos una síntesis perfecta: la del mesianismo judío, que le rezaba a un Dios innombrable y terrible, con la teología griega, en que los dioses debían ser visibles y encarnarse para compartir el destino de los hombres.

De alguna manera, el mensaje de Cristo consistía precisamente en eso: en la revelación final para el pueblo de Israel, puesta en un lenguaje que ya no era el de la sinagoga, y que por su naturaleza sólo podía enunciarse con la voz de Grecia y para todos los hombres. Porque Jesús no era un profeta sino la profecía.

Hoy tenemos una idea muy amarga del mundo católico, tejida por los teólogos españoles que fueron a extirpar en el Concilio de Trento (1545-1563), como si fueran enviados por el mismísimo Lutero, la herencia mediterránea que había impulsado al cristianismo durante más de mil quinientos años. Y fue una desgracia, porque, por andar reprimiendo al clero italiano, la Iglesia renunció a la mejor parte de su historia: la de Dante y Boecio, la de San Agustín hablando con las palabras de Platón; la del vino y los trovadores y las saturnales (el 25 de diciembre), y la de los astrónomos que intuían en el cielo los textos de Dios.

Decía don Nicolás Gómez Dávila, en uno de sus escolios magistrales que aquí cito con mala letra, que más que católicos los cristianos deberíamos ser paganos que creen en Cristo. Como fue el asunto durante quince siglos. Y añadía don Nicolás: la humanidad olvida siempre que la verdad suele nacer entre un burro y un buey. Feliz navidad.

HELGON

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