El indigente que salvó a un taxista

El indigente que salvó a un taxista

Éver Borja Galeano vino a probar bocado ayer, a eso de las 5 p.m. Carne, arroz y fríjoles había en el plato. Su mamá le preparó la comida.

22 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Ya no estaba asustado, sino adolorido, especialmente en la pierna derecha.

En la madrugada de ayer, sobre las 3 a.m., fue víctima de un atraco: le robaron el taxi que manejaba, de placas VEY 167, el producido (180.000 pesos), los papeles y el celular.

No lo mataron, dice, porque un ángel del cielo no lo permitió. Y pudo salir del caño donde lo tiraron los atracadores (en la carrera 51 con calle 33 sur), porque otro ángel, esta vez muy terrenal, lo rescató.

Un habitante de la calle del que no sabe el nombre y a duras penas recuerda su aspecto: “Moreno, alto, fuerte”, dice Borja, lo sacó de ahí.

Cuenta que en el caño, aterrado, amarrado de pies y manos, no se podía mover, ni siquiera arrastrarse. Borja sufre de diabetes y es delicado de salud. Antes de convertirse en taxista, estuvo 14 meses en cama por su enfermedad. “Bajé 20 kilos. Yo era otro”.

Los dos ladrones que lo robaron siempre amenazaron con matarlo. Los recogió en la avenida Primero de Mayo con Boyacá. “Tenían buen aspecto y me pidieron que los llevara a la Escuela General Santander”.

Pasando por la Escuela lo hicieron entrar al barrio Alcalá, a dar vueltas.

“Ahí fue cuando me dijeron que era un atraco”.

Uldarico Peña, gerente de Taxis Libres, empresa a la que estaba afiliado el vehículo, manifestó que aunque era un tipo de atraco normal en el gremio, es el primero en lo que va del mes, al menos en su empresa.

“Hace unos meses teníamos casi un atraco diario. Vale la pena aclarar que en este hecho la ciudad ha mejorado, aunque es penoso lo ocurrido con el compañero”, dijo.

Según otras compañías, la modalidad de hurto ha bajado, aunque todavía se presentan muchos casos, especialmente en las noches.

En el frío de la madrugada de ayer, con una oscuridad casi total y las ratas corriendo por el caño, Borja sólo pensaba que los dos propietarios del taxi y los dos conductores que lo trabajan (incluído él) eran los cuatro grandes perdedores por cuenta del robo.

El hombre no sabía qué hacer. Oyó pasos. Alguien venía. El habitante de la calle, seguramente con sus ropas sucias, le preguntó si estaba herido después de que el taxista le pidió ayuda.

“¿Nada, no está apuñaleado ni disparado (sic)?”, dijo. Con destreza lo desamarró, le ayudó a levantarse y a subir a la calle. Le pasó un brazo por el hombro.

Ayer, Borja dijo que, apenas pueda, va a ir a buscarlo. “Ojalá lo encuentre.

No le pregunté ni siquiera el nombre. Es que no tuve tiempo, porque al primer taxi que pasó le hice el pare y le pedí que me llevara al CAI más cercano”.

Nadie sabe quién fue ese ángel de madrugada. Ayer, EL TIEMPO recorrió el caño buscándolo y aunque halló a varios habitantes de la calle en el lugar, ninguno dijo haber ayudado a Borja, que hoy sólo espera que el taxi aparezca para seguir trabajando, porque no tiene otra opción laboral y está a cargo de sus padres, una dulce pareja de adultos mayores

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