LOS ATERCIOPELADOS SON UN EJEMPLO

LOS ATERCIOPELADOS SON UN EJEMPLO

La Colombia de colores: la amarillo San Victorino, azul de madrugada sabanera y violenta y roja noche capitalina es la que atraviesa las canciones de los Aterciopelados.

18 de enero 1996 , 12:00 a.m.

Pero no se trata de ese país perfectamente pulido, que, sin aristas ni rugosidades, se muestra en las postales de turismo. El mundo de Andrea Echeverry, Héctor Buitrago, Alejandro Gómez Cáceres y Alejandro Duque es el de todos los días, el de los ciudadanos que montan en ejecutivo, viajan por Colombia en bus mochilero, comen lechona o tamal y compran los televisores en San Andrés. Una nación donde conviven las asperezas con el terciopelo y donde la vida es posible en medio de la muerte.

Tal vez por eso han llegado tan lejos, porque no ocultan lo que los asesores de imagen recomiendan dejar a la sombra. Es más, en materia de imagen no es mucho lo que puede hacer un publicista por los Aterciopelados, su estética no es la que dicta Nueva York o París, sino la que nace en la Plaza España, al lado del Hospital San José, donde, según cuentan las malas lenguas, compra la ropa Andrea Echeverry.

Para los Aterciopelados, las gomelas con gabardinas de cuerina y los gabanes de cordobán son parte del extenso y variopinto panorama de un país que viaja siempre con ellos en sus ahora frecuentes correrías por todo el continente. Por eso le cantan canciones y cuentan sus historias, esas que ocurren en los callejones oscuros, en medio de las bolsas de basura y bajo la luz de la luz.

Sus canciones son duras y tiernas como su país, como una florecita rockera, como los escorpiones de Higuita y las fugas de un estudiante, las vacunas milagrosas y los micos que habitan los palacios del poder.

Por eso sorprenden cuando cruzan la frontera, por eso venden discos en Ecuador, llenan estadios en Argentina, inundan las estaciones de radio en Chile y llenan bares en México.

Saben que son únicos, vienen de un país que se ha curtido con sangre y que eso le da un color especial al carácter, lo hace más definido y a la vez más transparente.

También hay orgullo En su música no hay pena, hay orgullo, el orgullo del oh gloria inmarcesible y del júbilo inmortal electrificado, sin chauvinismo claro está.

Son hijos de la Colombia del asfalto, de la Bogotá de cielo gris y de la Troncal de la Caracas, horripilante avenida que media América conoce, sin saberlo, gracias a las imágenes del video de su Bolero Falaz.

Habitantes de la aldea universal, son colombianos en la diversidad. El color local lo matizan con tenues toques de la inmensa paleta de la música latinoamericana y ese código universal que se llama rock. No olvidan que en Antioquia el tango es religión; en el Valle, la salsa pone el paso, y que los mejores mariachis están en Tunja. Su música es como un sancocho preparado en horno microondas, con cubias, habas y con un plato extra de papas a la francesa con un poco de ketchup y un pie de manzana como postre.

Con esta extraña mezcla invadieron las ondas electromagnéticas del canal MTV y pusieron a Colombia en el mapa del rock mundial; una extraña forma de hacer patria, una manera no muy ortodoxa de acceder al primer mundo de la juventud internacional sin necesidad de créditos internacionales.

Aunque en términos de dólares no son muchas las regalías que le entran al país por la venta de discos de los Aterciopelados, son un producto de exportación que produce otra clase de divisas, intangibles claro está, pero capitalizables en el futuro, porque los Aterciopelados son la imagen de la Colombia joven, la del año 2000, la de los sueños rotos a punta de bombas criminales y remendados con canciones de amor.

Andrea, Héctor y los dos Alejandros no son colombianos anónimos en las calles de Santiago de Chile, en el Bar Roxy de Guadalajara, o en las playas del Mar del Plata, son de aquellos a los que la gente señala con pudor, y a los que los niños y adolescentes impertinentes les piden autógrafos.

En noviembre del año pasado fueron capaces de silenciar a una masa de cien mil furibundos argentinos que esperaban desesperados una presentación del trío Soda Stereo, una imudencia similar a la de jugar de visitante en el estadio de la Bombonera contra el Boca Juniors. Los callaron con música, rock colombiano con sabor a cumbia y currulao.

Desde el sur del continente hasta México, incluyendo algunas ciudades al norte del río Bravo, ya conocen El Dorado, su último disco, y por eso los jóvenes de estos países aceptan el intercambio que los Aterciopelados les proponen. Saben que no se trata de cambiar espejos por tunjos de oro; es oro recogido en la Jiménez con séptima, salpicado de esmeraldas, sal de la tierra, dos océanos, selva virgen, sierras nevadas, biodiversidad, bambucos, subdesarrollo, Atenas Suramericana, malicia indígena, mucha cursilería y sobre todo, muchos sueños aterciopelados.

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