Teatro por religión

Teatro por religión

Las luces están apagadas, el público expectante y los actores detrás del telón. Faltan unos segundos para que la función comience. En esos instantes previos, Fabio vive su ritual místico y espera (con ansias) poder decir: ¡mierda, mierda, mierda!.

20 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Se trata de una vieja anécdota europea cuando la gente llegaba en carruajes tirados por caballos al teatro. Entre más caballos llegaban, más estiércol había en las calles, por ende, la sala estaría llena. Por eso los actores susurraban: mierda, mierda, mierda.

Esas son las palabras que Fabio Rubiano quiere repetir cada vez que comienza una función. Ese es su ritual con el teatro, al que llama su “religión”.

A ella se dedica desde que la encontró cuando salió (literalmente) de La Ratonera, su bar, un sitio de salsa y rumba en Bogotá que le daba para vivir, pero que no le llenaba el alma. Tampoco se entusiasmó con la economía, la química ni otras carreras más que comenzó sin éxito. Sólo en la Escuela Superior de Teatro de Bogotá, en 1983, encontró la magia que andaba buscando.

Allá llegó, hizo una prueba y de inmediato sintió que era lo suyo. “Aunque me dio pena y miedo, fue lo único en lo que me sentí bien”, dice. De eso hace ya 25 años en los que ha sido actor, director y luego dramaturgo.

Fabio ganó el Premio Nacional de Dramaturgia con su obra El Natalicio de Shumann; es la cuarta vez que se lo otorgan. El galardón reconoció el mejor texto dramático inédito relacionado con la conmemoración del Bicentenario de las Independencias de Colombia.

Salió de La Ratonera “Cuando llegué a la Escuela de Teatro, ya había hecho todo el curso de actor ‘neoyorkino’, había trabajado en muchas cosas antes de hacer la prueba”. Desde entonces, como él mismo acepta, no ha “soltado” el teatro.

Primero, se dedicó a estudiarlo. En esos primeros años de formación siguió con La Ratonera, pero trabajar hasta las 3 de la mañana y llegar a clase a las 7 era imposible. En la Escuela conoció a Marcela Valencia, otra estudiante de actuación, quien se convirtió en su primera cómplice. Con ella inició una relación que duró diez años y que les permitió concentrarse de lleno en el teatro. “Lo hice salir del bar de salsa si no, no hubiera hecho teatro. Éramos pelados y con mi plata nos alcanzaba para los dos”.

Con Marcela estudió, trabajó y montó el Teatro Petra, que todavía funciona.

Ella conseguía la plata, aún lo hace, y los dos se convirtieron en los promotores de sus obras. Hacían el montaje, la utilería, el vestuario y la divulgación de los estrenos. La primera obra la ensayaron durante 18 meses, seis horas diarias, en el Parque Nacional. Después vinieron más obras y luego el paso al Teatro Popular de Bogotá (TPB) en donde los acogió Jorge Alí Triana.

Tuvieron comentarios buenos y malos, salas llenas (¡mierda!) y salas con solo 7 espectadores, pero con pocos o con muchos, la función se hacía. Su familia, que no entendió en un principio el cambio de rumbo, de todas maneras lo apoyó y fue a una de sus primeras obras. Mariela, la hermana de Fabio, fue su mecenas, sacó plata de todas partes para ayudarlo y cuando ya no tuvo más, “hizo lo de la Reina Isabel, empeñó las joyas para seguir apoyando las obras que montábamos”, cuenta Fabio.

Después, él hizo sus primeros talleres en dramaturgia con Santiago García, en 1986, y desde entonces, tampoco ha parado de escribir. Al trabajo de actor, le sumó entonces la creación. Ha estudiado la dramaturgia con distintos maestros, nacionales y extranjeros. Para muchos, esa es la esencia de Fabio, más allá de los papeles de actor o director.

Tras escena “Fabio es un hombre de una disciplina férrea en su trabajo, es una persona que, más allá de querer el éxito, busca complacerse para resolver preguntas que se hace a sí mismo”. Así lo define su novia, Carolina Cuervo, actriz, con quien lleva más de 8 años.

También reconoce que Fabio enamora con ese humor sarcástico que siempre les imprime a sus comentarios. “Esa sonrisa, dice Carolina, le abre las puertas en todos lados, hasta con las mujeres”.

Dice que no es tímido, pero no es tan expresivo cuando habla de sí mismo, es más locuaz cuando se refiere a su carrera. No le importan los signos del zodiaco, la religión o lo esotérico; tampoco se ciñe por patrones, pero respeta las creencias de su mamá, la acompaña a misa, la lleva al cementerio o prende las velitas a la Virgen que Carolina le pide. “Que más religión que hacer teatro”, responde cuando se le pregunta en qué cree.

Es generoso y buen consejero, dicen sus amigos, no tiene mucha vida social, prefiere estar en su casa, sufre cuando tiene que salir y más bien es un hombre solitario, encerrado en sus reflexiones y sus textos.

Lee, escribe, hace ejercicio diariamente como parte de su disciplina y se encierra por horas en su estudio repleto de maestros de teatro y literatura.

En la dramaturgia parece estar la mayor parte de su magia. Cuando habla de escribir se le ve feliz. “El teatro es de oído”, dice. “No hay que encariñarse con los textos, los más bonitos no son siempre los que sirven”, agrega Fabio.

Se refiere a que la dramaturgia es una escritura distinta a la literatura.

Él diferencia las dos con un ejemplo claro: “Si uno describe con mucha poesía la escena, detiene la acción”.

Carolina, quien también estudió literatura, es una de sus principales críticas. A ella le encarga la revisión de sus obras y es ella quien conoce las ideas que rondan a Fabio. “Cada uno de sus trabajos es un proceso juicioso, ninguna obra está escrita con rapidez, o casualidad. Por ejemplo, su obra Pinocho y Frankestein le tienen miedo a Harrison Ford (Premio Iberescena 2007-08 montaje de su Teatro Petra) es un proyecto en el que estuvo trabajando durante 8 años, desde que lo conocí”.

Las frases más irreverentes las suelta Fabio con un tema que lo inquieta profundamente: la corrupción de la política colombiana. Su posición sobre este asunto es vertical. Por eso no tiene un centro cultural, pues en los sitios que ha pretendido montarlos, no le dan los permisos urbanísticos porque son zonas 'residenciales', y como no acepta intermediarios ni ‘vueltas’, aún no lo ha montado. Espera tenerlo con todos los permisos de rigor, de lo contrario, no podría señalar a los deshonestos, para él sería un asunto de doble moral.

El director Como director, dicen sus actores, genera mucha empatía, porque sabe explicar muy bien el trabajo. “Es concreto y práctico en el montaje y tiene claro lo que quiere, no improvisa”, dice Liliana Escobar, una de las actrices que ha dirigido en el Teatro Petra.

La televisión ha sido su forma de subsistir. Eso lo tiene claro, lo reconoce él mismo y lo ratifican sus amigos, su novia, sus actores y productores. Ni siquiera tiene relacionados esos papeles en su hoja de vida. En cambio, tiene en su currículo la lista de obras que ha escrito.

También están relacionadas las obras dirigidas, los artículos que ha escrito y el trabajo como docente en la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, en donde es profesor desde el 2001. Allí, sus alumnos admiran su conocimiento sobre literatura negra y como siempre, su generosidad con lo que sabe y ese humor sarcástico que no deja nunca

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.