El sobreviviente de la antigua Av. Caracas

El sobreviviente de la antigua Av. Caracas

Un ruido ensordecedor se roba la voz de un anciano que esconde sus canas bajo una gorra, ya desteñida por el trajín de trabajar a la intemperie. A su izquierda, un viejo cajón de madera color marrón de casi un metro de altura con cajas de chicles, cigarrillos y monedas de 200, 100 y 50 pesos en su interior.

20 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Se sienta en la entrada de un local de velas aromatizantes, con la particularidad que nadie entra a comprar.

Es la avenida Caracas con calle 12, en el centro de Bogotá, morada de Luis Enrique Gómez, uno de los pocos personajes que nueve años después de la llegada del transporte masivo a la troncal más importante de la capital, permanece en el mismo lugar, en medio de nostalgias de tiempos pasados.

Luis Enrique mide metro y medio de estatura. Nació en 1944 en el municipio de Chaparral (Tolima). A los 8 años, una familia lo trajo a Bogotá para trabajar en modistería y a los 16 se escapó y se fue a buscar fortuna al eje cafetero, pero le fue mal y llegó con los bolsillos vacios.

Se hospedó entonces en la casa de un amigo y fue ahí cuando conoció por primera vez a su novia: la vieja Caracas, esa que por un proyecto de troncal, ideado en la alcaldía Andrés Pastrana, encerró a los transeúntes en los separadores, dejándolos a merced de reponeros que ‘cazaban’ pulseras, relojes y billeteras.

Duró seis meses en el colegio: lo expulsaron por pelear con uno de sus compañeros. Aprendió a sumar y a restar gracias a la dueña de una panadería que le enseñó a llevar las cuentas del negocio calculando en panes rollo y churros azucarados.

Luis Enrique trabajó como ayudante en las flotas que salían desde el centro hacia Chía y Zipaquirá. Era uno de eso jóvenes que a pulmón entero informan los destinos y buscan a los pasajeros.

Con las ganacias de esta labor compró el plante para convertirse en zapatero ambulante, un negocio lucrativo en momentos en que la Caracas, a la altura de las calles 6a. y 19, era el paraíso de las ventas ambulantes y de restaurantes con gallinas y papas saladas en las vitrinas.

En una noche de boleros en una cantina, conoció a su único amor, María Alba, trabajadora sexual que le robó el corazón al entonces zapatero. Después de cuatro años de vivir juntos lo abandonó, llevándose de paso a su hijo.

El ‘historiador’ de la Caracas.

Restaurantes como El Madril y El Maizal dejaron de existir, cuenta Luis Enrique y agrega: “Desde que los buses de Flota Chía, la Alianza y la Zipa se fueron, la gente ya poco pasa por aquí”, dice el hombre.

Cuando el oficio de zapatero entró en decadencia, Luis Enrique cambió los betunes y trapos por el chaleco fluorescente de voceador de prensa y eso que no sabe leer.

Eso no es problema, él se entretiene con las chicas desnudas de las últimas páginas de los tabloides.

Luis confiesa, mientras atiende a un cliente, que vive feliz con los 10.000 pesos que en promedio le deja la venta de periódicos y de dulces.

Tiene un teléfono celular que poco sabe manejar. A veces le llegan llamadas de parientes lejanos que le preguntan cómo se encuentra de salud, pero el vive en su mundo.

Después de sus jornadas de vendedor ambulante, se va a cuidar un apartamento en la calle 9a. con carrera 15, donde pasa la otra mitad de sus días. Hasta el 24 y el 31 de diciembre los pasa solo, ahí, al lado de la Caracas

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