Exitosos profesionales son ahora servidores de Dios

Exitosos profesionales son ahora servidores de Dios

En la despedida que le hicieron a Daniel Bustamante un día antes de su viaje a España, donde ingresaría al Seminario de Pamplona, uno de sus amigos lo sentenció: “Usted no va a aguantar esa vida, y en seis meses se va a devolver. Y cuando eso suceda, usted me pagará un millón de pesos; si se aguanta, pues yo le pago el millón”.

20 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Cinco años más tarde, el hasta entonces exitoso administrador de empresas Daniel Bustamante pasó a convertirse en el padre Daniel, con lo que ganó la apuesta, que aún no le han pagado.

Hace mucho tiempo los asuntos materiales y la vida terrenal dejaron de ser importantes para el padre Daniel, un bogotano de 36 años que abrazó una promisoria vida como ingeniero industrial, que llegó a trabajar en la bolsa de valores de Vancouver (Canadá), que viajó por el mundo y que decidió dejarlo todo para servirle a Dios y a los más necesitados.

El padre Daniel hace parte de un grupo de sacerdotes colombianos que, con una profesión encima, se convirtieron en pastores de la Iglesia. Y aunque la Conferencia Episcopal no tiene el dato exacto de cuántos son los curas profesionales, asegura que cada vez son más.

“Desde pequeño sentí la vocación sacerdotal, pero a Dios me le escondí muchas veces”, recuerda el sacerdote, hoy director de la Caja de Auxilios para el Clero de la Arquidiócesis de Bogotá y párroco auxiliar de la Catedral Primada.

Quería ser un famoso tenista y se fue para Estados Unidos tras ese sueño, que abandonó al comprobar que no era tan competitivo. Quería ser un gran financista y para eso se fue a trabajar con los corredores de bolsa de Vancouver.

Allí descubrió que en el dinero y en los lujos no estaba la felicidad que anhelaba, que “esa vida estaba llena de vacíos y frivolidad”.

Fue entonces cuando la vocación religiosa revivió.

Su padre se opuso. Tenía planes para él, y para eso había invertido en su educación y en sus viajes. Incluso, cuenta, le trató de conseguir novia para que cayera en la tentación de la carne y desistiera de su idea de enfundarse en una sotana. Pero las cosas cambiaron cuando lo vio tan aferrado a su fe.

“Toda la vida me he opuesto a la voluntad de mi hijo y a la voluntad de Dios. Hoy comprendo que eso es mucho más importante que mi propia voluntad”, recuerda que dijo su padre en un brindis, cuando se ordenó como sacerdote el 3 de diciembre del 2005.

Medicina para el alma.

Jesús Alberto Pinzón pasó de curar cuerpos a curar almas. En su ejercicio de médico, durante cinco años, descubrió que sus pacientes no sólo esperaban un diagnóstico preciso para sanarse. Necesitaban una palabra de aliento, alguien que los escuchara, que les diera afecto.

“Me gané la fama de ser un buen médico, no por ser el más acertado, sino por el trato que le daba a la gente”, cuenta Pinzón, de 45 años y oriundo de Neiva.

Fue esquivo a la vocación de cura que sintió desde niño, pero esta reapareció en su oficio médico. “¿Dejar la medicina para meterse de cura?”, le preguntaron sus familiares y amigos con asombro. Otros pensaron que tenía una frustración y que siendo sacerdote podría resanar lo que le estaba sucediendo.

Empezó a indagar sobre esa posibilidad en la Arquidiócesis de Bogotá, donde se hizo seminarista a los 26 años. La edad promedio de ingreso es a los 18.

Renunciar a su sueldo y al futuro económico que le garantizaba su profesión no le quitó el sueño. Lo único que lo enredó, al comienzo, fue pasar de la cultura científica en la que se formó como médico, a la filosofía, a la metafísica y a la espiritualidad.

“Estaba acostumbrado a lo exacto, a lo tangible. Tuve que aprender a pensar, no desde la ciencia, sino desde la sabiduría”, cuenta el hoy párroco de la iglesia del barrio Jota Vargas, en Bogotá.

En algunas ocasiones, cuando está confesando a los fieles de la parroquia, no falta alguien que le dice: “Padre, tengo un dolorcito, qué me receta”.

‘El celibato no es una carga’ .

Astolfo Moreno, al contrario que los padres Daniel y Jesús, creció ajeno a los asuntos de fe.

Su familia, dice, era católica de palabra, más no de convicción. “Sólo íbamos a misa cuando alguien cercano se casaba”, recuerda.

A los 15 años salió del colegio e ingresó a la facultad de ingeniería industrial de la Universidad de los Andes, de donde se graduó a los 21, con énfasis en matemática pura. “Lo mío eran los números, las cosas exactas y técnicas (...) Pero sentía que me faltaba algo para ser realmente feliz”, cuenta Moreno, de 34 años y el mayor de tres hermanos.

Fue un joven tranquilo y prefería estudiar o hacer deporte a irse de rumba y a andar en la calle.

La ingeniería y la idea de conformar un hogar nunca fueron sus prioridades.

Tuvo dos novias, ninguna dejó huella. “Sentía que me faltaba algo para ser realmente feliz. Llevaba una vida plena, sin relieve”.

Estando a mitad de carrera conoció a un médico que había renunciado a todo para convertirse en sacerdote. “Cuando empecé a hablar con él, descubrí que quería una vida así”, cuenta este bogotano con pinta de alemán.

A los 21 años se graduó de ingeniero y antes de salir a buscar trabajo, les dijo a sus padres que quería ser cura. Ellos reaccionaron con alegría y cierto temor a la vez. “Los curas viven solos. ¿Acaso, así va a ser feliz?”, le preguntaron queriendo que cambiara de opinión. No fue así. Se fue a España, ingresó al seminario donde se ordenó hace ocho años. Durante tres, fue el párroco del barrio Jerusalén, en Ciudad Bolívar y desde hace cinco, es el párroco de la Catedral Primada de Bogotá.

Al igual que los padres Jesús y Daniel, asegura que el celibato no es un lastre pesado y difícil de cargar, que lo vive con entusiasmo, respaldado en la fortaleza que Dios le da.

“Soy un hombre, me atraen las mujeres, pero tengo que cuidarme. Es lo mismo que un hombre casado, que tiene que serle fiel a su mujer”, dice él, al referirse a la fidelidad que le profesa a Dios.

Para él ser célibe no equivale a estar mutilado: “Si mañana dicen que el celibato se acaba y que los curas se pueden casar, yo no me caso. No asumí el celibato como una carga.”.

De periodista a sacerdote.

Cuando le dijo a su mamá que quería ser sacerdote, ella le respondió: ‘primero estudie; si no estudia, lo van a poner a lavar los baños en el seminario’.

Aunque le obedeció y se hizo abogado de la Universidad de los Andes y cursó una maestría en economía y otra en administración de empresas, cuando ingresó a la Compañía de Jesús lo primero que lo pusieron a hacer fue a asear los baños. Esa anécdota la recuerda con cariño el sacerdote jesuita Luis Felipe Gómez, encargado de dirigir las obras sociales y educativas de esa comunidad religiosa.

Cuando se graduó de abogado, se fue a trabajar al periódico de su familia: La Patria, de Manizales. Allí duró cinco años y medio, hasta ser nombrado director. En seguida ingresó a la Compañía de Jesús, de la que se retiró parcialmente cinco años después. “Tenía un compromiso grande con el periódico, tuve que regresar”, cuenta.

Tras otros seis años, volvió al redil de los jesuitas. La vocación también palpitaba, y muy fuerte. Después de dar órdenes en una redacción tuvo que asumir el infalible voto de obediencia; después de tener casa, carro y finca tuvo que acostumbrarse a vivir sin una moneda en el bolsillo.

Hoy, alejado del periodismo, vive su apostolado con convicción y amor. A falta de hijos, tiene 10 ahijados. El tema del celibato lo ha afrontado con la oración. “Es una lucha diaria”. Sin embargo, dice que la Iglesia tendrá que plantear hasta cuándo será necesario.

REQUISITOS PARA LAS VOCACIONES TARDÍAS.

Según Juan Vicente Córdoba, secretario del Episcopado Colombiano, el primer requisito es que la persona tenga claridad de lo que quiere hacer, que no lo haga como salida a una frustración.

Por eso, evalúan que el aspirante haya tenido una vida exitosa, tanto en el nivel profesional como en el emocional.

El límite de edad de ingreso para profesionales, en promedio, es hasta los 30 años. Sin embargo, hay excepciones, de acuerdo con el caso. El Episcopado Colombiano también evalúa que el aspirante tenga una fe madura y que haya tenido un pasado decoroso

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