¡Invadieron a Panamá!

¡Invadieron a Panamá!

En un viejo artículo de Joe Broderick (El Malpensante, 2005), ‘De cómo el whisky se volvió scotch’, hay pistas para entender por qué el paso del tiempo, enemigo de casi todo, obra, en cambio, como juicioso artesano que mejora, día a día, al “agua que alegra la vida”. Encontrar viejos depósitos de whisky es un rito de arqueólogos. Hoy, por ejemplo, andan alborotados porque descubrieron unas cajas abandonadas por el primer explorador de la Antártida. ¡Whisky de 100 años! Cualquier mal poeta dirá que da la vida por un beso de ese vaso. El más antiguo conocido hasta hoy es una cosecha de 1966, abandonada en la destilería BenRiach, que, para los catadores, fue el equivalente a descubrir un rico pozo petrolero.

16 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

En 1989, Antonio Restrepo Botero vivió la invasión norteamericana a Panamá.

Juiciosamente fue escribiendo un diario (20 de febrero a 31 de diciembre).

El autor dejó su texto para consumo de polillas electrónicas y luego se desentendió de él. Varias casualidades, no es el caso narrarlas, sacaron del baúl de vejeces esas 132 páginas estremecedoras, escritas hace veinte años, que hoy, por la magia de la edición, están a disposición del grueso público en formato de libro ilustrado (fotografías de Marina Gutiérrez, esposa del autor). ¡Qué libro! Es igual que un whisky añejado. Fue escrito al ritmo de los acontecimientos del 89, y sin que ni el autor ni el editor le cambiaran una coma, se lee en el 2009 como si fuera una reflexión decantada por la perspectiva histórica.

Restrepo, en su texto, expresa una posición “políticamente correcta”. Aunque se refiere al dictador Noriega como la ‘expresión más aberrante’ de los problemas de Panamá, ve con aprehensión la posibilidad de una invasión. Mes a mes, va citando las palabras del presidente Bush (padre), que prefiguran un cuadro cuya escena final, necesariamente, tendrá que ser la invasión.

“Cuando escuché la alocución de Bush (3 de mayo), me corrió un escalofrío.

No pude recordar ni una sola vez que Estados Unidos haya amenazado con la utilización de su fuerza militar y el asunto haya terminado en algo distinto de una invasión”. Ocho meses después (21 de diciembre), principia el desenlace. Restrepo dice: “sobrecogidos y en silencio estuvimos ahí de pie, observando el ignominioso espectáculo del ejército más poderoso del mundo desplegando su monstruosa tecnología de guerra contra la indefensa Panamá”.

El presidente Chávez hace alharaca con que lo invadirán los gringos y que los acuerdos de cooperación Colombia-E.U. son pasos iniciales.

¡‘Despensiónese’, señor Chávez! Nada es igual hoy a Granada (1983) o Panamá (1989). Granada, lo narran graciosamente Ed Stosser y Michael Prince en Breve historia de la incompetencia militar, fue recocha infame protagonizada por un político asesino y loco (Bernard Coard-Granada) y un presidente con alma de prefecto de disciplina (Reagan).

La amenaza de Chávez para la región puede, incluso, ser superior a la que constituyó Noriega en su tiempo. Pero la administración Obama está lejos de compartir esa caracterización. Ellos sufren el síndrome infantil de ‘todo lo de Bush es malo’. En el Consejo de Seguridad Nacional obra como gurú un señor de origen colombiano, que se identifica políticamente con la línea de Chávez y, en privado, califica a Uribe de gobernante ‘derechista’. ¿Sería de esa oficina de dónde salió el infundio de que el acuerdo de cooperación con las bases militares colombianas fue una embarrada de la burocracia media de la Secretaría de Estado? Quien le dijo eso a The Economist mintió. Hay constancias, las conozco, de que fue iniciativa conjunta, largamente estudiada, y al más alto nivel. ¿Sería esa oficina la que diseñó, también, la inicial alianza Chávez- Obama en Honduras? Gracias a Dios, el Departamento de Estado enmendó la plana pergeñada por el asesor insidioso y, hoy, Colombia y Estados Unidos lideran el reconocimiento de las elecciones democráticas que le dieron el triunfo a Pepe Lobo

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