Se buscan lectores

Se buscan lectores

11 de diciembre 2009 , 12:00 a.m.

Las cifras deberían alarmar. En toda Colombia –como lo anotó la ministra de Cultura, Paula Moreno– solo existen 350 librerías, y el 80 por ciento de ellas se encuentran en Bogotá, Cali y Medellín. Hagamos cuentas: hay escasamente unas 70 librerías en el resto del país. En otras palabras, no hay librerías en la vasta mayoría de los mil municipios colombianos. Es posible que, bajo tal clasificación, se hayan quedado por fuera sitios de ventas de libro –incluidas las de Internet–. Pero otros indicadores apuntan en la misma dirección. El mercado de libros es bastante raquítico. El 59 por ciento de los colombianos, anota la Ministra de Cultura, “asegura no leer libros”. En el 2003, Colombia ocupó en la región los puestos más bajos en índices de lectura (30 entre 35 países).

¿Vergonzoso? Mucho más. La ausencia de lectores no es solo un problema para escritores y casas editoriales. Lo es también, y en serias dimensiones, para cualquier proyecto de desarrollo, para el fortalecimiento de la nación, de la ciudadanía y de la democracia.

Frente a la gravedad del problema, cobran más importancia los avances recientes de nuestras bibliotecas públicas. Tras una iniciativa de la Luis Ángel Arango, desde el 2002 el Gobierno ha expandido el servicio de bibliotecas públicas a casi todos los municipios del país, a través de la dotación de colecciones básicas, buena parte de ellas destinadas a los niños. Según la ministra Paula Moreno, se estarían produciendo así cambios significativos en los hábitos de lectura de los colombianos.

Este no es el primer esfuerzo por llevar la cultura del libro a todos los rincones nacionales. En un excelente texto, Renán Silva ha examinado con lucidez la experiencia de la Biblioteca Aldeana, impulsada desde sus inicios, en 1935, por Daniel Samper Ortega, director de la Biblioteca Nacional (República Liberal, intelectuales y cultura popular, Medellín, La Carreta Histórica, 2005). En años más recientes, las bibliotecas públicas han tenido progresos notables en Barranquilla, Medellín o Bogotá. La Luis Ángel Arango ofrece servicios extraordinarios, extendidos a través de su red de bibliotecas en una veintena de ciudades del país.

Sin embargo, el récord a lo largo de 200 años de vida independiente es más bien pobre. Y hasta cierto punto paradójico, si se tiene en cuenta –como nos recuerda Jorge Orlando Melo– que aquí, en 1777, se había establecido la primera biblioteca pública de Hispanoamérica.

Melo ha identificado además las raíces del problema en un modelo educativo donde el libro no ha tenido un lugar central. (Los invito a consultar su magnífica colección de escritos sobre este tema en su portal electrónico www.jorgeorlandomelo.com). El eje de la educación colombiana ha sido la “comunicación oral”. Las escuelas se preocupan más por tener computadores, laboratorios y edificios que por comprar libros. La mayoría de las universidades destina un porcentaje irrisorio de sus presupuestos a la dotación de las bibliotecas. ‘Más libros y menos maestros’, fue el título provocador de un artículo de Melo en El Malpensante. Se necesitan más de ambos, pero más maestros con capacidad de romper con la cultura oral y estimular en cambio la lectura crítica entre los estudiantes, que sepan apreciar la importancia de pasar más tiempo en la biblioteca y menos en el salón de clases.

La promoción de bibliotecas públicas no se contrapone a las librerías. Se complementan. Podría decirse que las primeras están sentando las bases para la futura expansión de las segundas. En el 2002 se vendía apenas un libro anual por cada adulto colombiano. Mi impresión es que así como nos han hecho falta bibliotecas públicas, también nos han faltado editores que crean más en el mercado. Si se consolida el plan nacional de bibliotecas y continúan los cambios en los hábitos de lectura anunciados por la ministra Paula Moreno, puede anticiparse un futuro próspero para la cultura del libro en Colombia

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