Veinte años sin el ‘pedazo de acordeón’ de Alejandro Durán

Veinte años sin el ‘pedazo de acordeón’ de Alejandro Durán

CORRRECCIÓN En la nota que se publicó ayer sobre Alejo Durán en la sección Cutura se dice que Alicia adorada es parte de su repertorio. La composición es de Juancho Polo Valencia. Muchos son los recuerdos que aún permanecen intactos en la memoria de amigos y familiares de Alejandro Durán Díaz, el ‘Negro Grande del Acordeón’, como era conocido este juglar del folclor vallenato, quien hoy cumple 20 años de fallecido.

15 de noviembre 2009 , 12:00 a.m.

Alejo Durán tenía un estilo único. Fue compositor, músico y cantante, lo que le mereció el calificativo de juglar y patriarca del folclor costeño.

Su alta estatura, su porte de hombre recio pero amable y su sombrero vueltiao, sin el cual no dejaba que le tomaran fotos, fueron su carta de presentación fuera de las tarimas.

En Planeta Rica (Córdoba) Durán pasó los últimos 30 años de su vida. Allí vive aún José Tapia Fontalvo, el guacharaquero de su conjunto y su amigo inseparable desde 1957, cuando Alejo lo invitó para que lo acompañara a una actuación en Sahagún, ya que el ejecutante titular del instrumento se había enfermado.

Tapia guarda celosamente, como su tesoro más preciado, un álbum fotográfico con imágenes de su ídolo, captadas en diferentes momentos artísticos y personales. “Cada una me recuerda una anécdota vivida con Alejo”, dice con tristeza.

La que más lo emociona es la del viaje que hicieron a Estados Unidos, días después de que a Durán lo coronaron primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968. “Fue el primer artista colombiano en presentarse en el majestuoso Madison Square Garden de Nueva York, estrenando el triunfo del que se constituiría después en el gran concurso musical del folclor costeño”, cuenta Tapia.

El día de la actuación, antes del concierto, los cuatro músicos salieron con Durán a conocer la ciudad. “Alejo iba exhibiendo orgulloso su inseparable sombrero vueltiao en medio del bullicio de transeúntes y vehículos. De repente una gringa se le acercó y le pidió tomarse una foto con ella, atraída tal vez por la estampa de aquel moreno al que no dejaba de admirarle el sombrero elaborado por los indios zenúes de Córdoba”, dice Tapia.

Como buen mujeriego, Durán no perdió la oportunidad de coquetearle a aquella mujer de ojos azules y cabellos rubios. Hasta le pidió que regresaran juntos a Colombia; pero ella, quizás sin entender una sola palabra, le respondió con una sonrisa, le dio un beso y se marchó. “Prometió que le compondría una canción, pero no sé si lo hizo, porque nunca se la escuché“, relata.

Esa tarde, un colombiano residente en E.U. lo reconoció y, al igual que la gringa, le pidió fotografiarse con él. “Él siempre fue el mismo, y jamás permitió que la fama se le subiera a la cabeza”, comenta Tapia.

José Tapia nunca se rehusó a acompañarlo a sus presentaciones, a excepción del 11 de noviembre de 1989, cuando fue invitado a tocar en el Festival de Acordeoneros y Compositores de Chinú (Córdoba), que sería su actuación final.

Horas antes del toque, el médico Omar González Anaya, amigo de Durán, le recomendó mantenerse en reposo debido a su delicado estado de salud.

Tapia asumió como suya la recomendación, pero Alejo, no. “Usted sabe que el toro bueno muere en la plaza”, respondió Durán ante la inútil súplica de su guacharaquero para que permaneciera en casa.

Dos días después de aquella presentación fue internado en la clínica Unión de Montería, donde el 15 de noviembre de ese año falleció a causa de la diabetes.

Su cuerpo fue despedido en Planeta Rica por una multitud que lo aclamó como Rey de Reyes, por fuera de las competencias musicales.

‘NO SÉ SI LE PAGARON LOS 150.000 PESOS’.

El maestro Alejandro Durán mantuvo su lucidez hasta el día de su muerte, recuerda su amigo y guacharaquero, José Tapia Fontalvo.

Ya postrado en su cama de enfermo, el músico le pidió a Tapia el favor de que fuera a cobrarles a un par de amigos 150.000 pesos que le debían desde varios meses atrás.

No eran deudas de parrandas, pues Alejo Durán no solo ejecutaba el acordeón, sino también hacía rendir sus finanzas por medio de préstamos al interés.

“Yo llevé la razón a los deudores, pero no sé sí le pagaron antes de morirse", comenta Tapia, quien en tono jocoso asegura que de no ser así, el difunto maestro les habría cobrado con apariciones y tirones de pelo en las noches a sus deudores morosos.

El fiel guacharaquero no ha dejado de visitar la tumba de su maestro.

Tapia afirma que, a veces, cuando el silencio embarga el camposanto donde reposan sus restos, escucha las notas de canciones como ‘Fidelina’, ‘Alto del Rosario’, ‘Alicia adorada’ y la preferida de Alejo, ‘Rosario’, una canción que no tuvo mucho eco en las emisoras ni en las tarimas, pero sí un significado muy especial para Durán, porque estaba dedicada a una joven a quien conoció en una de sus travesías por Chiriguaná (César), y con quien tuvo un amorío fugaz.

¿CANCIONES O COQUETEOS?.

Gloria Dussán fue la última de las tantas mujeres que tuvo y quien le concibió 3 de los 24 hijos que engendró. De origen campesino, esta cordobesa de 59 años dice: “Sus canciones eran más que coqueteos, porque yo las escuchaba y sentía que eran para mí”, explica Gloria, quien se flechó de él a los 20 años, sin conocerlo.

Su manera de tocar el acordeón y su voz pausada y grave caracterizaron sus canciones, que contenían historias de amoríos y anécdotas vividas a lo largo de sus 70 años. Mi pedazo de acordeón, Fidelina, La cachucha bacana, 039, Alto del Rosario, Alicia adorada y El verano son parte de su repertorio inmortal.

Su infancia en El Paso (Cesar) estuvo rodeada de música de tambores, y ya en la adolescencia mostró su gusto por el acordeón, que combinaba con trabajos de vaquería, a los que se dedicó desde pequeño

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