Un poco de agua fresca

Un poco de agua fresca

Hace pocos días compartí el bellísimo Paraninfo de la Universidad del Cauca con cuatro invitados más. Se lanzaba desde allí la Cumbre Mundial de Paz, que en Bogotá espera convocar del 1 al 4 de octubre a miles de individuos a conversar y a hacer cosas que contribuyan a vivir en paz. Dos personas que representaban a las comunidades indígenas y los campesinos de Páez y de sus montañas, cerraron el evento antes de las preguntas de rigor. Yo no sé para el público, pero para mí lo que ellos dijeron fue lo más importante de todo lo que se dijo, incluida, por supuesto, mi propia intervención. Hablaron de otras cosas. De otra pedagogía. De otros modelos de desarrollo.

30 de septiembre 2009 , 12:00 a.m.

Sin academicismos impostados. Como con los buenos discursos, las entrelíneas de lo que decían eran más importantes que lo que estaban diciendo.

Al comienzo, llegué a pensar que estaban prisioneros de los clásicos reflejos condicionados contra el sistema, que hacen que el mundo sólo sea blanco o sólo sea negro, entre otras cosas porque el sistema hace lo mismo.

Estaba equivocado. Sin abandonarlos del todo, (tal vez tampoco se trate de eso), su discurso tenía un aire nuevo que superaba con mucho el estereotipo panfletario. Fue una pequeña clase de cosmogonía. La ancestral conciencia de lo colectivo y la naturaleza invadió el auditorio. Los codazos de nuestro individualismo rampante quedaron al descubierto, y mostraron las úlceras de la enfermedad del tener en que nos debatimos. Ellos no la padecen. Nosotros sí. Quieren tener como es apenas natural. Pero lo que les quepa en un abrazo. Provincianos, si se quiere, en el espacio que aún ocupan y que preservan al igual que sus propias vidas de nuestra guerra a fuerza de palabras y bastones de madera con cintas de colores, no lo son en la concepción del tiempo que los rige y que hace ver tan deleznable el nuestro, tan pequeñito. Su candor es su fuerza. Y no se lo imponen a nadie, ni mucho menos lo comercializan. Que los dejen ser lo que son y lo que han sido que ellos hacen lo propio con nosotros. Que los respeten por el hecho sagrado de su minoría. Que los dejen explotar los minerales y las riquezas de sus tierras como hace siglos, porque sólo quieren tener lo que necesitan sin necesidad de atesorarlo, y además, lo quieren seguir teniendo en el futuro.

Esa es su plegaria. Que les respeten su territorio como su vida, porque aunque incomprensible para nosotros, ambos están unidos desde mucho antes de la casaca y la peluca.

Cómo nos hace de falta en la escuelas de las grandes capitales un poco de esa agua fresca.

Para conversar con ella. Sin arrogancias epistemológicas. Sin fingimientos.

Cómo es de interesante concebir la resistencia pacífica ante el embate de los tiempos presentes, como una forma de vivir que consuma lo mínimo, y que cuestione un poco las lógicas imperantes de los mercaderes y los tradicionales ‘no se deje mijo’ y ‘aproveche mija’ tan occidentales, pero sobre todo tan tristemente colombianos, tan patéticamente nuestros.

''Cómo es de interesante concebir la resistencia pacífica ante el embate de los tiempos presen- tes, como una forma de vivir que consuma lo mínimo

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.