¡Qué golpe!

¡Qué golpe!

Para deleite de los argentinos, a ese ‘pibe’ que camina desganado, sin gracia, lo envolvió el tenis y no el fútbol. Diecinueve años después de que sus tías le regalaran su primera raqueta, Juan Martín del Potro es el nuevo campeón del Abierto de Estados Unidos, su grand slam favorito.

20 de septiembre 2009 , 12:00 a.m.

Sí, Del Potro, aquel joven de 1,98 metros a quien llaman la ‘Torre de Tandil’, quería, como nadie, ganar ese título en el estadio Arthur Ashe, en Nueva York, pero jamás creyó que lo haría frente a Roger Federer, a quien literalmente sacó de casillas con su tenis, y todo esto antes de ser mayor de edad en Argentina, pues cumplirá 21 años el próximo miércoles.

Sus seguidores se habrán detenido en su liturgia al final de cada partido: la señal de la cruz y la mirada al cielo, una imagen repetitiva y conmovedora. Es para Guadalupe, su hermana mayor, fallecida hace 18 años –cuando él tenía dos y ella cuatro– en un accidente automovilístico en Lobería (Argentina). Una triste historia que marcó para siempre a ‘Palito’, el apodo por el que lo llaman sus amigos de infancia en su natal Tandil, y del cual su familia y especialmente él, no hablan nunca. “Me cuida desde arriba, cada vez que juego”, confesó a Newsweek.

También están su padre, Daniel, veterinario y ex jugador de rugby; su madre, Patricia, maestra de literatura; y su hermana menor, Julieta, de 18 años, su confidente, a la que le regaló el Mercedes Benz descapotable que ganó en Stuttgart, en julio del año pasado, el premio en su primer título de la ATP.

“Esa noche me dije: ‘¡Qué tarado soy, cómo le fui a regalar el carro a mi hermana’!”, expresó Del Potro al recordar su gesto fraternal, en una de las tantas entrevistas que ha concedido desde que ganó el US Open.

Pero él es así, descomplicado y humilde. Por eso, el nuevo campeón pensaba que el logro más grande en su carrera era haber derrotado a Rafael Nadal, su amigo y con el que juega play station, en las semifinales del Abierto de E.U. Por eso no tenía preparada ninguna celebración especial el lunes pasado. Todo lo que pasó allí fue espontáneo.

Juan Martín se tiró de espaldas sobre el cemento. Se quedó inmóvil, con los brazos abiertos. Se paró, no sabía a dónde ir ni qué hacer. Se tomó la cara con ambas manos cuando varias lágrimas corrían por sus mejillas. Se saludó con Federer todavía con la red de por medio. “No sé ni qué me dijo, porque la gente no me dejaba oír nada”, explicó a su llegada a Buenos Aires.

Lo demás fue la locura: 23.763 personas terminaron coreando su nombre y bailando al ritmo de Matador, la canción de la banda argentina Fabulosos Cadillacs, que sonó en honor del jugador, y él se fue a las tribunas en busca de su equipo y se fundió en abrazos con su entrenador, Franco Davin, el hombre que le cambió el juego y la mentalidad desde marzo del 2008.

Mientras eso pasaba en Nueva York, la familia Del Potro celebraba en Falucho, un barrio de clase media y casas parecidas de Tandil. Nunca lo ha acompañado en sus viajes. Al principio, porque era muy caro y, después, porque Juan Martín se ponía nervioso y no la dejaba ir. Del Potro lleva ganado, sólo en premios oficiales, US$ 3’543.629. Pero él dice no saber cuánta plata tiene y aclara que sus “cosas” las maneja su papá.

Varios caminos A los seis años, Del Potro se dividía entre el tenis, la arquitectura y el fútbol, sus grandes pasiones: soñaba con ser jugador de Boca Juniors, equipo del que es hincha y al que hoy irá a ver jugar en La Bombonera.

Y justo este hombre les hizo olvidar a los argentinos el mal momento de su Selección al regalarles un triunfo cuando no quieren saber de fútbol. Sin embargo, él sí quería hablar de este deporte. En una cena privada, dos horas después de su victoria en el US Open, indagó a los periodistas de su país por el equipo de Maradona. Se mostró preocupado al oír sus respuestas hasta que alguno le dijo: “Che, no hablemos más de eso: ahora nuestro ‘Dios’ es un tenista”.

Marcelo Gómez fue su primer entrenador y, entre viajes y estudiando a distancia, terminó el bachillerato. Su debut profesional fue en abril del 2004, con una derrota frente a su compatriota Carlos Berlocq, en dos sets, en un Future en Buenos Aires.

Del Potro estuvo en Colombia. Jugó el Bancolombia Open en Bogotá, en abril del 2006. Era en ese entonces el 136 del mundo, con 311 puntos, y la siembra 7 del torneo. En febrero del 2007 jugó en la Copa Davis en Linz (Austria) por la primera ronda del Grupo Mundial y ganó en cinco sets a Jürgen Melzer para asegurar el triunfo ‘gaucho’.

Aunque no todo siempre fue sonrisa. Cuando Davin se convirtió en su coach, hace 18 meses, era el 59 del escalafón mundial de la ATP. Los títulos no llegaban. Incluso, en Roland Garros 2008 llegó a decir: “Me siento muy mal, no puedo cumplir con las expectativas que tienen en mí”. En octubre del año pasado, algo cambió y se metió en los ‘top-10’ del tenis mundial.

Pero su actuación en Mar del Plata, para jugar la final de la Copa Davis 2008 contra España, no fue la mejor: perdió su partido con Feliciano López y cuentan que David Nalbandián lo insultó. No se dejó caer y comenzó el 2009 con un título en Auckland (Nueva Zelanda), que lo envió al quinto puesto del ránking.

Para sus amigos, Juan Martín no ha cambiado. Es el mismo que se enferma si no tiene acceso a Internet para hablar con su familia, el que ni loco atiende el celular si no sabe quién llama, el que “ama” a Angelina Jolie, aunque su novia desde hace tres meses es la modelo Yanina Screpante. Sus amigos son su polo a tierra. Se reúnen en el apartamento del tenista cerca del zoológico de Palermo, en Buenos Aires, donde reside. Si es viernes, comen alitas de pollo con puré, escuchan música y se preparan para viajar a Tandil. Si es sábado, toman vodka con jugo, fernet y cerveza, y luego salen hacia algún bar a compartir el VIP al que accede el famoso del grupo.

Este joven risueño, el primer rival diferente de Nadal que vence a Federer en una final de un major, también es el jugador de mayor estatura de la historia del tenis en ganar un abierto. Pero, sobre todo, es un chico normal. A él, que ganó US$ 1’850.000 y un carro convertible en el US Open, le preguntaron qué quería para su cumpleaños: “Un ‘cheesecake’, nada más”, dijo. Una muestra simple de que su vida es muy dulce...

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