Herederos del pasado

Herederos del pasado

“Todo comenzó como en la Prehistoria: de manera accidental”. Así, casi por accidente, dice el antropólogo Carl Henrik Langebaek, él descubrió una teoría que se inmiscuye en el pensamiento de los criollos de Colombia y Venezuela con respecto a los indígenas.

13 de septiembre 2009 , 12:00 a.m.

Cuando él –actual decano de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes– hacía sus prácticas de la maestría de arqueología en Pittsburgh, se encontró con unos archivos españoles que lo llevaron a analizar lo que se podría llamar la evolución de las ideologías indigenistas y a “indagar sobre la forma como se ha imaginado al indio y a su pasado” a través de las diferentes etapas de la historia, desde el siglo XVI hasta hoy.

Este tema se convirtió para él en algo tan fascinante como la propia arqueología, su pasión. Por eso, y por su falta de tiempo para los trabajos de campo, Langebaek tomó la decisión de internarse durante ocho años en archivos públicos y privados, en bibliotecas y en colecciones de obras con tal de demostrar que “el indigenismo (la valoración positiva del indio) hunde sus raíces en el proceso que dio origen a la idea de criollo, su lógica hace parte de la exclusión y negación que la acompañan” y que “el indígena y su pasado no han sido invisibles”.

Al final de ese “trabajo en serio”, como él mismo lo llama, nació el libro Los herederos del pasado, indígenas y pensamiento criollo en Colombia y Venezuela, con el que obtuvo el Premio Alejandro Ángel Escobar en Ciencias Sociales.

Es una obra de gran formato, en dos tomos, editada por la Universidad de los Andes, con la que prácticamente obliga a mirar atrás muchos años para buscar el punto en el que la historia escrita dejó de apegarse a la realidad y, sobre todo, para buscar a los responsables de un cambio ideológico y, desde otra perspectiva, tratar de entender sus razones.

Es como si toda la retórica de las aulas de clase, heredada de las crónicas de la Conquista y la Colonia, quedara desvirtuada por cuenta de un análisis que recorre en paralelo la coyuntura de cada etapa del desarrollo de aquellas sociedades (la colombiana y la venezolana) y la visión que en dicho momento iba surgiendo de los pueblos indígenas.

Según la teoría que ha desvelado al autor durante este tiempo, el criollo iba construyendo una imagen del indio de acuerdo con sus propias conveniencias.

“El criollo ha sido capaz de imaginarse un indio del cual no se puede separar. Un indio, por supuesto que es de su completa invención”, afirma.

En los primeros testimonios escritos que se conocen sobre la llegada de los españoles a tierras americanas, el indio se veía como un ser inferior (“era el infiel, el ignorante, la raza degenerada…"), pero luego hubo una “necesidad de inventar una historia con visos de autenticidad y gloria y el criollo se vio obligado a imaginar un indio desde una óptica positiva (…) lo cual le ha servido para engrandecer su propia imagen”.

Es como si se tratara de una reivindicación por el supuesto daño que se les hizo a aquellas comunidades desde épocas de los conquistadores, una reivindicación que, al verla en perspectiva, es solamente una preocupación del criollo por quedar bien.

“Cuando el colombiano habla maravillas de los indígenas, también está hablando maravillas de él, de su pasado, de su identidad. Esto viene desde la Conquista y la Colonia, desde cuando nos enseñaron a decir “nuestros indígenas, nuestros recursos naturales, nuestra naturaleza”, como un acto de posesión que implica asignarle un contenido positivo, porque es una propiedad”, dice Langebaek.

Otro de sus apartes en la obra se refiere a que “el pensamiento antropológico de occidente se basa en una visión peyorativa del otro (…) El pensamiento que sobre el indio tiene el criollo es el resultado de una preocupación sobre sí mismo, que se une a un conjunto de imágenes de reafirmación positiva: “habitar la mejor esquina del mundo”, “tener la gente más vivaz y prometedora”, “la diversidad cultural y natural más notable del planeta”… Como se lee en la reseña presentada por el jurado de la fundación Alejandro Ángel Escobar, la obra "hace un seguimiento de las fuentes impresas para demostrar la forma como los criollos reaccionaban a las ideologías metropolitanas, inicialmente europeas y luego norteamericanas, sobre la composición racial y el clima en Colombia y Venezuela, utilizando el referente indígena como un elemento importante de su defensa frente al extranjero”.

Ambientado con fotografías e ilustraciones, algunas inéditas, otras prestadas al autor por bibliotecas privadas y unas más encontradas en museos y archivos de países como España, Estados Unidos, Colombia y Venezuela, el libro plantea también una diferencia sustancial entre el mestizaje y el criollismo, pues, según dice el investigador, el primero es “una ideología, no una realidad biológica, y es más fuerte en unos contextos que en otros.

En ocasiones es valorado negativamente, porque el campesino es mestizo”, mientras lo otro, el criollismo, es una “ventaja de una ideología que expresamente se plantea así, para diferenciar bien qué es indígena, qué es negro”.

En el caso del campesino, Langebaek se refiere a que está en desventaja con respecto al indio. Las comunidades indígenas, afirma, también tienen mestizajes (ellos aprenden más fácil inglés o cualquier otro idioma que los campesinos de escasos recursos, pues, además de su lengua nativa, la mayoría sabe también español; en otros aspectos, los campesinos de escasos recursos son profesionales menos aptos y menos competitivos que los indígenas).

De hecho, agrega la reseña del premio, “el ‘indígena’ ha permeado buena parte del pensamiento criollo y ha sido un referente obligado para pensar las relaciones sociales y políticas, para representar al extranjero, a la naturaleza, a la posibilidad de civilización autóctona y al futuro de las dos naciones”.

Por esto, el autor le concede especial importancia al tema de la guerra de Independencia, en el contexto colonial pues, en su presentación propone que “el referente nativo fue clave para el desarrollo de una ideología pretendidamente auténtica”.

Y allí bien vale la pena tomar, como hace el antropólogo, las palabras del pensador alemán Federico Engels: “La historia es un arreglo de ideas y actos que clasifica a los hombres que actúan en ella, en buenos y malos y luego, los buenos son los engañados”

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