AGONIZA BARRANQUILLA

AGONIZA BARRANQUILLA

El centro de Barranquilla está de infarto, pero de muerte. Muchas cosas se han echado a perder en esto que fue el eje comercial y financiero de la Costa Atlántica. Y lo que más deprime es el deterioro de uno de sus valores estéticos: su arquitectura republicana. Caos vehicular, contaminación ambiental y de ruido (107 decibeles en el Paseo Bolívar, calle 34 entre carreras 44 y 45, el más alto del país, concentración de temperaturas entre 40 y 42 grados), violación del espacio público, congestión peatonal y deficiencia en los servicios públicos.

07 de febrero 1993 , 12:00 a.m.

Por Barranquilla circulan 40.000 vehículos (2.400 buses), más de un millón de personas y funcionan 14.000 puestos de ventas ambulantes, lo que ha obligado a desocupar 60.000 metros cuadrados de construcción.

El fenómeno se traduce en que, poco a poco, el comercio, el mundo financiero, la hotelería, restaurantes y las sedes de importantes empresas han tenido que buscar mejores horizontes en el norte de la ciudad.

Así se expande Barranquilla mientras en el centro la mayoría de los edificios viejos y nuevos, están desocupados a partir de su tercer piso. Muchos han sido convertidos en residen cias de tres en conducta y prolifera la mezcla indiscriminada de negocios.

Así languidecen los edificios republicanos (cerca de un centenar), que fueron levantados por hombres altruistas y pujantes como Elías Muvdi, Aristides Noguera y Generoso Mancini.

Desde finales del siglo pasado, Barranquilla estuvo poseída por un ambiente comercial, que arrancó en la Esquina del Comercio con Cuartel (hoy calle 32 con carrera 44). Luego se expandió hacia la Plaza de San Nico lás, la Calle Ancha (hoy el tan conocido Paseo Bolívar), hasta envolver una extensa área.

Eran, en general, casas de dos pisos que en su planta baja funcionaba como negocio y arriba como suntuosas viviendas. También casas quintas y edificios. Había, desde luego, viviendas más humildes, de techo de paja. Fueron años en que sus habitantes inmigrantes casi todos se confundieron con el río, el ferrocarril, el correo, los coches, palmeras, parques, balcones, techos de paja, sombreros, trajes enteros, vestidos largos y paseos por el Camellón Abello. Luego vino la radio, la aviación... Barranquilla fue la receptora de los grandes inventos en este siglo.

Hasta 1956, cuando empezó la decadencia del centro, y se disipó el dinamismo de la economía barranquillera. La población pasó de 279 mil en 1951 a más de 1.200.000 habitantes en 1992, pues la ciudad se convirtió en gran receptora de inmigrantes de la Costa y del interior.

Las leyes de congelación de arrendamiento según Rodolfo Zambrano Moreno, columnista y banquero llevaron a los propietarios urbanos a no invertir más en sus construcciones . Las autoridades cerraron los ojos y el centro se vio envuelto por un cordón de insalubridad (plaza de merca do, sanandresitos) que provocó el infarto.

Hace tres lustros surgieron las primeras voces de alarma. En 1986 la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (Jica) elaboró un estudio para proponer alternativas. Fue su primera experiencia en Latinoamérica y costó más de mil millones de pesos a Colombia.

La Misión Japonesa llegó a la conclusión que los problemas que presenta el centro tienen origen en su estancamiento físico. Solución: volver la mirada al río y desarrollar, urbanísticamente, al sector que está en medio de la ciudad.

Algunas de las obras propuestas fueron encomendadas a la Empresa de Desarrollo Urbano de Barranquilla (Edubar), pero esta entidad, que fue creada hace cuatro años, se quedó sin recursos. Edubar estima en $50.000 millones las primeras obras para la recuperación del centro, que tienen el propósito de inducir la inversión privada.

Son seis proyectos: vías, infraestructura de servicios públicos, terminal municipal e intermunicipal de transporte, reorganización del mercado para reubicar en dos sectores a 7.500 vendedores ambulantes y construcción de un parque urbano en lo que es hoy el caño.

El primer paso, según el alcalde Bernardo Hoyos, es sacar en febrero las licitaciones para la rehabilitación de las calles 30, 44, 46 y 8a., mientras que la 17 está en estudio. Con esto se oxigenará el sector y le abrirá una gran posibilidad al plan de convertir el Paseo Bolívar en área peatonal como en las viejas épocas del Camellón Abello (a principios de siglo).

Otra idea de Hoyos es regresar la sede de la Alcaldía al Paseo Bolívar, al viejo edificio del Banco de la República que piensa adquirir dice que es una ganga por 560 millones de pesos.

La Gobernación, la Cámara de Comercio y el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura) ven las cosas por el lado estético. El objetivo es impulsar proyectos pilotos pequeños en una manzana (pintar los andenes, mejorar el alumbrado público, pintar las fachadas, reparaciones domésticas...). Y despojar a las hermosas casas quintas, viejos bancos y hoteles, de lo que los afea o degrade: carteles, pasacalles, mensajes... Todos ocultan, por ejemplo, los hermosos edificios de los antiguos bancos Comercial de Barranquilla y Dugand, la casa de los Lacoraza, los portales de Ramón Urueta, el edificio de Betjala, la Casa Vargas y la casona de don Clemente Salazar, entre otras joyas arquitectónicas.

A la idea se unieron la Alcaldía, Edubar y la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco). El proyecto de restauración del edificio de la Aduana de Barranquilla está listo para ejecutarse.

No se trata dice la arquitecta Silvia Arango, Premio Nacional de Arquitectura de frenar el progreso sino que no se destruya un patrimonio que puede ser bien utilizado. Y eso sin necesidad de convertirlo en un museo para turistas .

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