LAS HERIDAS NO HAN SANADO

LAS HERIDAS NO HAN SANADO

José Alfonso El Pollo López ya no llora en la soledad de su habitación cuando piensa en Néstor Mora, Hernán Patiño y Augusto Triana, los ciclistas que dejaron su vida en una carretera de Caldas.

18 de febrero 1996 , 12:00 a.m.

El sabe que eso ya pasó a la historia, que ellos ya dejaron de sufrir en la vida y que ahora les toca luchar a quienes están vivos. Piensa que los muchachos y él viven del ciclismo y deben esforzarse por lo de cada uno.

Sin embargo, no deja de recordar las palabras de Néstor Mora unos días antes de morir, cuando rompió el ayuno de etapas de Manzana Postobón en la temporada pasada y, de paso, se ganó la primera contrarreloj de su vida (Mariquita-Honda): Compadre, ahí le dejo la mala racha... .

Esa sentencia, la de su amigo, la de su compadre de boca, se asoma en sus pensamientos como si se hubiera pronunciado ayer. Néstor, el hombre al que El Pollo le había prometido el padrinazgo de uno de sus hijos, que al final no fue, estaba radiante, con una de esas alegrías que hacen creer que por un momento se toca el cielo con las manos. Daba gusto ver a Néstor ese día en la Clásica del Tolima.

Yo les dije a los muchachos que me iba para Bogotá, pero que ellos debían entrenar los tramos Honda-Manizales y Manizales-Medellín. Ustedes se van a quedar con Patrocinio (Jiménez); hagan las cosas bien, entrenen como sabemos. Necesito que se vayan en grupo, todos unidos. No se me vayan a ir dos aquí y otros dos allá, porque, Dios no lo quiera, un accidente... .

Quizás un presentimiento, quizás un augurio. Pero, mientras El Pollo decía estas palabras, Néstor le hacía cocos detrás de una columna y se burlaba de él. Esa fue la despedida.

Llovía, el piso estaba húmedo. Los muchachos le pidieron a Patrocinio que esperara un poco el entrenamiento para ver si de pronto el tiempo mejoraba. Quizás si hubieran salido a la hora programada, nada hubiera pasado. Sin embargo, El Pollo tiene la certeza de que en el momento que llega la muerte se muere, y punto. Ese día estaba señalado.

Con mucha tristeza, El Pollo tuvo que amarrarse los pantalones. Algunos de los ciclistas se le echaron a la pena. El estaba destrozado, con dolor, pensando en ellos; no tenía paz. Probablemente si el técnico se pone con nostalgias, el equipo se hubiera derrumbado. El se hacía el duro y les decía a los muchachos que debían salir adelante en memoria de ellos.

A los corredores que no quisieron salir de eso los regañé y hasta amenacé. Que si seguían así, se iban del equipo. Que pensaran que ellos vivían de eso y que esa era la cosa que les gustaba hacer. Así, día tras día, triunfo tras triunfo, las heridas se han venido curando .

La victoria en la Vuelta de la Juventud a través de Freddy Alonso Moncada y luego el título de la Vuelta a México (con Luis Espinosa) le subieron la moral a un equipo que estuvo a punto de derrumbarse entre el dolor de la muerte de sus compañeros y los regulares resultados deportivos.

Néstor parecía un ciclista que acababa de nacer. Tanta dedicación, tantas ganas, tanto valor. Hernán me dejó la confianza que me brindó para ayudarle a solucionar sus problemas personales. Augusto me demostró gran valor cuando en una etapa él se quedó solo con siete de Gaseosas Glacial y al final perdió solo con Fabio Rodríguez. El resistió todos los ataques, y se le notaban las ganas de hacer cosas extraordinarias ese año .

A José Alfonso López se le nota el alma tranquila. Su temperamento alegre y dicharachero no le hace perder el respeto de sus muchachos, a veces casi sus hijos.

Sentado, con ellos, no parece el técnico que les exige resultados, que evalúa su rendimiento, sino el amigo que les ayuda a solucionar los problemas que aquejan a cualquier persona. Parece un padre protector en medio de la severidad de la vida que les tocó vivir. Días de rosas, de besos en la mejilla, de aplausos y trofeos. Otros, de llanto, de desesperanza, de soledad, de dolor...

El Pollo sabe que la muerte acecha, y le teme. Piensa que la vida es muy linda, y que quien se busca los problemas es la misma persona. Por eso, quizás, sigue pedaleando hacia el futuro con la esperanza de que cada día las cosas mejoren.

Los homenajes se deben hacer en vida y no cuando uno está muerto. Pero, por Néstor, Augusto y Hernán, lo mejor que podemos hacer es preocuparnos por sus hijos, ayudarlos, que no les falte nada, que estén bien. Ese es el mejor homenaje .

A El Pollo se le aguaron los ojos y la voz se le entrecortó mientras hablaba de sus amigos caídos. Sin embargo, la tristeza debe guardarla muy lejos, porque, hoy como siempre, más allá del dolor, está la vida que se abre para él y los muchachos, a golpes de pedalazo y pedalazo.

La muerte aún rueda en bicicleta Ni siquiera la celebración del Campeonato Mundial, con todo y lo que significó para el país, logró borrar los recuerdos de la tragedia que sacudió al ciclismo el martes 21 de febrero de 1995.

Ese día, la imprudencia asesina del conductor de una tractomula segó la vida de los pedalistas Néstor Mora, Augusto Triana y Hernán Patiño, del equipo Manzana Postobón, en una carretera del departamento de Caldas.

Desde entonces, ni la actividad ni la vida de esa familias volvió a ser la misma. Por las carreteras, los ciclistas aún transitan a merced de la voluntad de Dios, huérfanos de seguridad, sometidos a los atropellos y a la violencia. Mientras, las viudas y los hijos intentan superar el trance, recomponer sus vidas.

A partir de hoy, EL TIEMPO inicia una serie de informes en relación con lo que han sido estos 365 días para los familiares y compañeros de los mártires del pedal. Testimonios de fe cristiana, de inmenso dolor, de impotencia, de valor para continuar, de esperanza.

Esta primera entrega contiene los relatos del técnico José Alfonso El Pollo López y los corredores Julio Ernesto Bernal, Julio César Rangel y Luis Edgar Espinosa, a quienes la tragedia les cambió la vida. Y, también, el de Aura Rosa de Triana, la viuda de Augusto.

Un año después, la muerte sigue rondando en bicicleta...

El accidente, un ejemplo La fe cristiana fue la coraza en que Julio Bernal se refugió para seguir en la lucha montado en una bicicleta.

El, que le dio respiración boca a boca a Hernán Patiño para devolverle la vida que ya se le escapaba; él, que metido en la camioneta que transportó a los heridos al hospital de Manizales le habló de Cristo, de que había que mantener la fe, de que la muerte no era el fin; él, que vio morir a sus compañeros con la impotencia de no poder evitar el desenlace, es quien quizás más tranquilo está ahora después de un año del accidente.

Uno siempre debe estar preparado para la muerte, y más en un oficio como este. Cristo me ha ayudado a superar el trauma y a seguir haciendo lo que me gusta, que es montar en bicicleta .

Julio ya había tomado la decisión de dejar el ciclismo. Se lo había dicho a Patrocinio Jiménez técnico adjunto del equipo y otras personas que lo rodearon en los momentos posteriores a la tragedia.

Ahí, parado en una de los pasillos del hospital de Manizales, vio los cadáveres de dos ancianos que eran llevados a la morgue.

Eso me hizo pensar que si yo le huyo a la muerte dejando de montar en bicicleta soy un cobarde porque no tengo la suficiente fe. Por eso, decidí seguir montando .

La gente siempre le pregunta del accidente y él no quiere hablar más de eso. Es muy difícil decirles que no desea hacer comentarios al respecto. Pero, ellos insisten.

Ahora, Julio sólo recuerda lo sucedido cuando uno de sus allegados necesita fortaleza para asumir los problemas de la existencia. Ese accidente se convirtió en ejemplo de vida de un hombre que tiene en Jesucristo su camino.

Los sepelios, lo más duro Lo más duro para Luis Espinosa fueron los sepelios. El fue uno de los que expresó con más llanto su sentimiento y, quizás, el que más vivió la tragedia, pues venía 500 metros atrás y pudo ver, en detalle, lo sucedido.

La imagen a veces se le viene a la cabeza y siente el vacío, pero reconoce que ya ha superado en parte el drama.

El día del accidente pensó seriamente en retirarse, en no montar más en bicicleta. Con el tiempo, se dio cuenta de que había sido casi un milagro que se salvara, que el campero se hubiera interpuesto entre él y la tractomula. Ese detalle fue el que le hizo cambiar su decisión y ahora está de nuevo con ganas de hacer las cosas bien en el ciclismo.

Un día, El Pollo nos dijo que íbamos a entrenar de Manizales a Medellín. Yo le dije que no, que yo no quería pasar por ahí, que no me sentía bien, que para qué... Al final, pasamos por el lugar del accidente y recordamos, ya como si fuera un templo, a los compañeros perdidos .

Lucho , como le dicen sus amigos, deja que su mirada se pierda en el vacío como buscando las palabras justas para expresarse. La lección que le dejó lo sucedido es la de estar en paz con la vida, que no se tiene comprada, y no se dejar cosas pendientes porque en algún momento uno puede morir.

Yo siento miedo bajando. Nunca salgo confiado y tomo muy a pecho las precauciones para evitar cualquier accidente. Esas son cosas que pasan y uno no sabe ni qué pensar .

Se nota que Lucho le teme a la muerte, mucho más si es trágica. Por ahora, sigue entrenando y guardando junto con sus compañeros el recuerdo de Néstor, Hernán y Augusto, como si ellos fueran el símbolo de lo que no puede volver a suceder en el ciclismo.

Convivir con la muerte Llegó con una sonrisa inmensa. Pero, cuando se le explicó el tema de la charla, su rostro cambió de expresión. Era evidente que ese 21 de febrero de 1995 estaba guardado en un rincón secreto de su alma, y que había pocas razones para sacar de allí detalles de esa mañana trágica.

Para Julio César Rangel el dolor fue doble, pues no solo Augusto y Hernán eran sus amigos, sino, además, Néstor formaba parte de su familia. Las esposas de Néstor y de Julio César son hermanas (Nancy y Melba).

El venía en el carro con Patrocinio Jiménez, porque a pesar de que estaba listo para el entrenamiento, una gripa lo molestaba. El clima estaba frío y lluvioso y el pavimento, muy húmedo. De pronto, por el radioteléfono escucharon: Auxilio, auxilio, mataron ciclistas, mataron ciclistas...! .

Para Julio César, las horas posteriores fueron terribles. El llamó a Bogotá, y Melba y Nancy estaban llorando escuchando las noticias. El les dio esperanzas por Néstor. Dijo que tuvieran fe, que las cosas iban a salir bien, aunque sabía que no podía ser así.

Todos quedamos con trauma, con esa sicosis. Que los camiones pasan por el lado de uno o vienen de frente y nos van a arrollar. Todos los días que salgo a entrenar me imagino eso. Al final, como que uno se acostumbra a convivir con esto. De todas maneras, uno es profesional y este es su trabajo .

Julio César ahora está más tranquilo. Y, aunque sabe de la presencia cotidiana de la muerte, ya la asume con cierta naturalidad, pues, al fin y al cabo, gran parte de su vida está en el ciclismo.

La sonrisa venció al dolor Dos golpes con la mano en la lápida de Augusto Triana, como para que él sepa que vino a visitarlo, son el saludo de Aura Rosa Romero de Triana, la mujer que el 21 de febrero de 1995 se quedó sola, sin su esposo.

Al frente de la tumba, la imagen terrible de la Dolorosa envuelta en un rictus blanco parece ajena al colorido de los claveles color naranja, que cada ocho días, sin falta, esta mujer, de ojos café brillantes y de 23 años, le ofrenda a Augusto como señal de que todavía estoy contigo .

Esa sonrisa de Aura Rosa, que parece interminable, sólo se cierra cuando está frente a esa tumba del cementerio municipal de Fusagasugá. Silente, pone la mano en su mentón como si intentara con su pensamiento alcanzar el espíritu de Triana , como así le decía, o primo , otra forma cariñosa de referirse a él.

Sí, eran primos hermanos, y, quizás por esa cercanía, Aura Rosa y Augusto empezaron a salir. A ella le gustaba su manera de ser y desde un principio le llamó la atención. Se casaron en 1990, el mismo año en que él se convirtió en profesional con el equipo de Café de Colombia.

Viviana, la nena de los dos, a los cuatro años y medio, coge el florero que adorna la tumba de Augusto y le dice a su mamá que se desprendió, que hay que arreglarlo. Ella le dice que sí, que hay que traer el cemento para pegarlo.

A veces a ella le dan ataques de llanto. Que mi papi no se tenía que morir, que por qué...? Yo le digo que él la está pensando en el cielo y que nunca la va a dejar sola. Intento no llorar delante de ella. Pero, cuando la niña se pone así, terminamos llorando las dos. Llorando se desahoga uno .

La casa de Fusagasugá es grande. Tiene dos pisos y un antejardín al que le da vida el colorido de las flores. Las dos viven con una amiga que habita la casa desde antes de que ocurriera el accidente. En el comedor, un estante repleto de trofeos y algunas fotos de Augusto en plena competencia.

Augusto era muy hogareño. Cuando estaba en la casa, poco le gustaba salir. Prefería quedarse con nosotras. A veces iba a pescar, o preferiblemente a jugar tejo. Era de muy buen genio y hasta alcahuete con Viviana cuando se portaba mal y yo quería reprenderla .

Sí, me protegía.. , dice Viviana con la boca llena de la cinta roja del florero que adorna la mesa.

Apenas un año pudo disfrutar Augusto de la casa que logró comprar. Quedaron por terminar la barra del bar y los estantes del licor. Allí, como si estuvieran en obra negra, se estancaron de tajo sus anhelos.

El quería ganar mucho dinero para poder disfrutar de la vida. Como le pagaban tan poquito, la casa nos costó mucho trabajo. Ahí es donde a uno le da rabia que la vida sea así, porque Augusto era muy trabajador, muy juicioso, muy consagrado. Yo no voy a decir que era un santo, pero era un muy buen hombre .

Ella se seca una lágrima que se asoma dándole más brillo a sus ojos. A pesar de que se siente sola, sabe que cuenta con el apoyo de su familia, de su gente, no sin decir antes que muchas personas al momento de la muerte de Augusto le ofrecieron cosas y hasta el momento nada ha recibido. Qué puede esperar uno de los demás? .

La tristeza se le refleja por un instante en la cara; pero, no le dura mucho, porque de nuevo vuelve a sonreír. Tiene que acabar el último año de bachillerato y estudiar hotelería y turismo, para ser, como ella misma dice, alguien en la vida.

Augusto me dejó cinco años de vida a su lado y eso es suficiente para mí. Me gustaba cuando me mandaba saludos por radio en la carreras y cuando yo lo podía acompañar. Eso era lo mejor... .

Aura Rosa se queda en silencio con la mente perdida en algún remoto lugar. Es una mujer que parece intentara hablar con los ojos, y no con la boca. Quién sabe qué más quiso decir de su esposo, de su amigo, del compañero de su vida. Acaricia el cabello de Viviana y suelta una suspiro profundo. Evidentemente, está pensando en Augusto.

No sé si me vuelva a enamorar o no. De todas maneras, la vida sigue. Por ahora, solo pienso en ser alguien en la vida y en sacar adelante a mi niña. No más .

Aura Rosa se despide en medio de esa soledad que la aburre, la atormenta y la acompaña en esa inmensa casa. Ya no escucha las carreras de ciclismo, ni tampoco frecuenta a los amigos de antaño. Se ha refugiado en su familia, en su niña y en esa nueva vida sin Augusto.

Extiende su mano, y de nuevo, esa sonrisa interminable...

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