PUEDE CAMBIAR HAITÍ

PUEDE CAMBIAR HAITÍ

Es explicable la satisfacción, a pesar de ciertas irregularidades, con la realización de elecciones libres, por segunda vez apenas, en Haití. Hacen parte, y refuerzan un proceso continental democratizador de vasos comunicantes, pero carece de sentido detenernos en su análisis formalista. Hay que entender la unicidad del caso histórico y concertar el apoyo multilateral a soluciones durables, eficaces y profundas, sin las cuales no sólo el porvenir de su pueblo sino de la seguridad colectiva aparecen inciertos.

29 de junio 1995 , 12:00 a. m.

El profesor Sidney W. Mintz, de Johns Hopkins University publicó en Foreign Affairs (enero-febrero/95) un ensayo bajo el mismo título de esta nota en el cual examina con lucidez las características históricas haitianas, y los presupuestos para que no se repita el ciclo, verdaderamente infernal, de la irredención de los siete millones de seres abandonados del mundo, aplastados por la peor miseria del hemisferio, escindidos durante doscientos años entre los descendientes minoritarios de los mulatos afrancesados ( Afranchi ) y los desheredados negros que realizaron la primera revolución anti-esclavista de la historia. Parte del problema radica en que Haití no constituye en principio un interés vital para los Estados Unidos. Lo único que puede configurar a los ojos de sus dirigentes ese elemento decisorio en su política externa es la amenaza de millares de exiliados que se lancen al mar, pese a la democracia reinstalada, agobiados por la miseria.

La presencia norteamericana, bajo bandera de la ONU, en Haití no tiene que ver con el viejo intervencionismo, está inserta en el nuevo tipo de intervención, por motivos humanitarios , como en Somalia. A diferencia de Ruanda tuvo el aval de la organización regional, similarmente a Bosnia (pero sin baño de sangre) muestra la impotencia de los organismos regionales, y de la ONU. Si no se adoptan decisiones que impliquen un verdadero despegue económico, inversión en el capital humano, reforma social, contención de la deforestación, acceso prevalente de sus productos a los mercados, control al crecimiento poblacional por encima del 2,5 por ciento anual, elevación de los bajísimos trescientos dólares per cápita, la trampa del subdesarrollo se devorará el prospecto democrático. Los norteamericanos correrán el riesgo de 1934, esta vez acompañados por la OEA: al retirarse las tropas de ocupación, tras 15 años y pese a ciertas mejoras en la infraestructura la inequidad se fortaleció, con el agravante del despotismo constabulario.

Las tropas están ahora hecho único después de desalojar una tiranía caribeña y reinstaurada la legitimidad encarnada en un sacerdote cercano a la teología de la liberación. No utilizaron sus armas gracias a los buenos oficios del ex presidente Carter. Ni la ONU, y mucho menos la OEA, poseen el soporte militar para cumplir resoluciones, incluyendo el embargo, en casos como los enumerados, situados en el tercer mundo, típicos del desorden posbipolar. Esa es una realidad que no puede escapar al análisis de las reuniones de cancilleres o de la organización de ambas instituciones.

Todo indica que el presidente Aristide respetará la prohibición reeleccionista y entregará el poder en febrero del 96. Viene cumpliendo sus compromisos y algunos piensan que seguirá ejerciendo un papel de primer orden, detrás de la presidencia en un caso sin precedentes. Pero qué va a pasar el día en que las tropas norteamericanas se retiren? Hay que traducir la retórica internacional en acciones solidarias, se requiere la movilización de recursos, de técnicos, de programas concretos. La ONU y la OEA deberán organizarla. En primer lugar los EE. UU., que querrán evitar nuevas migraciones salvajes hacia sus costas pero atraviesan un período de retiro deliberado del multilateralismo ante la presión de la nueva derecha, altaneramente insolidaria y neo-aislacionista. Francia, que no puede desentenderse de lo que fuera su colonia más próspera en las Antillas. El Canadá, cuya participación hemisférica suscitó tantas expectativas. Y todos nuestros países, Colombia misma, que no tienen derecho a pregonar en todos los foros las ventajas de la cooperación Sur-Sur y olvidar el deber de articularla de manera tangible y complementaria.

Por mucho que se expriman los textos de la Carta de la ONU y de la OEA es muy difícil, en primer caso, aceptar que el régimen depuesto en Haití constituyera una amenaza para la paz, quebrantamiento de la paz o actos de agresión para desatar los mecanismos de actuación del Consejo de Seguridad, como se hizo. Tampoco a la luz de la segunda se configuraba un caso de agresión contra la integridad o inviolabilidad de territorio, o la soberanía e independencia política de un Estado americano. La situación haitiana evidencia ciertos dilemas de hierro de la OEA, que necesitan un examen, en profundidad. En primer término, la no intervención, que se rechaza unilateralmente pero que se convierte en acción legítima colectiva en determinadas circunstancias. La Carta de la OEA contiene disposiciones contradictorias en su preámbulo y en varios artículos. Se consagra el ejercicio efectivo de la democracia representativa (artículo 3) como principio y en los artículos 12 y 16 el derecho de cada Estado a organizarse como mejor lo entendiera y a desenvolver libre y espontáneamente su vida cultural, política y económica . El tema hace relación a definiciones básicas para el sistema regional y su inserción al de la ONU.

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