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Suiza, en la era del deshielo

Suiza, en la era del deshielo

(VIENE DE LA PAGINA2-1)

- zos cruzados, yo apoyado en bastones– me comentó que su padre también era guía y él desde niño lo acompañaba.

Pero ahora que veo sus talones dudar en el camino de regreso, sé que es el momento de dejarlo atrás mirando cómo las nuevas generaciones toman la delantera.

Improvisando audazmente una ruta paralela al sendero, y apoyado en mis leales bastones, le saco tres, cuatro, cinco pasos de ventaja, me detengo en una roca, respiro satisfecho y giro con la excusa de mirar nuevamente el imponente glaciar Aletsch, y con el plan de verlo sufrir en los trancos finales de un camino que de joven solía dominar.

Hasta que compruebo con horror el tamaño de mi error. Peter caminaba despacio porque estaba enviando mensajes desde su iPhone.

Es a lo que uno se expone cuando juega a ser algo que no es: viajero y deportista, en mi caso. Pero no hay escapatoria ni ganas de escapar.

Suiza es un paraíso para los deportistas de invierno, pero a la hora del deshielo sus paisajes determinados por la geología alpina son una invitación a poner en práctica aquel principio viajero de hacer cosas que uno no haría en casa.

Caminando, remando, escalando y pedaleando –como principiante, he de confesar–, es fácil convencerse de que no hay que esquiar ni llenarse con quesos y chocolates para sentir que se ha sacado provecho al viaje.

Los habitantes de este país pequeño, orgullosamente neutral y pacífico, ven el deporte no como competencia sino como algo tan espontáneo –para ellos– como hacer quesos y chocolates y comérselos.

Con una geografía determinada por los Alpes y los ríos y lagos que se alojan en el medio –y una infraestructura de caminos y transportes ultraeficiente– los suizos tienen para esquiar, pedalear, remar y pelotear a su antojo. Y se les antoja bastante.

La neutralidad y la paz, combinadas con el deporte asumido como instinto natural, no parecen ambiente propicio para la competencia. A excepción de Roger Federer y Martina Hingis, no hay tantos campeones mundiales con pasaporte helvético como uno podría esperar con semejantes condiciones.

Este es el país del deporte en paz, y quizás ésa sea la marca de identidad más evidente en una nación que aúna tres regiones, cada una marcada por un imponente vecino: Alemania, Francia e Italia. Suiza es como sus famosas navajas: diverso, multipropósito e inconfundible.

Grandes vecinos El cantón de Ticino –o Tesino– está en la región italiana, pero no se confunda. Charles (que tal vez debería llamarse Carlo) me lo explica en un restaurante tradicional en las afueras de Locarno, una de las principales ciudades de la región. En la televisión se enfrentan las selecciones de fútbol de Brasil e Italia, y yo, ingenuo, le pregunto si le duelen los goles.

“¡Noooo! En la región italiana siempre queremos que Italia pierda; en la alemana, que Alemania pierda; en la francesa, que Francia pierda. Es todo contra el gran hermano”, explica.

Aquí hablan como italianos, pero hacen deporte como suizos. En Tenero, por ejemplo, hay un centro de lujo al borde del lago Maggiore (cuyas costas comparten Suiza e Italia), donde los estudiantes acampan para practicar toda clase de disciplinas. Es tanto el deporte, que dan ganas de rebelarse. Y el mejor vehículo para una rebelión “a la suiza” es el segway, un aparato eléctrico, silencioso y enviciante.

En Locarno, con sus calles estrechas, empedradas y empinadas, donde se hace un famoso festival de cine al aire libre, se ofrecen tours en estos vehículos unipersonales en los que se anda de pie. Una forma de vivir satisfacciones deportivas sin ser deportista en Suiza la ofrece el principal río de este país: el Aar. En la ciudad de Thun uno puede subirse a un bote en grupo, abrocharse los chalecos salvavidas y aletear un poco con el remo para que, tres horas más tarde, la corriente lo lleve a uno a entrar triunfalmente a la capital suiza, Berna, una ciudad declarada patrimonio por la Unesco. Aquí, donde la gran mayoría de sus 350 mil habitantes habla alemán, fue donde Albert Einstein vivía cuando formuló la teoría de la relatividad.

Desde el agua las cumbres arquitectónicas de Berna se distinguen poco a poco, mientras uno siente que lo miran con admiración desde el parque al borde del río, lo que alimenta la propia fantasía turístico–deportiva.

El deshielo es una buena noticia para los deportistas sin esquí en Suiza, pero el deshielo definitivo producido por el calentamiento global es otra cosa.

“Me alegro de ser viejo. Si fuera joven, ¿qué podría esperar ver cuando fuera viejo?”, dice Peter, el guía de montaña.

EL ORGULLO DE VIVIR EN SUIZA Los suizos parecen orgullosos de lo que siempre ha estado ahí, de sus alpes y de sus ríos. De todo.

Son una confederación de 26 cantones, gobernada por siete personas desde una ciudad pequeña, con un ejército famoso por prestar su nombre a relojes y navajas y ser la cuna de los efectivos de la Guardia del Vaticano.

Es un país donde todos parecen hacer deporte y donde los letreros están en tres idiomas.

Suiza está situada en el centro de Europa, y aunque no es un país que se imponga por su anchura terrenal, tiene como ventaja el contacto y la cercanía con cinco países distintos, compartiendo fronteras e idiomas.

SI USTED VA...

Los colombianos necesitan visa para viajar a Suiza.

Se puede llegar por Iberia, a través de Madrid, o por Air France, vía París.

Una gran opción para atravesar los Alpes es en el tren Glacier Express (www.glacierexpress.ch).

No son necesarias vacunas para entrar a este país, a no ser que provenga de una zona infectada con fiebre amarilla.

Si tiene planeado hacer excursiones en las montañas o caminar por las áreas rurales, consulte con su médico de cabecera antes de viajar.

El franco suizo es la moneda local. Lleve dólares y cámbielos allá

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