POR QUÉ AMO EL DERECHO

POR QUÉ AMO EL DERECHO

Amo el derecho y seguiré amándolo hasta cuando Dios envejezca . Esta sentencia, del jurista brasileño Alfredo Buzayd, ciertamente, aún antes de escucharla en un congreso sobre fiducia mercantil organizado por la Asociación Bancaria hace ya algunos años, ha señalado para el autor de estas notas, el rumbo de lo que es el estudio y el ejercicio del Derecho.

27 de junio 1995 , 12:00 a. m.

La cito a propósito del Artículo de nuestro amigo Juan Lozano, No más abogados, por favor! , para compartirlo, pero más que ello, para intentar ilustrar otras dimensiones del problema que él mismo plantea.

El tema no es nuevo, ni desde luego tampoco exclusivo de Colombia. En 1975, después de haberse consagrado como jurista puro y tras haber servido como asesor de Allende en la vía chilena al socialismo , acaso con el mismo pasmo que hoy asombra a Juan Lozano, el ilustre abogado Eduardo Novoa Moreal decidió escribir un libro, El Derecho como obstáculo al Cambio Social . En la obra, además de formular acusaciones de la misma índole de las que destaca Lozano, endilgables a una concepción individualista de la práctica del Derecho, concluye señalando que La tarea de los juristas más lúcidos es elaborar las nuevas instituciones jurídicas para un Derecho moderno que sirva a las ideas de solidaridad social, de primacía del interés colectivo por sobre el particular y de activa dirección de la economía por el Estado .

Pero, veámoslo de otra manera: Es la proliferación de facultades de Derecho o la abundancia de abogados la causa de nuestras dolencias? Por qué no buscamos el mal en el origen de aquella y a la vez de ésta? En efecto, mi querido Juan, no vivimos ya los tiempos de los abuelos, en los que la palabra empeñada hacía innecesarios extensos y prolijos contratos; pero ni siquiera otros más recientes, en los cuales un Presidente de la República, para que se cumpliera una orden suya, no tenía que expedir un decreto: bastaba ( bastó!) dar la orden. Hoy, por virtud de la inversión del principio de la buena fe, por la entronización, por el contrario, de una especie de presunción, precisamente, de mala fe, todo ha de ser exhaustivamente normado, reglado, regulado, conduciendo ello a una especie de inflación normativa, a la luz de la cual la sobreoferta de disposiciones legales (ley de la oferta y la demanda) trae la consiguiente demanda de sus intérpretes.

Recordemos, a este respecto, la lapidaria frase de Tácito, el historiador latino: Las leyes son abundantes en los países corrompidos . A la luz de ella veamos cómo tenemos la perentoria necesidad de revisar nuestro sistema social, pero aún más que él, el sistema moral que nos gobierna.

Adicionalmente, pensemos en el presidente, en el poeta y en el abogado que existe detrás de cada colombiano, máxime en una época en la cual la bienvenida institución de la tutela hizo de cada ciudadano nuestro, más que un litigante en potencia, un abogado efectivo.

Comparto plenamente, por último, la apreciación final de Lozano, en el sentido de que nuestra práctica judicial ha convertido al Derecho en objetivo del mismo, cuando su objeto natural es (debe ser) la justicia, no obstante los avatares dentro de los cuales se ha debatido siempre la definición de lo que es la justicia.

Permítanme, finalmente, aún a riesgo de excederme en citas, señalar lo que el autor de la Teoría Pura del Derecho, ha dicho acerca de lo que es para él la justicia: En rigor, yo no se ni puedo decir qué es la justicia, la justicia absoluta, ese hermoso sueño de la humanidad. Debo conformarme con la justicia relativa; tan solo puedo decir qué es para mi la justicia. Puesto que la ciencia es mi profesión y, por lo tanto, lo más importante de mi vida, la justicia es para mi aquello bajo cuya protección puede florecer la ciencia y, junto con la ciencia, la verdad y la sinceridad. Es la justicia de la libertad, la justicia de la paz, la justicia de la democracia, la justicia de la tolerancia .

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