CARLOS PELLICER II

CARLOS PELLICER II

El culto de Pellicer por Bolívar es quizás el más ardiente que yo recuerde. No tenía límites. Sin ser poeta de odas, ni cantos épicos, su canto a Bolívar empezaba: Señor: he aquí a tu pueblo; bendícelo y perdónalo./ Por ti todos los bosques son bosques de laurel./ Quien destronó a la Gloria para suplirla, puede/ juntar todos los siglos para exprimir el Bien.../.

22 de febrero 1996 , 12:00 a.m.

Fue a Boyacá como un peregrino que va a ver de nuevo el increíble comienzo de la campaña libertadora en la batalla del 7 de agosto. Pero todo lo que Pellicer tocaba con la vara mágica de su poesía, se transfiguraba. Llega a Tota: ... En el cielo hay una danza de nubes./ el lago copia las mejores líneas/ y las robadas sombras blancas/ en la tarde se doran y se pintan/. Se torna el lago mágica acuarela/ en la que formas toco y bebo tintas./ Azules crepusculares y ocres de agosto/ míranse del otro lado./ Luna breve./ Un fragmento de la luna/ ha caído en el lago./ Si mojara mis manos en el lago/ me quedarían azules para siempre.../ De Tota pasa al pueblo de Iza vecino al lago. Creeríase que la población,/ después de recorrer el valle,/ perdió la razón/ y se trazó una sola calle./ Y así bajo la cordillera se apostó febrilmente como la primavera.../ Y el riachuelo que corre como un caballo,/ arrastra las gallinas en febrero y en mayo./ Pasan por la acera/ lo mismo el cura, que la vaca y que la luz postrera.../ .

Pellicer se alojó en un pequeño apartamento en el tope del edificio Liévano sobre la Plaza de Bolívar. Eran cuatro pisos que subíamos para oírle sus relatos de las danzas de Tórtola Valencia y las campañas de Madero al comenzar la Nueva Era de México. Todos habíamos oído el toque de la hora y la media hora y el cuarto de hora, que se anunciaba desde la torre de la catedral, sin despertar en nosotros la más leve emoción. Pellicer no.

...Campanas de las ocho y media,/ campanas nocturnas./ Campanas que parecen de la media/ noche... Sobre la catedral/ sepia y sola,/ acorde colosal cual de una inmensa ola/ rompiendo en bronce y en cristal./ Campanas/ que dicen la grandeza de las noches cristianas,/ y al pecador activo/ menguan el ímpetu lascivo./ Soberbias campanas/ que a las torres hacen gestos/ agrietándolas,/ con sonidos de te y ele./ Campanas de las ocho y media/ que me agrietan el alma,/ y me precipitan a la catarata/ de su música magna./ Campanas que son la catedral/ derrumbándose en bronce y en cristal./ Ya no anunciáis virreyes ni Bolívares,/ no victorias ni espléndidas llegadas./ Solo anunciáis acíbares/ y horas mutiladas./ Campanas de las ocho y media/ sobre la catedral de Bogotá,/ me ponéis el reloj de la Edad Media/ poniéndome a rezar./ Pasó el tiempo. Una noche de luna llena en Asís, cuando todos los turistas se han recogido en los hoteles, Pellicer salió a contemplar las calles solitarias. Estaba en eso, recordando las florecillas, cuando vio que por la calle vacía subían dos turistas rezagados. Esquivando su encuentro, se metió en el hueco de la primera puerta que encontró a la mano. Las dos sombras pasaron tan cerca que alcanzó a oír su conversación. Hablaban castellano. Para su sorpresa, de Tunja. Vio que eran dos colombianos. Salió de su escondrijo y les dijo: Yo he estado en Tunja y sé de las soledades de esa ciudad, cuyo recuerdo no se borra de mi memoria . Eran dos colombianos que, sorprendidos, quisieron saber quién era ese fantasma que les salía al paso. Soy Carlos Pellicer; quiénes son ustedes? . Eduardo Santos, Lorencita .

Nos recordaba Eduardo Santos este encuentro, que lo retuvo hasta el amanecer, como lo mejor de su viaje en esta ocasión por Europa. Pellicer se conocía a Asís como la palma de sus manos.

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