UN FARSANTE

Y seguimos confundiéndolo todo: O es que de veras sorprendió a alguien que los jefes del cartel tuvieran copia de otros cheques? Así que lo dicho por el Padre Hoyos no es en realidad grave. Grave es que lo haya dicho él; y más grave aún es lo que dice esto acerca de Colombia.

27 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Bernardo Hoyos encarna lo mejor del nuevo país , es su Terminator en cruzada contra la vieja política. En Barranquilla, ese colector tenaz de los vicios y las mañas, acaba de hacer la segunda moñona contra Gerlein, Char, Name, Sarabia, Vargas, Acosta, Varón y Berdugo sumados. Con 88 puntos de popularidad al dejar la Alcaldía, Hoyos es una leyenda con eco en cada tugurio sudoroso de la Costa, con simpatía en cada puerto polvoriento del Magdalena, con parentesco en cada movimiento cívico, con respaldo franco en cada cura-alcalde, aun con el apoyo oblicuo de Alvaro Gómez y su exhortación fascistoide a tumbar el régimen en las próximas elecciones.

El cura Hoyos merece su fama. Después de agonizar por décadas en la corrupción, la Arenosa comenzó a ser una ciudad limpia y -más- una ciudad digna. Quedó con 80 por ciento de cobertura en acueducto y alcantarillado, con cien mil líneas telefónicas nuevas, con un nivel de inversión 20 veces superior al que había en 1992, con sus empresas públicas redimidas, con la descontaminación en marcha del Arroyo de Rebolo, la ampliación de la Circunvalar, la 17, la 30, la 58, la 54..., con el reparcheo, el aseo y - más- con la nueva conciencia popular sobre el valor de un voto.

Sobre todo, Bernardo Hoyos es un hombre bueno. Un hombre que vive la política como sacerdocio, que se jugó sin reservas por los desheredados de la tierra, que se apuesta entero a la paz, que se educó en la alta moral salesiana, que hoy bordea el terreno fascinante de la desobediencia civil.

Pero ahí nace la tragedia. El hombre bueno que resume al nuevo país, igual es estafeta de un chantaje indecente. Talvez Bernardo Hoyos tenía derecho a reunirse con prófugos de la justicia: eso está en el límite dudoso de la desobediencia civil. Talvez tenga derecho a no revelar nombres: eso entra quizá en la órbita del sigilo sacerdotal. Talvez ahora cuente lo que sabe al Fiscal: eso cae en la esfera debatible del Derecho Penal. Y hasta talvez tenía derecho al pantallazo: eso está en el dominio incierto de la estrategia política.

Pero sólo un grado patético de confusión en torno de la ética civil, la moral católica, la ley colombiana y la responsabilidad política pudo hacer que el Padre Hoyos no realizara lo elemental: explicarle a Don Miguel que su mensaje era incivil, inmoral, ilegal e impolítico, por lo cual él no debía transmitirlo en privado ni en público. Decirle que para negociar con la justicia hay que ofrecer denuncias en vez de ofrecer silencios. Añadir que una paz sobre un chantaje no es una paz sino una guerra sucia. O aún hacerle notar, si no tenía más caso, que esos mensajes podían enviarse sin mensajero.

Y queda lo peor. Que tantos compatriotas buenos y tantos voceros del nuevo país tengan depositada tanta fe en un hombre tan confundido. Que sólo seamos capaces de derrotar el clientelismo para abrazar el populismo. Que cambiemos un montón de ladrones sórdidos por un puñado de redentores despistados, que pasemos a ser niñitos cuando por fin dejamos de ser clientes.

Cuándo rescataremos el bien público del clientelismo y del populismo? Cuándo tomaremos el timón los que no mendigamos ni tampoco esperamos un padre milagroso? Cuándo exigiremos el turno los adultos de Colombia?

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