LA ÚLTIMA CARTA

El Gobierno le ha hecho a la guerrilla lo que parece ser su última invitación a dialogar. La declaración tiene por lo menos cierto tono de ultimátum.

25 de junio 1995 , 12:00 a. m.

En su carta a las Farc, el Alto Comisionado de Paz da a entender que hasta ahí llegó. Y sería incomprensible que pretendiera hacer más de lo que ha hecho por propiciar el diálogo.

Cuando no hay voluntad de la contraparte, sencillamente no vale la pena seguir insistiendo. Mal puede el Gobierno permitir que la guerrilla siga manipulando los sinceros deseos de negociar de Samper, ni burlándose de un país que anhela la paz, pero al que también se le está agotando la paciencia con el doble juego y el cinismo de quienes hablan de reconciliación mientras incrementan la violencia en todas sus formas.

Fusilar a dos misioneros estadounidenses secuestrados ha sido apenas la última muestra de esta conducta. Si la cuadrilla que los tenía cautivos se sintió cercada por el Ejército, por qué no los dejó libres como un gesto de buena voluntad? Por qué tenía que acribillarlos de esa manera? Cómo creer que gente así pueda estar pensando en la paz? Al endurecer finalmente su posición, el Gobierno está reconociendo un palpable estado de ánimo nacional frente a este problema. Pero al informe del Comisionado Holmes Trujillo le faltó tal vez haber puesto un plazo fijo para que la guerrilla respondiera a esta nueva invitación. No hacerlo es dejar la puerta abierta para nuevas evasivas y dilaciones.

El presidente Samper ya va a cumplir un año de estar desgastándose en ofertas no correspondidas de negociación. No es concebible que entre en su segundo año sin saber a qué atenerse. El 7 de agosto, por ejemplo, hubiera sido una buena fecha límite para que el país supiera si los Manueles se dignan sentarse a la mesa.

Pero ya por lo menos se concretó la última oferta. Con suficientes garantías de seguridad para los negociadores guerrilleros. Otra cosa es la pretensión de que no quede un soldado en La Uribe, o que el Gobierno haga suspender las órdenes de captura que tiene la Interpol contra jefes guerrilleros (apenas dos ejemplos de las cosas que exigen). Hasta ahí no puede llegar. Pretender que lo haga es ponerle condiciones imposibles al diálogo.

Lo importante, en fin, es no seguir en la tomadera de pelo. Salir de esta terrible expectativa del diálogo en medio de la balacera. Saber si la guerrilla quiere o no, y qué entiende por solución política del conflicto armado .

Tengo la convicción íntima de que ni las Farc ni el Eln están pensando seriamente en una negociación que signifique el desmonte a corto o mediano plazo de un aparato armado que les ha resultado tan eficaz y rentable. Tal vez sí están contemplando un proceso de diálogo que les ofrezca oxigenación política y proyección publicitaria, para regresar a las mismas.

Ya lo han hecho, y les ha resultado. Tampoco hay que olvidar que en los diez años de dialogadera que llevan los sucesivos gobiernos colombianos la subversión armada la que no optó por la desmovilización ha multiplicado sus frentes y sus arcas.

A diferencia de los insurgentes salvadoreños o guatemaltecos, la guerrilla colombiana no ha planteado abandonar la lucha armada. Por lo menos nunca lo ha dicho claramente. Ni ha hecho la reflexión que la lleve a entender que la vía de la violencia y el terrorismo no tiene futuro político. Tal vez porque lo político cuenta cada vez menos en sus cálculos. O también por la sencilla razón de que nadie se retira de un buen negocio.

Este rasgo sui generis de la subversión colombiana lo reconocen hasta los ex dirigentes de la guerrilla salvadoreña que han venido a asesorar el proceso de paz. Mientras no haya la voluntad de abandonar, o por lo menos de enterrar los fierros, no hay negociación que valga la pena.

Cuando el FMLN salvadoreño estaba en el apogeo de su ofensiva militar, ya había tomado la decisión de buscar una salida política. Intensificaba los combates por mejorar una posición negociadora, pero sobre la base de entender la sinsalida de la lucha armada. Paso que no han dado Farc ni Eln.

Mientras persista esta ambigedad, cualquier proceso de negociación resulta terriblemente azaroso. Si el objetivo final del diálogo no es lograr que acepten las vías legales, vale la pena embarcarse en él? Además, qué se va a negociar? Qué se les va a ofrecer y qué se les va a exigir? Si la guerrilla responde con un inesperado sí a esta última oferta, es de esperar que el Gobierno haya visualizado muy bien el escenario del diálogo. Que tenga un cronograma y una agenda concretos. Que haya asimilado a fondo las frustradas negociaciones del pasado. Que conozca al detalle las mañas y trampas del adversario, así como sus no despreciables contradicciones internas.

Y si no resulta el diálogo, que esté bien preparado para lo que se viene. Esto tiene que ver con la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas y su nivel de motivación y moral interna. Con la voluntad política del Gobierno y el respaldo de la población a la lucha antisubversiva. Con las medidas de emergencia y la cohesión institucional que tendrían que acompañar un esfuerzo semejante.

Pero ese es otro tema. Por ahora, esperemos a ver qué responden los jefes de la guerrilla a este último ultimátum.

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