De suculenta factura

De suculenta factura

A diferencia de otras formas artísticas, el teatro necesita de la interpretación. El asunto tiene tanto de largo como de ancho, porque si los directores y actores capturan el espíritu del autor, y trasmiten la esencia del original, pueden incluso sublimar una obra.

04 de julio 2009 , 12:00 a.m.

Pero cuando no se consigue el mínimo nivel aceptable sobreviene el desastre o, lo que es peor, se bordea esa mediocridad que suele ser bastante común.

Por estos contornos, pocas veces se lleva a escena un clásico con tanto respeto por la intención y por el lenguaje del autor, y a la vez con tan acertada dosis de innovación y de amenidad para el público contemporáneo, como ocurre con la versión de El atolondrado, de Molière, que se presenta por estos días en la Casa del Teatro Nacional. La primera obra del dramaturgo y actor cómico francés llega de la mano del director argentino Ricardo Beherens, quien, a través de una acertada adaptación y sabrosa revisión en clave de clown, obtiene un resultado sobresaliente con cinco actores que interpretan a siete payasos que, a su vez, recrean los principales caracteres del original y robustecen la hilaridad del equívoco.

Valga destacar la marcación precisa que, sin embargo, no produce las aristas antipáticas de las direcciones obvias al revestirse de una sutileza que, sin menoscabar la vivacidad, le confiere al desarrollo de una trama disparatada y crítica un permanente aroma a libertad en la creación de los personajes.

La puesta sugiere esa frescura que debía de ser la tónica en las obras que llevaba el autor, cómico de la legua, a la provincia francesa y que por su genialidad, punzante hondura y astucia dramática solazaban a todos los públicos.

El desempeño de un elenco, sobre todo equilibrado, completa el plato fuerte.

Andrés Aramburo, Orlando Valenzuela, Daniel Rocha, Rafael Zea y Luz Estrada apoyan sus chispeantes actuaciones en la limpieza de unas vocalizaciones que incluyen la cómica recreación de los sonidos ambientales; en una gestualidad con intención y en la agilidad, casi coreográfica, que acentúa la atmósfera circense. Aplausos para la iluminación, escenografía, música incidental y vestuario, cuya función es redondear sin excesos una producción brillante que, además del pertinente acercamiento a un clásico, permite la carcajada, por un texto ocurrente y bien dicho, disfrutar de la picardía de la comedia barroca y gozar un espectáculo poco común en términos de ingenio y de finura

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