BELIGERANCIA Y HUMANIZACIÓN

BELIGERANCIA Y HUMANIZACIÓN

Con el título del presente comentario, publicó EL TIEMPO el pasado domingo 18 (Pág. 18A) un interesante artículo de Alfredo Rangel Suárez. Bien argumentado. Pero irreal porque se basa en premisas contradictorias con lo que ha sido la trayectoria de la subversión en Colombia.

23 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Parte el razonamiento del autor del criterio de que otorgar el status de fuerza beligerante a la guerrilla no sería perjudicial para el Estado, sino conveniente para el esclarecimiento, la regularización y la humanización del conflicto, lo cual nos podría poner en la vía de su solución .

No es que, como sostiene el autor, la discusión de esta materia forme parte de los temas tabú de nuestro conflicto interno . Discutirlo está bien. Como todo lo que se refiera al tema de la paz. Pero mejor que hacerlo sobre una plataforma teórica que conduzca a conclusiones optimistas, sería adelantar la reflexión sobre la base de los antecedentes históricos de lo que han sido los procesos de negociación por la paz en los últimos años.

Se dirá que lo que ayer tuvo un determinado desarrollo podría variar hoy. Ojalá así fuese. Pero esta no puede ser una deducción simplista, ni el fruto de pensar con el deseo. La propia subversión armada tendría que demostrarlo.

Qué significa el reconocimiento de status de beligerancia? Elevar la jerarquía de una insurgencia armada cuyo deslizamiento hacia estados y conductas simplemente delincuenciales resulta cada día más evidente, a niveles de equivalencia con el Estado. En otras palabras, reducir los términos de la confrontación a simple duelo político-ideológico, olvidando los demás ingredientes del conflicto. Narcotráfico incluido.

Sería agregar una nueva concesión a las que se han venido haciendo a la guerrilla, confundiendo pacificación con apaciguamiento. Qué se ha logrado? Ampliar espacios, otorgar ventajas, multiplicar frentes de lucha, aceptar en buena medida la internacionalización del conflicto interno, avenirse a discutir las políticas de Estado de un Estado de Derecho, no se olvide en mesas de negociación que supuestamente tenían la paz como objetivo, cuando la Constitución prevé y otorga mecanismos legítimos de discusión abierta.

Pensaron muchos que con la ratificación del Protocolo II, la guerrilla se vería obligada a observar comportamientos diferentes. Nada cambió, sin embargo. Los secuestros, la extorsión, los atentados, se multiplican. La violación de los derechos humanos, que el Estado hace cuanto está a su alcance por evitar del lado de su Fuerza Pública, sigue siendo instrumento de una subversión para la cual todo es lícito mientras conduzca a su meta.

No es que se lamente la ratificación del Protocolo II. Desaparecida la Unión Soviética y con ella su galaxia de satélites que apoyaban la subversión armada, los riesgos de países que eventualmente apoyen la insurgencia armada en Colombia, virtualmente desaparecen. Incluida Cuba, para la que su hemipléjico régimen a duras penas contiene su propio colapso. Hace un decenio, el reconocimiento de beligerancia habría sido escudo para extender ayuda desembozada a nuestra guerrilla. Hoy no.

El asunto invade comarcas políticas, jurídicas, sicológicas, éticas. El estado de beligerancia equivaldría a equiparar ante la ciudadanía a los delincuentes con las fuerzas legítimas, con lo cual la juventud podría elegir bando sin restricción moral alguna. La justicia no podría juzgar a los criminales, culpables de violar la ley colombiana, como tales, sino como combatientes de una fuerza legítima en busca de un cambio político-social. Los terroristas quedarían amparados por el albo manto de la pureza de su causa. En otras palabras, se borrarían las fronteras éticas entre quienes defienden al Estado legítimo y quienes buscan su derrocamiento violentando la voluntad mayoritaria de la nación.

Sostiene el articulista que al regularizar las fuerzas insurgentes, desaparecerían los delitos que hoy las asemejan a bandas criminales. Boleteo, secuestro, terrorismo, chantaje, Cómo no! Con la capacidad de falsear la verdad que ha demostrado la guerrilla, bastaría negar la comisión de semejantes delitos, como muchas veces ha ocurrido. Y ocurre. No. No podemos o mejor sí podemos pero no debemos llegar a semejantes extremos de ingenuidad frente a una subversión que persigue el poder a cualquier precio, y que no da señales de renunciar a su propósito.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.