UNA CEREMONIA DIGNA DE LAS MEJORES OLIMPIADAS

UNA CEREMONIA DIGNA DE LAS MEJORES OLIMPIADAS

A los cuatro mil coreógrafos que durante dos meses estuvieron entrenando para sacar adelante el simulacro de olas, el nacimiento de los 29 países de la cuenca pacífica que participan en los I Juegos, la plasticidad de los bailes autóctonos de la región y la muestra de las figuras precolombinas, se les acabó el tiempo.

23 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Las recomendaciones de Guillermo Rojas como organizador de la coreografía y las enseñanzas de Pascual Guerrero como coordinador de la misma no se oirán más. Estas fueron cambiadas por una sola frase que durante todo el día no se cansan de repetir: hoy todo tiene que salir bien, hoy todo tiene que salir bien .

Y no es para menos, pues es la imagen de Colombia ante el mundo reflejada a través de 1.600 auxiliares bachilleres de la Policía y 2.400 estudiantes de grupos teatrales y culturales del Valle del Cauca que se echaron sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de mostrar con movimientos milimétricos y armónicos que el pacífico es algo más que un océano.

El sonido del gong se escuchará en el Estadio Olímpico Pascual Guerrero de Cali a las 6:15 de la tarde, señal con la cual el presidente Ernesto Samper dirá unas breves palabras de inauguración. Y al grito de un ar se llenarán de melodía los oídos de los asistentes con notas de música colombianas a cargo de 36 cadetes de la Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez que marcharán detrás de una imponente bandera colombiana de cuatro metros de largo por 2,80 metros de ancho.

Su silencio es el preámbulo a los aires del pacífico a cargo de una banda sinfónica integrada por 85 músicos de la Banda de Vientos de Tunja y la Orquesta Sinfónica del Valle con arreglos orquestales de temas que van desde el tradicional currulao hasta la contagiosa salsa.

La parte musical se callará de nuevo y el colorido del dragón se formará con la marcha de los 1.350 deportistas llegados de los 29 países quienes pancartas en mano agradecerán la invitación de los anfitriones en una demostración de hermandad que la lejanía del medio oriente acerca más a medida que el océano se extiende hacia América.

Las dos culturas se fusionarán con flores. Las dalias, los pompones, las rosas, los claveles, las orquídeas y los crisantemos se entretejen en las manos paisas de cinco silleteros para sembrar un jardín de idiomas y paisajes como otro símbolo más de fraternidad y bienvenida.

El protocolo humano en cuestión de 30 minutos le da paso a los motivos precolombinos los cuales se abrirán paso con la antorcha olímpica en forma de mazorca con su cabo imitando una flauta chibcha, réplica de una figura existente en el Museo del Oro, mientras que en la mitad del estadio nace el fuego a manos de un atleta de la región que portará el pebetero en forma de poporo quimbaya.

Con el resurgir de la música se levantan 800 telones azul marino de cinco metros de ancho por cinco de largo izados y agitados hacia arriban hacia abajo y de un lado a otro por los cuatro mil coreógrafos para simular el oleaje del mar pacífico. De sus entrañas brota la Diosa del Mar junto a los 29 telones sepia que indican los continentes y un grupo de niñas vestidas de blanco para significar las islas.

En un alumbramiento de olas y huracanes se cruzan dos barcazas símbolo de la integración de los continentes, una cargada de borojó, chontaduro, plátano y café y otra con dragones, arroz y esencias orientales. A la par se despeja un escenario con seis galeones de 12 metros de altura, 33 metros de ancho y 12 metros de profundidad que sirven de marco para la Leyenda de El Dorado que interpretan los 22 bailarines del ballet de Sonia Osorio y las 80 modelos del diseñador Carlos Arturo Zapata.

De la oscuridad nace el fuego con el retumbar de la pólvora de los juegos pirotécnicos y en medio del humo aparecerán las morenas figuras costeras de los 250 intérpretes de currulao y 450 salseros bailando al son de Cali Pachanguero.

Todo este esfuerzo económico y este sacrificio humano de los colombianos que pueblan la cuenca pacífica se verán esta tarde en el Pascual Guerrero para mostrar en las dos horas y 31 minutos de coreografía que Oriente y Occidente no son dos alaridos de pólvora y de técnica que calculan la hora y el minuto de transformar la tierra en una lágrima.

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