CONSTRUIR, ALGO SERIO

CONSTRUIR, ALGO SERIO

La obra de Guillermo Bermúdez está encuadrada dentro de aquella oleada de jóvenes modernistas que irrumpiera de manera decidida en el medio colombiano, en la década de los cincuenta, para consolidar el impulso renovador iniciado años antes por pioneros como Bruno Violi, Leopoldo Rother, Gabriel Serrano, Carlos Martínez o Jorge Arango, entre los principales. Dentro de la producción de los jóvenes hubo mucha calidad en algunos, o gran cantidad en otros, pero mantuvo siempre un adecuado nivel arquitectónico que dio carta de ciudadanía a la profesión en Colombia.

25 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Muy pronto algunos retomaron el cuestionamiento al rígido ortogonalismo racional, a la esquematización estandarizante de las formas y a la ubicuidad abstracta de los edificios ignorantes de las condiciones particulares del contexto, para desarrollar una preocupación por el lugar, inscrita dentro de las ideas orgánicas. Otros intentaron mantener y adaptar la doctrina racionalista principalmente corbusierana a nuestras condiciones, para dejarnos una producción de sobriedad formal y adecuada resolución técnica. Bermúdez representa un caso peculiar de no pertenencia a escuelas definidas, pues ante todo realiza una práctica disciplinaria y constructiva, centrada más en el objeto arquitectónico que en planteamientos doctrinarios.

Su producción toma elementos puristas o racionales y los complementa con ideas orgánicas o con elementos tradicionales e históricos. Posee la elegancia contenida en la sencillez de Mies, sin repetir la reducción geométrica y tectónica del maestro alemán, pero sí su severidad formal basada en detalles constructivos claros y eficientes. Es la nitidez compositiva de Oud en Holanda y la claridad espacial sintética de Neutra, obtenidas mediante un aprovechamiento sistemático de la tecnología y de la tradición moderna. Es ese sentido de dignidad logrado con formas sencillas y construcción elemental, cuyo ejemplo maravilloso es la arquitectura tradicional japonesa. Todo hecho gracias al despliegue de ideas sencillas pero fuertes, con estructuras claras y un lenguaje contenido y sin concesiones poco frecuentes en nuestro medio.

La arquitectura colombiana obtiene así una muestra de carácter, de gran importancia para nuestra tradición, en cuanto representa una calidad de la arquitectura difícil de explicar en términos no subjetivos, tan deformada al reducirla en enunciados literarios, pues quizás solo puede ser transmitida por medio de la observación de edificios que la posean. Carácter es ese nivel sintético de adecuación técnica, severidad formal y potencialidad simbólica que poseen las buenas obras de arquitectura. Quizás los teóricos clásicos han definido mejor esta cualidad, la c o n c i n i t a s de que hablaba Alberti, por ejemplo, en la cual estaba implicada una correcta apreciación de los recursos constructivos y una proporcionalidad que la hace bella, así como su capacidad de actuar como referente claro y fértil en el ambiente cultural donde surge.

Contemplar el Edificio Embajador, en la calle 26 con carrera 7a. de Bogotá, su equilibrio de llenos y vacíos, o la nitidez de sus líneas de la ventanería, aunados a una sobria construcción mantenida intacta con el tiempo, es entender en términos contemporáneos la trascendencia que puede alcanzar el hecho arquitectónico, aun en funciones corrientes o prosaicas. También el juego de balcones y el tratamiento de la piedra del Edificio Rueda, en la calle 73 con la 7a., o el uso del ladrillo y su tratamiento en diagonal en el Edificio del Sendero, calle 85 con la 7a., son ejemplos de esta cualidad, llámese v e n u s t a s en términos vitruvianos, o carácter en lenguaje contemporáneo.

Riqueza espacial La brevedad de este escrito no permite detallar la riqueza espacial lograda con tan elementales formas en su casa de la calle 85 con carrera 13, o la claridad de imagen, la fuerza o la elegancia de la Casa Bravo, o de otras residencias. Baste tan solo enfatizar el rigor planimétrico y constructivo de ellas, testimonios de la mejor manera de entender el hoy denigrado funcionalismo. La casa como una máquina (poética) para habitar , en la cual las funciones y sus relaciones son asimiladas más allá del mecánico organigrama bidimensional y entendidas como espacios propiciadores de relaciones humanas, como elementos generadores de vida.

Toda esa sobriedad se realiza con un sentido de la perennidad que reconoce la esencia del hecho arquitectónico en su naturaleza constructiva, la cual resuelta de modo correcto garantizará la permanencia de la obra. Adolfo Loos concebía la arquitectura como un oficio artesanal, antes que como expresión artística o teatral, por lo cual su sentido de utilidad y de madurez cultural lo llevaban a proponer un espacio austero que ante todo satisfacía necesidades humanas; y solo mediante esta consciente autolimitación, podía llegar a convertirse en contribución al entorno humano.

Elementos constantes de la obra de Bermúdez, como el no monumentalismo, el manejo de la luz, la integración con los jardines y la naturaleza, el entonado blanco de las paredes la importancia de la chimenea o la certera respuesta funcional, todos son realizados con rigor profesional y técnico. Son construidos con una supervisión implacable durante la construcción, de lo cual son testigos el archivo de planos de las obras y ante todo el estado actual de dichas construcciones.

Es una lástima que, de la misma manera que toda su generación menospreció el trabajo histórico y el debate conceptual escrito, Bermúdez no ha elaborado sus reflexiones referentes a su método de trabajo y a los principios que apuntalan su pensamiento. Quizás mucho de su humor, de su personal y simpático rechazo a todo intelectualismo lo explican; como también lo justifica la superficialidad o el sentido de consigna que ha tenido, por desgracia, nuestra discusión. En esto él es un coherente modernista, pues esta visión es en esencia empírica y antihistoricista; por temor al eclecticismo estilístico y a la formalización académica sobrevaloran la praxis y el diseño, sin tener en cuenta la necesidad del debate y de propagar criterios de un modo diferente a los ejemplos construidos.

Pero también es justo subrayar cómo sí se ha efectuado una transmisión conceptual desde la práctica de la docencia; en la cual él ha insistido en ese rigor arquitectónico que en taller se traduce en la exigencia, tanto en la presentación como en la exposición de las ideas, de una consistencia analítica en toda la definición del proyecto. La convicción de que la profesión es una labor muy seria y responsable, de rechazar todo malabarismo gratuito e insistir en que nuestra acción no es formal, decorativa o pasajera, sino sintética y perenne, es algo que sus alumnos nunca olvidaremos.

Aún es tiempo de profundizar en el análisis, de superar la reserva por la discusión teórica; pues sólo así haremos el correcto empalme y relevo con las nuevas generaciones. Entonces estas podrán aprovechar y apoyarse en lo hecho por sus predecesores, para construir una crítica capaz de actuar como eje de la definición de los parámetros requeridos frente a nuestro difícil panorama presente, y para hacer florecer la arquitectura como auténtica respuesta a nuestras necesidades.

(Fragmento. Revista de Arquitectura de los estudiantes de la U. Nacional. 1986)

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