NO TRAGAR NARCOVERSIONES

NO TRAGAR NARCOVERSIONES

Es Henry Loaiza el Rodríguez Gacha del cartel de Cali? Aunque el prontuario de aquel no parecería envidiar en nada al de éste, concretamente por su presunta participación en cinco masacres (entre ellas las de Trujillo y Riofrío), lo cierto es que aquí nos inventamos versiones narcoversiones sobre los causantes de episodios violentos, que de inmediato son acogidas por los medios sin cuestionar ahí sí el origen de la noticia, o el posible interés de divulgarla sesgadamente por quienes las suministran, como si fuera un hecho aplastante por su carga de verdad.

21 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Vestido impecablemente con un saco azul y una corbata elegantísima, lo cierto es que El Alacrán que nos pintaban en los avisos de recompensa (ese sí con cara de Rodríguez Gacha) resultó completamente distinto y despistador. Más parecía un intelectual de izquierda francés avant gauche, con gafitas redondas y una barbita no muy poblada pero debidamente mantenida. Casi, pues, como un actor de cine, y no como el delincuente con fenotipo de capo o criminal.

Pero, claro, las apariencias engañan, y los rostros amables también. A este respecto recomiendo a mis lectores a propósito del tema leer El rostro ajeno del japonés Kobo Abe. Es evidente que uno no puede por principio exculpar o absolver a Henry Loaiza, acusado de dirigir escuadrones de sicarios, por su buen semblante. Pero lo que sí es apenas obvio es que si este sujeto fuera el famoso Rodríguez Gacha del Cartel de Cali, no se habría entregado en la forma como lo hizo: espontáneamente, viniéndose en carro desde Cali, para llegar a la Décimo-tercera Brigada tan campante como Pedro por su casa. O no tan campante pero sí muy decidido a hacerlo, precisamente para aclarar que él no es el autor de la bomba de Medellín ni del petardo en el Congreso. Si en verdad tuviera las agallas de Rodríguez Gacha, simplemente no se habría entregado. Habría muerto en combate y ocasionando toda clase de actos de violencia, a la manera de Rodríguez Gacha.

Desde luego que, como es apenas lógico, a todo queremos encontrarle una explicación, tratándose de hechos violentos que nos golpean diariamente sin saberse su autoría. Pero en esto los organismos de seguridad del Estado, al igual que los medios de comunicación, van a tener que ser más serios, y no tragar los segundos las ideas que les venden los primeros, sin ningún beneficio de inventario.

Asimismo es deseable que con la captura o entrega paulatina de los distintos miembros del cartel de Cali, por ningún motivo la Fiscalía permita que estos procesos se filtren y se ferien, pues nada le haría mayor mal a la imagen de una Justicia que ahora tiene el desafío de juzgar a los más poderosos narcotraficantes, como el hecho de convertirla en espectáculo público y circense. Por eso hay que exigir sanciones sanciones duras para aquellos jueces, fiscales, funcionarios e inclusive policías que suministran expedientes. La alegre y repetida violación de la reserva del sumario no puede volverse costumbre, al amparo de que son las fuentes las que suministran información completamente privada. Como dice el periodista Jorge Gómez, los medios no son conscientes de las implicaciones éticas, jurídicas y morales del tratamiento que les vienen dando a aquellos detalles reservados a la Justicia, y su publicación solo contribuye a aumentar la confusión, pues son los órganos los que a los ojos de la opinión pública aparecen actuando como jueces.

Pero resulta pertinente repetir la pregunta, ahora cuando se vienen encima procesos tan delicados como los de Gilberto Rodríguez Orejuela y Henry Loaiza: Cómo están haciendo los redactores para tener acceso tan a menudo a informaciones que pertenecen a la reserva del sumario? Si son entregadas por funcionarios judiciales, por qué lo hacen? Si es que están feriando procesos , quién les paga? Y si les pagan, quién tiene más culpa: el que peca por la paga o el que paga por pecar? Frente a los juzgamientos mencionados, el periodismo judicial tiene todo un reto: informar sin violar reservas y, sobre todo, no tragar entero versiones que se van soltando ligeramente por ahí y que comienzan a hacer carrera para luego estrellarse contra la realidad de los hechos, como en el famoso caso de El Alacrán .

Yo, claro, no lo defiendo. Es más, por lo que se sabe, tiene un pasado judicial tenebroso. Pero su sorprendente entrega desvirtúa la narcoversión de que su mano estaba metida detrás de los últimos atentados violentos. Y por más alacrán que sea, es muy grave culpar a la gente de lo que no ha hecho.

Por qué no convencernos de que la violencia guerrillera es, puede ser, un fenómeno distinto al del narcotráfico, así exista en algunos sitios la modalidad de la narcoguerrilla?

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