TERMINÓ LA PESADILLA DE BUDENOVSK

TERMINÓ LA PESADILLA DE BUDENOVSK

Los chechenos se fueron y la gente del pueblo se quedó contando familiares muertos, heridos o simplemente vivos de milagro: así terminó ayer, a las cuatro en punto de la tarde (7 a.m. en Bogotá, 9 a.m) y después de horas de tensas negociaciones, la pesadilla que vivió por cinco días el poblado ruso de Budenovsk.

20 de junio 1995 , 12:00 a. m.

A las cuatro en punto de la tarde sonaron simultáneamente el encendido de los motores de siete autobuses Icarus en la calle Kalinin y el amartillado preventivo de docenas de gatillos de las automáticas de las fuerzas especiales rusas protegidas tras blindados a ambos lados de la calle. Por esa vía, que desde hace cinco días es la más importante del pueblo de Budenovsk, el comando checheno de Shamil Basayev abandonó ayer la clínica en dirección a su república después de haberse atrincherado allí por cinco días con una cantidad de rehenes que según una señora registró en 4.923.

Rusia cedió Desesperantes horas de negociación, que empezaron cuando a las cinco de la mañana nos despertaron los autobuses y una docena de ambulancias, precedieron la salida del comando. El gobierno ruso aceptó el domingo darles vía libre de vuelta a Chechenia en autobuses con parte de los rehenes si liberaban a todos los demás, decretó un cese al fuego en la pequeña república del Cáucaso y abrió, después de seis meses de guerra, conversaciones de paz con sus jefes.

Los asaltantes, que prometieron volar la clínica si no se cumplían sus demandas, liberaron ayer cerca de 200 mujeres y niños. Pero los detalles concretos de su retirada, estaban pendientes.

El papel de la prensa A las nueve de la mañana un camión frigorífico llegó para cargar sus muertos, que, desde nuestro puesto de observación a 150 metros de ese edificio con las ventanas negras después de los dos asaltos intentados por los rusos hace dos días, no logramos contar. Después empezó un desesperante tire y afloje que involucró a la prensa.

Abdu Jadzhiev, el segundo en el comando, exigió que los periodistas viajásemos como garantía de seguridad. La rubia Petra Projaskova, la checa que enviamos a negociar con él, le propuso que fuéramos en autobús aparte, al final de la columna. El contestó que solo aceptaría que hubiese corresponsales en cada autobús. Pedimos entonces al gobierno ruso que nos diese garantías oficiales y estatuto de rehenes. Petición a la cual el coronel Vorozhtsov, el portavoz del Ministerio del Interior, ripostó gritando a los casi 200 corresponsales que nos apiñábamos en la calle Kalinin frente a un cordón de ceñudos spetsnatz (tropas especiales): los que quieran ir, sin condiciones, pónganse junto a ese poste : Nueve representantes de medios rusos se adelantaron. Los demás nos quedamos.

Para entonces eran casi las dos de la tarde. Los chechenos aceptaron y los autobuses empezaron a llenarse de su trágica carga. Con un par de binóculos, ante la clínica, yo mismo conté uno por uno todos los que entraron a los siete vehículos. En el primero, 14 heridos chechenos. En los demás, que se iban llenando con lentitud desesperante, subió un total de 95 comandos chechenos, una decena de periodistas, 5 diputados rusos, 5 médicos, entre ellos el jefe de la clínica y una mujer, y 61 rehenes que, como me contó más tarde Viktor Lisienko, después de saltar a buscar a su familia del autobús que lo sacó de la clínica, habían firmado que se sumaban a este viaje del terror hasta Chechenia en calidad de voluntarios, al igual que los demás.

La polvareda que levantaron los autobuses, que salieron con cortinas en las ventajas y precedidos por tres autos de policía, no se habían asentado cuando una avalancha de gente se lanzó hacia la clínica y fue a duras penas contenida por los cordones que establecieron a la carrera las tropas.

Angustia en el hospital La gente gritaba, pidiendo ir a ver si sus familiares estaban vivos o no. Una tras otra tronaban las ambulancias, evacuando a los heridos más graves. En los primeros quince minutos salieron cerca de 25 de ellas.

Después empezó una procesión que Budenovsk recordará por años como el día más macabro de su historia. Diez autobuses repletos de gente escuálida, a medio desmayar por la fatiga y las penurias, llorando a lágrima viva y buscando desde las ventanas con mirada perdida a alguien conocido desfilaron lentos por la calle. Las escenas no tienen descripción. Un hombre literalmente arrancó la puerta trasera de un autobús y, sin una palabra, se abrazó a su mujer que lloraba a gritos. En el siguiente, una mujer prorrumpió en alaridos histéricos; papá, papá , sollozaba pegando con sus débiles puñitos en la ventana como si se tratase de una pared impenetrable. Valera , bramó otro, colgándose de un ventanuco como queriendo devolver a la vida a través de ese conducto al primo que creía perdido.

Dantesco espectáculo que llegó al climax con la salida de cientos de personas vacilantes a pie. Solo los viejos cuadros en blanco y negro de los campos de concentración nazis, esos desfiles de almas en pena sin esperanza y con un soplo de vida, pueden dar una idea de la escena. Un anciano de bastón arrastraba una pantufla verde en un pie y un zapato de caucho en el otro. Un par de sordomudos se abrazaban en un silencio interrumpido por los sollozos. La gente de la casa donde estamos alojados traía en vilo a un viejecito vendado en el pecho, Yura, su vecino, que solo murmuraba como autómata gracias a Dios, gracias a Dios . Un grupo de enfermeras, apoyadas unas en otras, con paso vacilante. Sombras de vida que desfilaban entre el polvo y un calor de 38 grados como si no creyesen que estaban de vuelta del infierno.

En la clínica se oían detonaciones y explosiones. Los zapadores trabajaban. En la calle la gente se apiño ante el señor Kusnetsov, el gobernador del distrito de Stavropol, increpándolo indignado. Dennos armas para matar a todos los chechenos , gritaban unos. Destiérrenlos a todos , decían otros. Cómo vamos a vivir en adelante? , preguntaban los demás.

Kusnetsov dijo que el presidente y el primer ministro rusos se habían humillado ante criminales y anunció haber dicho al jefe del servicio secreto ruso: Si se van sin castigo (los chechenos), yo mismo te fusilo .

Declaraciones que no sólo reflejan el estado de ánimo de los habitantes del pueblo donde tuvo lugar esta tragedia sino que pueden tener drásticas repercusiones en toda Rusia. No solo porque entre los rusos, muy nacionalistas, habrá seguramente una ola anti-chechena que se extenderá contra los varios millones de caucásicos que viven en él, como gritaba ayer la gente de Budenovsk. Sino porque, aún si los siete autobuses son objeto de un asalto antes de volver a Chechenia, la jefatura de esta república, que el domingo aceptó conocer el plan del asalto, se habrá anotado un golazo político, pese a los métodos de terror que empleó para ello.

Conmoción política en Moscú y fiebre nacionalista. Como me dijeron incluso varios militares: el responsable de todo es el gobierno, que desde 1991 genera un cataclismo tras otro. Es hora que el pueblo decida. La pesadilla de Budenovsk ha, pues, concluido. Pero la crisis desatada por la toma de rehenes más colosal de la historia rusa, puede estar apenas empezando.

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