SE FUE EL ARTISTA, PERO SUS CUERPOS NO MORIRÁN

SE FUE EL ARTISTA, PERO SUS CUERPOS NO MORIRÁN

Luis Caballero no tenía más de 10 años cuando su padre lo sentaba, junto con su hermano Antonio, en los corredores del Museo del Prado, en Madrid, para que copiara a los grandes maestros.

20 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Caballero recordaba aquella escena como un cuadro verdaderamente ridículo. Pero lo soportaba porque ya tenía clavada la espina del arte. Cuando alcanzó el uso de razón algo que también a él le sucedió, a pesar de que durante mucho tiempo se resistió a crecer ya andaba husmeando entre los libros de arte de su padre, el escritor Eduardo Caballero Calderón.

Sin embargo, el primer flechazo certero de la vocación artística sucedió cuando a su tía abuela Margarita Holguín y Caro se le ocurrió que el niño estaba para cosas grandes. Así, a pesar de sus ocho años, Caballero se divertía más garabateando en los lienzos aún en blanco de la tía, que montando en triciclo o trepándose en los árboles. Doña Margarita estaba tan convencida de las condiciones del hijo de su sobrina Isabel Holguín Dávila que un par de años más tarde le permitió restaurar unos frescos que ella, una de las alumnas más destacadas de Andrés de Santamaría, había pintado en la capilla de Santa María de los Angeles, uno de los puntos más al norte de la Bogotá de entonces.

Convencido por fin de que pintaba mejor que su hermano Antonio, y habiendo superado así uno de sus mayores traumas de infancia, Luis se dedicó en serio a forjar esa carrera que terminó ayer, a los 52 años, y que lo convirtió en uno de los grandes artistas de Colombia.

Del pop al manierismo Caballero no sólo era el gran maestro del desnudo, sino ante todo el gran romántico del arte criollo. Su pincel probó suerte con lo más atrevido de la abstracción, se deslumbró con el pop de Kitaj y de Hokney, se detuvo varios años ante la influencia de Francis Bacon de quien quiso aprender su capacidad de emoción, se deslumbró con la técnica de Rubens, y final e irremediablemente se encontró con el Renacimiento, y ahí se quedó. Muy cerca de Miguel Angel. Era como un manierista del siglo XVI.

Bachiller del Gimnasio Moderno, Caballero inició estudios de arte en la Universidad de los Andes, pero pronto escapó a París, y se instaló en la escuela de arte La Grande Chaumiere, que tan famosa había sido a comienzos de siglo.

Allí aprendió algo más que los parámetros de la academia: aprendió que la pintura servía para algo más que para pintar. Y eso lo aprendió, según confesó alguna vez, por cuenta de otra estudiante de aquella escuela, que luego se convirtió en su esposa: Terry Guitar. Lo que entonces no sabía era que con esta pintora norteamericana, que luego se convirtió en poeta, también habría de aprender que no eran las mujeres lo que realmente le interesaba en la vida, aunque con ella compartió casi diez años.

Entonces también dejó de pintar desnudos femeninos, tal vez como otra manera de asumir su condición homosexual, la cual jamás lo perturbó. En el libro Me tocó ser así Caballero le confesó al periodista José Hernández que la relación con su padre había sido ante todo intelectual, y con su madre, en cambio, había aprendido de mecánica, e incluso a jugar fútbol. Mi mamá era todo para mí... tal vez por eso me volví marica .

Gatos, Cristos y cráneos A Caballero siempre le gustó estar en medio de espacios precarios, sencillos, porque era su forma de responder a una ausencia de necesidad de cosas externas que lo caracterizó.

Y no le gustaba salir ni a la puerta. De ahí que en París vivía con varios ayudantes, porque necesitaba ayuda para templar los lienzos, para pegar los botones de su ropa, para sacar a pasear a sus gatos, para hacer mercado...

Su apartamento no solo estaba invadido de gatos, sino que estaba lleno de dibujos, Cristos, cráneos y penes, que le gustaba coleccionar. Y en medio de ese ambiente pintaba, y lo hacía de noche porque durante el día era débil, según él, porque existían demasiadas tentaciones. Por eso nunca se le podía llamar antes de la una de la tarde.

Su rincón de París donde vivía desde 1969 estuvo, sin embargo, abierto a sus amigos. Allí se daban cita algunos de los pintores y de los escritores que habían llegado a probar suerte a la Ciudad Luz, para llevar a cabo tertulias en torno al arte. En ellas se hizo gran amigo de Darío Morales, de Saturnino Ramírez, de Gregorio Cuartas... Y con ellos compartía la idea de que París no era ciudad para ir a estudiar, sino para aquellos que ya tenían definido el camino.

Bogotá, sin embargo, su ciudad natal, siempre lo atrajo. Le parecía fascinante, sobre todo porque la encontraba como una especie de Sodoma y gomorra . Pero Bogotá era para él, ante todo, sinónimo de espera. Aquí llegaba siempre en septiembre para escampar del verano parisino porque como buen cachaco no resistía ni los mosquitos, ni el calor. Y siempre que venía esperaba. Esperaba sus citas con el dentista, esperaba que montaran las obras de alguna exposición, esperaba al carpintero, al modelo, al amigo, al fotógrafo. Esperaba a que alguien cumpliera.

La última vez que vino el pasado seis de marzo también vino a esperar. Esta vez, la muerte. Un síndrome cerebeloso lo consumió durante los últimos tres años, y poco a poco limitó sus capacidades artísticas, hasta obligarlo a pintar sentado en pequeños formatos sobre los cuales sus manos ya casi no respondían.

Su pintura, sin embargo, seguirá viva. Por lo pronto, en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá, donde actualmente se exponen 139 dibujos que pueden dar buena cuenta del trabajo del artista ayer fallecido.

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