LO FEMENINO NO QUITA LO ROCKERO

LO FEMENINO NO QUITA LO ROCKERO

La tradición del rock, -porque hay tradición en el rock- es que es machista. Es una historia que pasa por la manzana de Adán y tiene muy poco de pestañina y colorete. Los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin eran más cerrados que el Gun Club.

18 de junio 1995 , 12:00 a. m.

En sus comienzos, en los años sesenta, fueron muy pocas las mujeres que tuvieron voz y voto. Entre todas, solamente Janis Joplin, pudo alcanzar un espacio en el panteón de los dioses del rock. Las demás se resignaron a su papel de corifeos, o de niñas bien que cantaban y componían bonitas canciones para escuchar en la sala al calor de una chimenea. Entre estas últimas Carole Kinge era la reina.

Pasaron casi treinta años para que el rock demostrara su ambigedad y le dejara ver al mundo su lado femenino sin mostrarlo como una curiosidad sino como algo natural. La pionera, además de Joplin, es Patti Smith, sin duda la mama grande de la generación de los noventa. Ella fue la dama que abrió el camino porque aprendió a cantar desde sus entrañas con toda la fuerza de sus hormonas. Smith no fue voz intermediaria, habló en primera persona y sin lenguaje cifrado. Al lado de ella se ubicaron, entre otras, Susi Quatro, Pat Benatar, Joan Jett, Tracy Chapman, Annie Lennox y Crissie Hynde, entre otras.

Con mayor o menor éxito comercial, algunas de ellas ni siquiera llegaron a los diez primeros lugares, como Patti Smith. Esta mujer le abrió el camino a una nueva generación que poco a poco ha ido demostrando el potencial femenino. Cuando nos aprestamos a cruzar la barrera del segundo milenio, algunas de las mejores bandas y solistas del momento son mujeres.

No se trata de un movimiento en el que coinciden intereses y propuestas estéticas. Es simplemente una coincidencia temporal y posiblemente la respuesta a una carencia. La distancia que separa a Dolores O Riordan de Sheryl Crow es mucho más grande que el océano que separa sus dos patrias: Irlanda y Estados Unidos. Los mismo sucede entre Melissa Etheridge y Dionne Farris, o entre Cristina Rosenvinge y nuestra florecita rockera Andrea Echeverry. Lo único que las une es el rock -son cantautoras- y ser mujeres.

Entre todas, una de las más populares es Crow. Ella es la nueva figura del rock estadounidense. En los premios Grammy se llevó tres estatuillas. Su canción All I wanna do es una especie de himno en Los Angeles. Crow también hizo parte del combo de mujeres que participaron en el homenaje al grupo Led Zeppelin. Allí interpreta la canción D yer mak er. Entre ese grupo de mujeres que le rindieron un homenaje al cuarteto británico se destaca otra de las duras de la nueva generación, la pianista Tori Amos, quien se da el lujo de cantar al lado del mismísimo Robert Plant, Down by the seaside.

Amos, que ya no es ninguna promesa, es un leyenda en el rock femenino actual. Es una voz de conflictos. Hija de pastores metodistas, es un reflejo del conflicto entre generaciones y el eterno problema frente a Dios y la religión.

En el lado opuesto se puede encontrar a Melissa Etheridge. Mujer de carretera, del tipo Thelma y Louis que escapa del mundo masculino. Etheridge es minoría entre las minorías, pues además de ser rockera es homosexual, una condición que reivindica sin miedo y que tiene eco entre la multitud. Etheridge fue una de las pocas mujeres que tuvo su propio espacio en la versión finisecular de Woodstock. A su lado se destacó la jovencísima Dolores O Riordan, líder del cuarteto irlandés The Cramberries.

O Riordan, de apenas 24 años, está considerada una de las mejores voces del rock actual y una excelente compositora. Es discípula directa del Sinead O connor y Enya y descendiente de las sacerdotisas celtas y gaélicas. Sin ser tan desgarradora como O connor, O Riordan, irlandesa hasta la médula, educada en una familia católica tradicional, exorcisa en su canciones sus fantasmas. Sus composiciones hablan de su vida en familia, de la incomunicación y el aislamiento. Zombie, por ejemplo, es una durísima canción contra el abandono de la infancia.

El campo de la música negra irrumpe con muchísima fuerza Dionne Farris, ex integrante del grupo Arrested Development. Diez de las 12 canciones de su álbum fueron escritas por ella. Su disco combina funk, jazz, soul y rock. En lo temático mantiene la abierta militancia contra el racismo de su ex grupo Arrested Development.

Esta necesidad de afirmarse musicalmente no es solamente un fenómeno anglosajón y en el rock en español también comienzan a escucharse voces. Entre las que viene del otro lado del Atlántico se destacan Cristina Rosenvinge, una bellísima barbie curtida en los bares madrileños y Mercedes Ferrer, otra rubia, que se maduró en la noche neoyorkina y a sus 30 años y con una licenciatura en literatura, piensa conquistar el mundo con una guitarra.

Entre las latinas surgen las voces insurgentes. Patricia Sosa y Fabiana Cantillo en Argentina ha ayudado a consolidar el rock de su país. En Colombia, Andrea Echeverry es la vocera privilegiada el rock nacional, la serenatera metálica de los despechados. En México, los grupos Santa Sabina y La Lupita están encabezados por mujeres.

Pero esta es solamente una visión parcial de la nueva generación. La lista es mucho más larga y entre las ausente se pueden encontrar P.J Harvey, Natalie Marchant y la viuda rubia del grunge Courtney Love, mil veces odiada y vituperada, ex esposa de Kurt Cobain y líder de la banda Hole.

El esfuerzo de estas mujeres no es suficientemente reconocido. El éxito de ventas y a nivel radiofónico se lo llevan Mariah Carey, Janet Jackson y Whitney Houston entre otras, cuyos cifras de ventas y popularidad son muy superiores. La razón de su éxito es simple, se trata de voces perfectamente afinadas con el coro del espectáculo, dispuestas a someterse a la partitura del sueño americano. Son mujeres de ensueño, sin asperezas, que le huyen al dolor y a la tristeza.

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