Desde el jardín

Desde el jardín

03 de junio 2009 , 12:00 a.m.

El escritor Carlos Framb acaba de publicar su confesión literaria Del otro lado del jardín, en la que relata con una sinceridad estremecedora la encomiable relación que existía entre su madre y él, y la forma como la asistió a bien morir al final de su vida, cuando la enfermedad y un cúmulo de dolencias la dejaron postrada en la incapacidad física, la soledad y la ceguera. Después de algunas horas, en las que el escritor se despide de un mundo que siente ya lejano y sin sentido, él mismo se recuesta junto al cadáver de su madre y se envenena también, con la sorpresa mayúscula de que despierta para tener que enfrentar un proceso penal en su contra.

Este es un libro que se debería discutir no solo en todas las facultades de Derecho, en las clases de ética y en las carreras de Medicina, sino en los colegios, con los muchachos más jóvenes. Porque detrás de él hay una vieja discusión que nos compete a todos: ¿cuándo la vida es vida, es decir, cuándo es deseable estar vivo? ¿Es importante seguir con vida a toda costa, pase lo que pase, o hay circunstancias en las cuales el hecho de seguir con vida se vuelve una tortura, un castigo, una carga de la cual quisiéramos desprendernos a toda costa? ¿Lo importante de la vida es seguir respirando, o lo capital es la dignidad, el respeto consigo mismo, el honor? Y hay que tener cuidado con las respuestas, porque algún día, quizás, seremos nosotros los que estaremos del otro lado, en la cama, postrados, y entonces tendremos que hacernos responsables de lo que dijimos.

Hace unos pocos años, mi padre enfermó de un cáncer de médula ósea, una enfermedad que lo fue minando poco a poco hasta dejarlo reducido a su mínima expresión. Era un profesor de la Universidad Nacional educado durante la contracultura de los años 60 y 70, un librepensador que hablaba varios idiomas y que había pasado por distintas academias a lo largo del mundo.

Muchas veces, él y yo habíamos tocado el tema del suicidio y de la muerte asistida. Por eso, durante los peores meses de la enfermedad, yo esperé que él tomara la firme decisión de detener su paulatino y doloroso deterioro físico. Al fin, una tarde, nos quedamos solos y él manifestó su deseo de tomarse una sobredosis de somníferos y morfina. Pero ya era tarde: la garganta estaba muy cerrada y no pudo lograr su cometido. Su piel apergaminada y las venas endurecidas impedían también un pinchazo fácil. Al final, agotado, se recostó en su cama y se quedó dormido.

Después de su muerte, al recordar miles de veces esos meses, me fue entrando la culpa: ¿por qué lo había dejado a merced de esa enfermedad? ¿Por qué, si tantas veces habíamos hablado al respecto, yo no me había informado bien y había sido capaz de brindarle una salida decente y rápida para semejante tipo de dolor y postración? Por esa razón, el duelo que hice estuvo lleno de vericuetos y pasadizos sombríos que me costó mucho superar.

Bien, Carlos Framb, en este magnífico testimonio, no duda un solo segundo de reconocer cuál es su deber: ayudar a su madre a ir al otro lado del muro, donde un jardín esplendoroso la está esperando: la muerte dulce, reposada y bien asumida. De ahí la admiración irrestricta que generará este libro en cierto tipo de lector, que se ha desprendido ya de discursos parroquiales y de las dobles y triples morales imperantes. No dudo de que su lectura debería ser obligatoria en colegios y universidades. De esta manera, quizás, eduquemos por fin generaciones más humanas, compasivas con el dolor del otro y decididas a defender la dignidad y la libertad por encima de todo fanatismo y de toda irracionalidad

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