CAMBIAR LA IMAGEN, EL RETO

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La carrera más difícil está a punto de terminar. Ah, y con éxito. Es decir, con la medalla de oro como premio.

18 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Se trata de una competencia muy colombiana, arraigada en lo más profundo de nuestra cultura, característica de la idiosincrasia nacional, típica de todas las ideas locas que surgen dentro de nuestras fronteras, obstáculo a veces insalvable para las quijotadas : vencer a la incredulidad.

Porque, faltan poco menos de seis días para que el próximo viernes 23 de junio, a partir de las 6:30 de la tarde, en el estadio Pascual Guerrero de Cali se declaren inaugurados los Primeros Juegos del Océano Pacífico. Sin embargo, en el país, en la propia Sultana del Valle, hay todavía quienes se niegan a dar crédito a lo que, para bien o para mal, es una realidad.

Es cierto. Se trata de una locura, una inmensa y perdida locura. Pero, la historia de la humanidad se ha cansado de demostrar que es precisamente de ahí, de las ideas en quien nadie cree, de los proyectos que todo el mundo desecha, de la constancia que vence al facilismo, que los grandes inventos vieron la luz.

O, es que a Cristóbal Colón le creyeron a la primera aquello de que el mundo era redondo? A los hermanos Wright alguien les siguió la cuerda con sus avioncitos? Usted puede ponerse la mano en el corazón y decir, de verdad, que creía en que el hombre iba a pisar la luna? No. Y, como estos, hay miles y miles de casos, todos con final feliz.

Eso no significa, sin embargo, que los Juegos vayan a ser un éxito. Llevarlos a cabo, después de tantos inconvenientes, es ya un triunfo en lo organizativo. Ahora, en lo deportivo, habrá que esperar a ver con qué artillerías viene los visitantes. Porque, ejércitos renombrados sí vienen Estados Unidos, Rusia, Australia, Japón, Canadá, China... pero, no se sabe si con oficiales de servicio o con reservistas.

En todo caso, a lo hecho, pecho...

Como si se tratara del borrachito que, obnubilado por los traguitos, se animó a retar al peligro en una becerrada, a los colombianos todos, no solo los caleños y los habitantes de las subsedes somos responsables del buen final de esta novela. Ya no hay tiempo para pensar si valió la pena tanto esfuerzo, si lo mejor era construir una Villa Olímpica o alojar a los deportistas en hoteles, si escoger deportes de conjunto o individuales.

Eso, todo eso, ya no importa. Colombia, un país al que le fascina adquirir compromisos quijotescos, está a las puertas de un reto trascendental: unir a los pueblos a través del deporte.

Entonces, la meta es mostrar lo mejor de lo nuestro: en el deporte, en la cultura, en el comportamiento, en el apoyo, en la hospitalidad. Porque, lo de menos es si al final de las competencias se ocupó el segundo, el tercero o el décimo lugar. El verdadero éxito de los Juegos consiste en cambiarle la percepción a toda esta gente que viene a Colombia llena de miedo y de prevención, se vaya con el tricolor nacional en el fondo de su corazón, enamorado de este privilegiado territorio, con ganas de volver. Si eso se consigue, habrá valido la pena todo esto.

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