Tapabocas

Tapabocas

Creo que el futuro del mundo son los viejos. Y las escenas que estoy viendo en mi computador, una procesión de imágenes que obtuvo la prensa la semana pasada, han venido a probármelo. Esa anciana palestina sostiene una llave oxidada, símbolo de los horrores que su pueblo ha tenido que soportar desde mayo de 1948, para que la cámara del fotógrafo de Reuters sea testigo de su protesta.

29 de mayo 2009 , 12:00 a.m.

La actriz Mia Farrow, el multimillonario Richard Branson y el compositor Peter Gabriel, de 64, 60 y 59 años, se relevan en una peligrosa huelga de hambre en nombre de los cinco millones de personas que ahora mismo mueren de inanición en Darfur. Mil quinientos viejos inconformes marchan, en Ciudad de Guatemala, dispuestos a exigirle la renuncia a un presidente sospechoso de asesinato. Y el cantante Leonard Cohen, de 75, les pide a los espectadores de su concierto en Nueva York que agradezcan ese momento como un paréntesis al infierno que estamos viviendo. “Perdón por no morirme”, dice.

Y, mientras tanto, Colombia, que también queda en el mundo, es una suma de huelgas pendientes. Los estómagos deberían vivir revueltos por cuenta de la cacería contra los que piensan diferente, el desempleo y los crímenes que cometen los ejércitos que andan sueltos por ahí. La protesta tendría que haberse vuelto parte de nuestra rutina. Pero el tiempo se nos va, como a un pueblito amedrentado, como a los cerdos mezquinos de Rebelión en la granja, en un oficio que prueba que estamos sometidos: el oficio de estar a favor o en contra de este señor que se ha empeñado en reelegirse.

No me importa que se hayan quedado mudas aquellas damas que agitaron las relucientes ollas que no usaban para condenar los hechos del proceso 8.000.

Me tiene sin cuidado que los políticos de oposición sean incapaces de explicar qué país es el que quieren. Ya me acostumbré a que la gente, enseñada a que se vive a pesar del gobierno, se encoja de hombros ante los peores escándalos.

Todavía me deprime, sin embargo, que los jóvenes se queden quietos. Porque ¿qué clase de engendro es un joven gobiernista?, ¿qué tipo de monstruo es un joven conservador?, ¿qué variedad de bicho es un estudiante que defiende el derecho de los hijos del Presidente a hacer negocios? Y ¿qué tiene que pasar para que un universitario se rinda antes de tiempo?, ¿que no sepa lo que nos ha costado llegar hasta acá?, ¿que no tenga claro que nos hemos desviado porque nadie le dijo nunca a dónde íbamos? Qué triste esa manada de jóvenes encorbatados, hipnotizados y digeridos por el pragmatismo. Su activismo se reduce a frases como “Man: qué tal la cara de demente de este mancito en la entrevista con el argentino de la BBC”; “Marica: tenaz lo de los falsos positivos”; “Güevón: ¿vio a José Obdulio hablando en eltiempo.com como un Cantinflas en saco de rombos?”. Su beligerancia se limita a ser hinchas de equipos que jamás han visto ganar, a armar grupos en Facebook, a escribir en los comentarios de Internet las canalladas anónimas que antes se escribían en los baños públicos.

Miren ese rebaño patético: es una marcha de zombis con un tapabocas que les sirve para todo.

Y ahora díganme si no tenemos que agradecerles a los viejos que no mueran.

Pues viejos son los columnistas que se han embravecido, los caricaturistas que se han agrandado, los magistrados que piden la presencia de la ONU para que el país entienda que el planeta está mirando. De pronto es lo que decía Pablo Picasso: “Se necesita mucho tiempo para volverse joven”. Tal vez los famosos estudiantes del 68, que cargan la vergüenza de no haber hecho la revolución, se habían estado preparando, sin saber, para este momento. Y, como los abuelos que corrigen el rumbo de los nietos, tengan que sacar la cara por todos –ayunar, reírse a carcajadas, dar la vida– hasta que quede claro que el mundo es una empresa corrupta e ineficiente, que resuelve las crisis echando a las señoras de los tintos.

* Escritor www.ricardosilvaromero.com

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