VUELVE EL NARCOTERROR

VUELVE EL NARCOTERROR

Qué pensará de Colombia el resto del mundo? Qué podrá pensar de un país que insiste en protagonizar los más horripilantes actos de violencia? De una sociedad que produce conductas tan asesinas y desalmadas como las que llevan a hacer explotar una bomba con metralla en medio de una verbena popular?

15 de junio 1995 , 12:00 a. m.

País paradójico y siempre imprevisible. Donde se logra capturar al jefe del cartel de Cali sin disparar un tiro, pero donde al otro día los 30 muertos y 200 heridos de Medellín se encargan de recordarnos que aquí no hay lugar a treguas, ni a regocijos sobre triunfos pacíficos frente a las fuerzas del mal.

El Gobierno Samper no alcanzó a disfrutar del éxito que significó la operación de Cali cuando le estalla en las narices la tragedia de Medellín. Noticia que recorrió el mundo con parecido o superior despliegue al que mereció la captura de Rodríguez Orejuela, y que se ha prestado para que la prensa internacional se reafirme en sus estereotipos sobre una Colombia irremediablemente sanguinaria y violenta. Y cómo negarlo...? La bomba coincidió, además, con la llegada de 30 periodistas europeos invitados especialmente por la Presidencia para que vieran la otra cara del país, visitaran un Medellín pacífico y pujante y conocieran los avances en materia de derechos humanos y lucha contra el narcotráfico. De malas, pero así es la realidad.

Y la realidad que se vislumbra tras el atroz atentado de Medellín es alarmante. La hipótesis que más se menciona atribuye el hecho a narcotraficantes del norte del Valle, que habrían contratado a un sector de las llamadas milicias bolivarianas que operan en esa ciudad.

Se descartaría así una responsabilidad directa de la dirigencia guerrillera y concretamente de la de las Farc, lo cual habría dado al traste con cualquier proceso de paz con gente capaz de ordenar una monstruosidad semejante.

Pero el solo hecho de que milicias urbanas de alguna manera conectadas con las Farc se hubieran prestado para esto, indica el grado de lumpenización y descomposición moral al que ha llegado una actividad armada que pretende invocar razones políticas. Y que se atreve a eso hemos llegado a utilizar el nombre del Libertador para encubrir sus crímenes.

De comprobarse esta hipótesis, y si las Farc quieren dar una mínima muestra de su voluntad de paz, lo primero que tienen que hacer es entregar a estos asesinos a la Justicia. O aplicarles las drásticas sanciones en las que son tan duchos.

Ahora bien, que la autoría del hecho sea de un grupo de narcotraficantes del norte del Valle señala que podemos estar presenciando un resurgimiento del narcoterrorismo. Protagonizado esta vez por una gente con notoria trayectoria de violencia, que estaría señalando que con ellos la cosa es a otro precio.

A diferencia de la cúpula histórica del cartel de Cali (los Rodríguez, Santacruz y Herrera), que ha procurado evitar la violencia y el enfrentamiento directo con el Estado, los narcos del norte del Valle no tienen estos escrúpulos. Las matanzas de Trujillo son ejemplo impresionante de lo anterior.

Otros hechos refuerzan la tétrica posibilidad de que se esté incubando una nueva narco-guerra. El asesinato la semana pasada en Buga del jefe de la Sijin, un policía que se había destacado por su aporte al Bloque de Búsqueda, fue un primer toque de alarma. El martes en la noche estalla un petardo en el centro de Medellín y es desactivada una bomba de dos kilos en un centro comercial.

Y antenoche es asesinado en Bogotá nadie menos que el jefe de contrainteligencia del DAS, Mardoqueo Cuéllar. Esta sección del DAS ha cumplido, según su director, una función significativa en las operaciones contra el narcotráfico en el Valle.

Sin brincar a conclusiones, ni caer en hipótesis catastrofistas, tampoco se puede ignorar tal conjunción de hechos sintomáticos. La posibilidad de que la ofensiva contra el cartel de Cali y sus aliados terminara por generar una respuesta violenta es algo que siempre se contempló.

La pregunta es si estamos en la antesala de una nueva narcoguerra. Si sectores del narcotráfico del Valle pretenden reeditar la estrategia de Pablo Escobar; de combinar el terrorismo indiscriminado con el asesinato selectivo, con el fin de crear un clima de zozobra colectiva que intimide a la sociedad y mine la voluntad institucional para combatir el narcotráfico. La utilización de guerrilleros lumpenizados para acciones de terrorismo y sicariato es algo que también contempló Escobar y que parecería están aplicando sus presuntos sucesores.

Se ha demostrado que, aunque puede generar terribles sacrificios humanos y no pocas vacilaciones en algunos estratos sociales y políticos, esta estrategia no funciona. Suficientes combates y pruebas de fuego de este tenor ha tenido el Estado colombiano como para amedrentarse ahora ante este nuevo desafío. Desmedido y demencial, como lo es toda pretensión de doblegar a las instituciones por medio del terror.

También es posible que todos estos hechos sean coincidenciales. Que el asesinato del jefe de la Sijin de Buga no tenga nada que ver con la ofensiva contra el cartel de Cali y que la captura de Gilberto Rodríguez en nada se relacione con el atentado de Medellín y que las nuevas bombas en esa ciudad no tengan conexión alguna con el asesinato del jefe de contrainteligencia del Das.

Pueda ser que éstos sean hechos aislados. En este caso no estaremos ante una nueva ofensiva coordinada del narcoterrorismo. Sino ante diversas expresiones de la misma violencia endémica, contradictoria y aparentemente insoluble que hace tantos años desangra a este país. Qué consuelo.

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