ANÁLISIS

El presidente colombiano Ernesto Samper ya puede exhibir un trofeo indiscutible.

10 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Samper, que asumió hace poco menos de un año en medio de denuncias sobre presuntos lazos de su campaña presidencial con el Cartel, y el escepticismo y hasta hostilidad en algunos sectores políticos de Estados Unidos, puede reclamar una vez más para su país el ser el mayor luchador contra el narcotráfico.

Frecuentemente, la cuestión del narcotráfico ha distanciado a Washington y Bogotá.

Mientras los colombianos sentían que no se les reconocía el enorme precio que han pagado, en vidas y en dinero, por el despiadado negocio de las drogas, muchos dirigentes estadounidense parecieron más presas del estereotipo que del análisis frío de la situación.

La estigmatización del gobierno colombiano como una narcodemocracia lanzada meses atrás por legisladores estadounidenses tenía tanta precisión como las peticiones efectuadas en la Cámara de Representantes de que se enviaran portaaviones a las costas de la mediterránea Bolivia para bloquear la salida de la cocaína.

Samper, seguramente sintiéndose reivindicado, no perdió ayer la oportunidad de destacar el triunfo que se anotó al capturar al ajedrecista .

Vamos a demostrar al mundo que somos una nación de gente buena , dijo el presidente sintetizando lo que sienten millones de colombianos que son tratados poco menos que como criminales en muchos aeropuertos del mundo por el sólo hecho de portar el pasaporte de su país.

Y a caballo de la victoria, Samper volvió a pedir el viernes la cooperación internacional y, con orgullo, demandó que se tenga la misma efectividad a la hora de luchar contra el consumo, el lavado de dólares, y la venta de químicos, todas asignaturas pendientes de los países desarrollados.

Los efectos concretos de la captura de Rodríguez Orejuela en el tráfico de drogas están por verse.

La detención y finalmente muerte del otro gran jefe de las drogas, Pablo Escobar, no llevó a una disminución del narcotráfico. Otros jefes pronto ocuparon su lugar.

Pero sí puede afectar, y probablemente para bien, las relaciones entre Washington y Bogotá.

El gobierno estadounidense que apenas certificó este año los esfuerzos colombianos contra el narcotráfico, deberá reconocer ahora que Bogotá no se ha quedado con los brazos cruzados.

Seguramente muchos de los que dijeron que Samper era poco menos que un aliado de los narcotraficantes ahora saldrán a felicitarlo calurosamente.

La diplomacia colombiana deberá aprovechar la resonante captura para lograr que el país salga de la lista gris en que lo han puesto muchos legisladores en Washington.

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