EL REBUSQUE MILLONARIO

EL REBUSQUE MILLONARIO

Casi a la misma hora y en el mismo sitio en que un hombre con un celular en la cintura enciende el motor de un Sportage de 22 millones de pesos, Mariano Fernández apaga las brasas de su asador con un poco de agua y guarda en una olla los chuzos que no se vendieron durante el día.

05 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Una llovizna leve se dibuja contra los focos de la calle y los faros de los autos que permanecen atascados en la esquina de la carrera 38 con calle 9a, en la zona industrial de Bogotá. La gente camina de prisa, suenan las bocinas, los motores aceleran, las rejas de los negocios se cierran con un estruendo metálico y el clic de los candados. Las luces de los edificios se apagan una tras otra.

Mariano Fernández termina de poner en orden su carro de chuzos y lo empuja por la calle salpicada de etiquetas en inglés, latas de gaseosa, vasos desechables, bolsas plásticas y trozos de icopor.

Fernández y el hombre del Sportage son dos de las caras del universo que se mueve alrededor del Sanandresito más grande del país, a unas treinta cuadras del centro de Bogotá.

Por allí, según las autoridades, pasa un alto volumen de narcodólares y del contrabando que entra al país, Eso ha dado origen a una tensa situación que se percibe en la calle y en muchos de los 10.000 puestos donde se venden desde relojes originales de ocho mil pesos hasta televisores de dos millones.

A pesar de esa situación, el Sanandresito de la 38, como se le conoce en Bogotá, se despierta a la misma hora que lo ha hecho durante sus 41 años de existencia.

Hacia las nueve y media de la mañana se levantan las primeras rejas metálicas. Algunos sanandresitarios , como se llaman entre ellos, se santiguan, o pronuncian un en el nombre de Dios antes de iniciar ventas. Los más ostentosos, con pinta traqueta , cadenas de oro y chaquetas de cuero, ya han hecho varias llamadas por su celular mientras sus empleados abren el puesto y algún hombre se ofrece a brillarles el carro.

Sanandresito es el despertador de aquel sector. Hernán Villaveces abre su caseta de lechona, arepas y avena helada, Dalinda Grenobles despliega media docena de arepas sobre el asador. Los pregoneros de frutas estacionan sus carretas. Llegan hombres, mujeres y niños con gaseosa en lata, cerveza de contrabando, almohadas ortopédicas, picadoras, traperos y hornos mágicos.

La gente empieza a hormiguear por la calle, esquivando los carros de los primeros compradores. En la esquina de la 38 con 9a. se insinúa el trancón. La calles están dividas por tramos para el parqueo. Cada sector tiene un propietario , que, por lo general, es un muchacho que logra sus clientes agitando un trapo rojo.

El olor a lechona llena la acera que da a las bodegas viejas. Un hombre sale con una gran caja de cartón al hombro y desaparece en un taxi. Los propietarios de las puestos comienzan a contar los primeros billetes del día.

El sitio se vuelve intransitable. Un sol picante cae vertical. Una sirena aúlla con intervalos en un almacén de artículos para carros. Los vendedores de lechona ofrecen un cucharada sin compromiso .

La gente se apretuja en los pasillos y en la entrada de las bodegas. Abundan los celulares, la plata en rama , las cadenas de oro y los relojes de marca. Pero aquí no hay raponeros ni atracadores. Los bandidos le tienen miedo a los comerciantes. La semana pasada cogieron a uno, lo levantaron a pata y lo mandaron empeloto , dice un embolador.

Lenta Legalización Es medio día. En la 38, entre 7a. y 9a., hay 98 carros estacionados, 32 vendedores callejeros, una mujer y tres niños pidiendo comida, cuatro recicladores con costales, un hombre vestido de blanco que anuncia platos a la carta, dos punkeros de chaquetas negras, un enjambre de gente con cajas y bolsas, cincuenta casetas de lechona y una hilera de taxis y carros particulares que avanza con lentitud desesperante, en medio de vendedores de plumillas y de cremas para polichar .

Los comerciantes ya han despachado las primeras consignaciones con sus empleados. Cuatro bancos y dos corporaciones de ahorro y vivienda captan el dinero de las ventas del día. Entre el 70 y 80 por ciento de los clientes de la oficina de Concasa en esta zona, por ejemplo, son comerciantes de Sanandresito. En esta sucursal las operaciones han aumentado en 300 por ciento en los últimos cinco años, dice el gerente, Adolfo León Martínez.

La oficina de Bancafé también está repleta. Aquí hay clientes que hacen unos cinco giros al mes por cincuenta o sesenta mil dólares por pago de mercancía al exterior. También hay algunas cartas de crédito cuyo valor oscila entre nueve mil y cincuenta mil dólares. Desde hace dos años también reciben allí el pago de IVA de algunos comerciantes de Sanandresito. De los casi 40 millones de pesos que esa oficina de Bancafé recibió el 22 de mayo pasado por concepto de IVA, la mitad provenía de Sanandresito. Antes no se recibía ni un peso , dice un funcionario.

Es lo que algunos líderes de los comerciantes llaman proceso paulatino de legalización . Nadie sabe exactamente el volumen de mercancía de contrabando que se mueve en Sanandresito. Los comerciantes se defienden diciendo que los contrabandistas no son ellos, sino una compleja red de proveedores que les trae la mercancía hasta sus puestos.

Justo Mendoza, uno de los líderes, dice que los Sanandresitos mueven el diez por ciento del total de mercancía que entra ilegalmente al país, pero un ex funcionario de la aduana, quien tenía varios clientes a los que les ayudaba a entrar la mercancía, afirma que por lo menos el cincuenta por ciento de lo que pasa de contrabando por el aeropuerto Eldorado de Bogotá va para el comercio de la 38 con 9a.

Esas características hacen que aquí casi todo se maneje dentro de la mayor informalidad. Quienes van a montar una sucursal bancaria, un restaurante o un sitio de recreación en la zona no necesitan hacer un profundo estudio de mercado. Todo lo que les interesa saber, como dice un empresario, es que aquí se mueve mucha plata .

Pero así como hay dueños de varios locales, bodegas, montones de mercancía y que participan en las sociedades que construyen edificios en la misma zona, hay otros que después de varios años de trabajo solo disponen de un local de tres metros cuadrados con mercancía fiada La bonanza de la zona se nota en los edificios de seis y siete pisos, con bodegas, oficinas y locales, que se levantaron alrededor de las dos bodegas conque comenzó Sanandresito en 1954.

Hoy son cuarenta centros comerciales de fachadas atiborradas de marcas y logotipos, bautizados con sugestivos nombres: Mediterranée, Bahía, Puerto Libre, Roncador y Quitasueño, Caribe, Taiwan y Providencia, entre otros.

Además, hay otros dos centros comerciales en construcción. Uno de ellos tendrá siete niveles con 288 parqueaderos subterráneos, escaleras eléctricas, vidrios de seguridad, fachada de vidrio y aluminio, restaurantes, ascensores, zona de descarga y plazoleta central. En esta edificación el metro cuadrado oscila entre 2 600.000 y 4 600.000 pesos.

Diez licuadorcitas En las cinco manzanas que conforman el Sanandresito más grande de Colombia circulan entre veinte y treinta mil compradores diarios, según el cálculo de un grupo de socios que montó La Cuadra, el mayor sitio de recreación que existe en la zona.

La Cuadra funciona desde hace cinco meses en un amplio local con 44 televisores de 27 pulgadas que reciben, vía satélite, las imágenes de las carreras de los hipódromos de Estados Unidos y México. Por ese sitio pasan cada día unas 180 personas que apuestan al 5 y 6, a las maquinitas y utilizan el servicio de restaurante-bar.

Los avisos de neón, la mayoría rojo, verde y azul fiesta, resaltan a medida que transcurre la tarde. Tengo la plumillita, mi jefe, se la dejo baratica , dice un hombre de jean y camisa abierta que acosa a los conductores atrapados en el trancón. Spoiler, rines, el radio , remata otro hombre unos metros más allá.

Ellos son los maneros , vendedores que ofrecen la mercancía a mano, o son simples intermediarios. Una faceta más del imaginativo mercado del rebusque.

Por el Sanandresito pasan jueces, deportistas, artistas de televisión, músicos, congresistas, políticos, periodistas, funcionarios del gobierno y algún dueño de motel buscando televisores para su negocio. Y también una compleja red de artistas del rebusque que revende en las oficinas de la ciudad o en los pueblos cercanos.

Alejandro Torres, secretario ejecutivo de la Federación de Sanandresitos Unidos de Colombia, Fesacol, asegura que de los Sanandresitos vive directa e indirectamente más medio millón de personas en Colombia.

Entre ellos están los cincuenta o más emboladores que deambulan desde la nueve de la mañana por este sector, y más de doscientas personas que venden cigarrillos, confites y galletas al menudeo, chance, empanadas, tinto, peto, platos fríos y todo lo imaginable.

Pero a pesar de las evidentes dimensiones del Sanandresito y de los fajos de billetes y de cheques que se mueven entre los puestos repletos de mercancías, los sanandresitarios , conservan la costumbre de hacer que todo parezca pequeño.

Unas cajitas de basurita , pueden ser un camión repleto de bisutería, medias para dama o casetes. No importa la cantidad, para ellos, su negocio nunca es de grandes proporciones: Treinta televisorcitos , Diez licuadorcitas , Un equipito de sonido o como dice una de las líderes de la 38 al recordar la historia del Sanandresito: Cuando mejoraron las cosas ya nos traíamos un chartercito (un avión repleto de mercancía).

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