NI LA LLUVIA AGUÓ EL CARNAVAL

NI LA LLUVIA AGUÓ EL CARNAVAL

Eran demasiadas situaciones que atentaban contra el espíritu sabrosón y alegre de los costeños, y una sola posibilidad de hallar retribución: que Junior ganara y quedara a un paso del título del fútbol profesional colombiano.

08 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Porque, el simple hecho de encontrarse lejos de su Barranquilla del alma, de los cuarenta grados de temperatura, del carnaval previo al partido, de la fiesta que se vive en las tribunas del estadio Roberto Meléndez, de la posibilidad de salir a celebrar hasta la madrugada a punta de ron y vallenatos, ya significaba un sacrificio mayor para los costeños radicados en Bogotá.

Pero, si a todo eso se le agrega la baja temperatura de la nevera , la incesante lluvia que azotó a la capital de la República durante todo el día y la obligación de ver el juego Santa Fe-Tolima como requisito indispensable para, aunque fuera a través de una pantalla gigante, transportarse mentalmente a Barranquilla, pues era demasiado.

Sin embargo, con estoicismo y paciencia, dos virtudes que no propiamente caracterizan a los nacidos en la Costa Atlántica, los hinchas del Junior se adueñaron del estadio El Campín. Y, vivieron la fiesta, a su manera.

Agazapados entre los fervorosos aficionados santafereños y pijaos, los costeños se las ingeniaron para pasar un rato divertido. Lo principal era encontrar una ubicación estratégica, de frente a las pantallas gigantes, para observar el partido de fondo como si estuvieran en un palco del Metropolitano.

Ataviados con ponchos, chaquetas, bufandas y paraguas, todos implementos ajenos a la cultura costeña, los barranquilleros entonaron sus cánticos incluido el celestial , abuchearon a los contendores de turno y se prepararon para vivir los noventa minutos de infarto. Remplazaron la arepa ehuevo por la empanada y el bollo eyuca por la lechona tolimense.

Aunque parecía haber más hinchas del América, por supuesto los ruidosos junioristas se pusieron por encima con su fervor, su bulla, su gritería, su baile.

La fiesta, sin embargo, estuvo a punto de fracasar. Las promocionadas pantallas gigantes no trajeron la señal del comienzo del partido. Apenas una en oriental y otra en occidental, pero ocasionalmente, con repetidas interrupciones. Entonces, desfogaron toda su ira, su repertorio hostil. Al hombre de la sudadera verde, encargado de revisar las conexiones, lo convirtieron en el blanco de sus epítetos vulgares.

Pero, con todo y eso, no se movían de las tribunas. No perdían la esperanza de ver algún fragmento del superclásico.

Por fortuna, instantes después de que el Bombardero Iván René Valenciano abriera la cuenta, regresó la imagen. No era la ideal, ni muy nítida; tampoco se veía mucho desde arriba. No importaba. La imaginación era suficiente para recrear en la mente los toques prodigiosos del Pibe Valderrama, los certeros remates del ídolo, las locuras de Pazo...

En el segundo tiempo, nueve de las diez pantallas funcionaron a la perfección. Ya muchos, hartos de soportar el frío y la lluvia a oscuras, regresaron a casa rabiosos y frustrados. Los más perseverantes disfrutaron de lo lindo el espectáculo.

Eran demasiadas situaciones en contra de la forma de ser de un costeño. Sin embargo, adaptándose a las condiciones, cada uno recibió su premio: Junior ganó y está a las puertas de su cuarto título...

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