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LEY ANTISECUESTRO II

LEY ANTISECUESTRO II

La actual ley antisecuestro tiene cierta semejanza con el ritual de los holocaustos que realizaba la nobleza en tiempos heroicos para aplacar a los dioses de la guerra. Se pensaba que, ofreciendo en sacrificio algunos de los hijos de la comunidad, en un acto solidario, se evitaba que los más corrieran ese triste destino. Puede ser que la ley tenga eficacia entre nosotros, como la ha tenido en otras latitudes y no podemos sino desearlo. Porque hay situaciones sociales en las cuales se agota tanto la razón que se hace necesario darles forma jurídica a los mitos.

Sin embargo, el discurso mío sobre esta materia, va por otro camino.

Yo pienso que el compromiso de librar al país de este conflicto del secuestro generalizado no es de una clase social, la que pone las víctimas. En otras palabras, pienso que no debiera tener esta noble tarea de salud pública ninguna sombra de revanchismo. Al contrario, me parece que confrontar este delito, inicialmente frente a la guerrilla, es una de las vías, quizás la primera de reconciliación de la sociedad civil colombiana.

Nosotros hemos vivido y seguimos viviendo un largo período en el cual lo único importante para cualquiera, pobre o rico, ha sido montarse en el tren del Estado. Aunque fuera en el vagón de carga, a remolque, pero encaramarse. De allí se saca algo, una pértiga, una serruchada , que alcanza para bien largo aún en viaje corto. (Ahora empieza a ponerse peligroso el asunto aún viajando en vagones de primera). Pero la idea ha sido, fatalmente, que aquel que no se logra montar en el tren del Estado, este termina aplastándolo.

Fue así como convertimos la sociedad civil en un campo de batalla en el cual se puede perdonar cualquier crimen en aras del poder. Es el reinado de la estadolatría.

Y de pronto, en los países comunistas, donde el Estado era todo, el ídolo viene abajo como en un terremoto y en los países capitalistas se desmantela y se erosiona rápidamente el Estado-panacea o redentor. Entonces la gente comienza a descubrir que no le queda más sino volver a la fuente, al origen, a la base real de toda riqueza material o espiritual, la sociedad civil. De manera que toda perspectiva, todo horizonte humano, depende ya de la manera como podamos reconstruir la trama o el engarce o la unidad de la sociedad civil.

En esa forma pasan a primer plano todos aquellos procesos a través de los cuales se convirtiera la lucha por el poder entre las clases sociales en una forma de guerra sucia. Y pienso que la práctica tradicional y generalizada del secuestro entre la insurgencia armada es el paradigma, el ejemplo clave de estos procesos.

Porque el secuestro no es solo un medio de exacción o despojo violento, es decir una forma de expropiación de los expropiadores , para usar el lenguaje convencional de los alzados . Es algo más. El secuestro es un mecanismo poderoso de desintegración de la comunidad familiar.

Más de una vez lo he vivido entre mis parentelas. Es tenaz. Desintegra el grupo con sadismo. Explora hasta lo más profundo las diferencias afectivas entre los herederos o allegados a la víctima. Opera como esas torturas de descuartizamiento lento que van estirando los miembros del cuerpo, rompiendo poco a poco las articulaciones. Con la diferencia de que aquí no se trata del cuerpo humano sino del cuerpo social.

Es este mi discurso sobre la ley antisecuestro.

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