EL TURNO DE LOS GRADUADOS

EL TURNO DE LOS GRADUADOS

En el encuentro del principito con el zorro, Saint-Exupéry describe el encanto de los ritos. Esas actividades repetitivas que, en contraste con lo rutinario, hacen que un día no se parezca a otro.

11 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Desde hace varios lustros, se celebra el mismo rito en el que participamos hoy. Sin embargo, este es diferente para ustedes, para sus allegados, para nosotros, para Colombia. Ustedes tampoco son las mismas personas que hace unos años recibieron, en estos predios, el saludo de bienvenida. Llegaron como un grupo anónimo de adolescentes que ingresaban a la universidad. Poseían una visión apenas elemental de la realidad y se habían apropiado de la información homogénea que caracteriza a nuestra educación secundaria. La diversificación de los programas comenzó a diferenciar sus conocimientos, a moldear sus caracteres y a enriquecer los distintos puntos de vista que, a través de la crítica cualificada, consolidan el ethos académico.

Comenzaron su formación bajo unas normas constitucionales dirigidas a la parroquia fratricida que era la Colombia de finales del siglo XIX. El escenario era tal que la Carta de 1886, promulgada En nombre de Dios... , se cuestionó, en su momento, más por lo irreverente de su preámbulo que por su contenido y legitimidad. Esa constitución consignó los principios para la patria de comienzos de este siglo. Fracasó, lo mismo que las ilusiones de los héroes de la independencia, quizás porque sus inspiradores anhelaban la construcción de una modernidad que, en otras latitudes, se edificó con bases de discriminación, exclusión y hasta de deleite con la aniquilación total del otro.

Ustedes y los demás jóvenes colombianos catalizaron el replanteamiento de esos conceptos. No en vano, mientras iniciaban los estudios superiores, aunaron sus voces a las de quienes apenas estrenaban cédula para poner a la clase política en situación de formular la Carta que consignaría los fundamentos que hoy son el norte del nuevo país. es correspondió sacudir, quizás sin proponérselo, a amplios sectores cuyas incoherencias pusieron en evidencia la contradicción de vivir en un estado de derecho en permanente estado de sitio.

En su adolescencia recibieron el final de una década perdida, agotada por el maniqueísmo de años anteriores, esquiva a los procesos de internacionalización y a reordenamientos políticos que estremecían los cimientos de los sistemas económicos y las estructuras sociales. Heredaron una década de letargo, es cierto. Pero no es menos válido que heredaron también los propósitos de quienes en los sesenta rompieron los dogmatismos y aceptaron la utopía como una dimensión que dinamiza la creación del hombre nuevo. El reconocimiento y dignificación del trabajo intelectual de la mujer, la creación de Facultades de Ciencias, Naturales y Sociales, el replanteamiento del quehacer artístico y del papel de la filosofía, la irrupción de la prolífica literatura latinoamericana que dejó atónita a la humanidad con su realismo mágico, los vientos de mayo del 68 que aun soplan en todos los rincones, la música armoniosa pero sin convencionalismos, la ferocidad de una interminable guerra, son improntas indelebles.

Hoy concluyen una etapa y comienzan el arduo e importante ejercicio profesional en medio de ilusiones y grandes expectativas. Su obligación trasciende el testimonio que deben rendir sobre la formación íntegra e integral que adquirieron en estas aulas. Carlos Fuentes, el incansable escritor mexicano, nos recordó recientemente que desde la celebración de la primera olimpíada se tenía conciencia de que al lado del triunfo está la derrota. Al lado de las glorias de la paz existen los horrores de la guerra. Por esto, nunca olviden que ustedes incrementan la fracción de la aguda punta de la pirámide de colombianos que culminan la educación superior en un país de una inconmensurable reserva moral, cubierto de cicatrices y heridas, viejas y recientes, causadas, tal vez desde el Descubrimiento, por la violencia de propios y extraños. Un país que se debate por encontrar su identidad y se esfuerza por esbozar los caminos de la paz. Un país que cuenta con millones de habitantes analfabetas y con más millones de compatriotas para los que el amanecer es apenas una ilusión de supervivencia por un día más.

Hoy ingresan al mundo de la realidad. Con sus encantos y mezquindades. Desempeñen su labor con seriedad y resuelvan los conflictos con la alegría y las sonrisas que los acompañaron durante su tránsito por estos predios. Los aguarda una sociedad que, con razón, ha cifrado sus esperanzas en personas que, como ustedes, con los conocimientos, sensibilidad y capacidad de reflexión no la van a mirar de soslayo. Comienzan su ejercicio profesional en el espacio de la competencia. Les corresponde reconocer la existencia del otro y respetar su capacidad. Enfrenten el reto de demostrar que son competentes no con retórica sino con hechos y realizaciones. Podemos dar fe de sus condiciones intelectuales, de sus valores éticos y morales, de manera que ustedes no deben estar dispuestos a ganar la competencia mediante la reafirmación del yo con la eliminación del de la misma especie. No fue esta, al menos, la propuesta competitiva de Darwin.

El título se les reconoce individualmente en un diploma. Sin embargo, detrás y al lado de sus logros están las angustias y desvelos de muchas personas. Entreguen a estas y a la sociedad en su conjunto lo que aquí aprendieron. Cuán dificil es aceptar que los ascensos y las caídas son responsabilidades compartidas, más en un país cuya cultura colectiviza los triunfos e individualiza las derrotas. No es de sorprenderse, entonces, cuando con desfachatez sostenemos que en 1990 millones de colombianos empatamos un titánico encuentro de fútbol y que, pocos días después, un solo jugador perdió el partido contra el adversario de turno.

Algunos inician su formación como científicos en una época en la que se convirtió en axioma la propuesta que hace tres décadas era apenas una sugerencia. Hoy es casi tautológico afirmar que la mayor riqueza de un país está atesorada en el cúmulo de conocimientos que de todos los saberes poseen sus habitantes. Adquirieron el compromiso de apropiarse cada vez más de las verdades sin dogmatismos, hasta llegar a la interlocución con los investigadores de frontera de todo el mundo. Maturana, el biólogo chileno, retoma, en su Plegaria del estudiante, los principios del canto olímpico de Píndaro, para ilustrar la paradoja de cómo la instrucción es la afirmación de la ignorancia. Así, ustedes no pueden eludir la responsabilidad de circular sus conocimientos en nuestras instituciones y extenderlos a la sociedad.

A lo largo de la historia, los profundos cambios se han dado por las propuestas de los pensadores que encontraron en las universidades el lugar natural para su proyecto de vida espiritual. Es imperioso insistir en que la relevancia y pertinencia del trabajo intelectual, particularmente en las humanidades y las ciencias sociales, debe acercarse más a la realidad nacional. Es necesario replantear su estudio y métodos de aproximación, más cuando se encuentra, con frecuencia, un ejercicio humanístico que se conforma con la validación de sus principios desde sus principios mismos. La lapidaria frase El reino no necesita de sabios , atribuída a quienes llevaron a Francisco José de Caldas al cadalso, parece tomar vigencia en una sociedad que quizás aun se mantiene adormecida por la modorra de la Colonia. Una sociedad que legitima la investigación científica no por la actividad misma que busca la verdad sin restricciones, sino por la eficiencia y rentabilidad del ejercicio intelectual. Una sociedad que por su subdesarrollo prefiere importar y consumir antes que invertir en recursos que le permitirían producir ciencia y tecnología. Aun en un país semisaturado de necesidades básicas insatisfechas, negar la importancia del trabajo científico sería condenarnos indefinidamente al atraso y la dependencia.

Si parte de nuestro compromiso es consolidar las incipientes comunidades académicas, el objetivo no se alcanzará jamás si, quienes han escogido la docencia y la investigación como opción para realizarse ante la vida, no rompen el autismo académico ni incrustan en la sociedad su actividad como una más de las diferentes expresiones culturales de la humanidad. Con persuasión, se comprenderá, además, que los ritmos de la investigación científica no necesariamente concuerdan con los de las urgencias económicas ni con los de las fuerzas del mercado. Del fortalecimiento paulatino de las ciencias y las humanidades, como base de las profesiones y como desarrollo de las disciplinas mismas, pueden ustedes dar testimonio con la práctica calificada y competente en las tareas que se propongan.

Hoy, en el ocaso del siglo y en la alborada del milenio, reflexionemos sobre el inaplazable proyecto de crear un país común, biodiverso, diferenciado por regiones, pigmentaciones y apellidos que revelan nuestra heterogeneidad étnica y que todos podamos compartir. Un país plural en el que vivamos como iguales en medio de las diferencias. Desde el foro de esta institución académica, en esta mañana de marzo, podemos distinguir algo que nos une a todos: el propósito de consolidar un proyecto humano para la Colombia del futuro. Quienes continuamos en la universidad estamos tan comprometidos como ustedes en la construcción de un país viable, más democrático y participativo. Nos mantenemos fieles al principio de conservar y transformar la cultura, a abogar por el respeto a los derechos fundamentales y a contribuir, con racionalidad e independencia de criterio, en los procesos de paz. Continuaremos ampliando los canales de comunicación y fortaleciendo los mecanismos para lograr consensos. Seguiremos cumpliéndole a la sociedad el compromiso que hemos adquirido con ella: educar para la libertad y formar sólidamente a las personas para el ejercicio ético de las profesiones.

Los que fuimos sus profesores nos esforzamos por ser sus paradigmas y les impartimos una educación superior de calidad. Les hemos inculcado una conciencia de lo ético, de lo social. Los acompañamos en el fascinante viaje de las aventuras del pensamiento y esperamos que hoy vean un horizonte más amplio pues están parados sobre los hombros que les prestamos para divisarlo. Ustedes cuentan con las herramientas para forjar los cambios culturales que conducirán a la construcción de estructuras diferentes. Tenemos el convencimiento de que, con sus valores y principios, están destinados a plantear las propuestas audaces que contribuirán a la solución de los múltiples problemas que aquejan a una sociedad tan heterogénea y desigual como la nuestra.

Aportaron una valiosa cuota de responsabilidad en la definición del nuevo país. Les corresponde, ahora, desarrollar sus principios. El compromiso es mayor porque, entre ustedes, con seguridad, se encuentran líderes que guiarán a la Colombia de comienzos del siglo venidero. Hoy, escogieron ser protagonistas y no espectadores de la historia. Si minimizamos la distancia existente entre nuestro comportamiento y la norma, si hacemos nuevos acuerdos sobre el respeto por la singularidad del otro, de aquel que, al igual que nosotros, tiene el mismo derecho a la ternura, si somos capaces, no solo de dormir con los ojos abiertos, como aquellos personajes macondianos, sino que tenemos además el prodigio de soñar despiertos, podemos asegurar que la Colombia de los sueños tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra.

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