HISTORIA DE UN CREADOR

HISTORIA DE UN CREADOR

Isadore Fritz Freleng viste su terno de tweed, unas canas casi tan relucientes como su sonrisa y unos coquetos zapatos en bocadillo. Puede estar paseando por una de esas playas perfectas de Florida donde intentan animar su soledad los ancianos retirados. O puede estar llegando al hoyo 18 después de pasear con calma la alfombra de césped de su campo de golf.

04 de junio 1995 , 12:00 a. m.

No lo sé. Apenas acabo de conocerlo por la foto necrológica que aparece perdida en uno de los periódicos de fin de semana. Entre la gloria fugaz y deleznable de Silvio Berlusconi y las barbas fanáticas del jefe de una secta japonesa experta en gases sobresale su figura anónima y la reseña muy breve de sus hazañas. En siete líneas de un periodismo obsesionado por la rapidez se narra toda su historia. La historia de un genio.

Porque I.F. Freleng lo era. No inventó una nueva fórmula matemática para asombrar con su abstracción a la Academia ni halló las conexiones infinitas de un aminoácido o las causas desconocidas de una explosión en una galaxia.

Buceó a su manera en las profundidades del alma humana que lo son y grandes, creó mundos en que se pudiera habitar con la imaginación y en que fuera posible denominar de otra forma al bien y al mal, logró que de los rostros de muchos seres humanos brotaran sonrisas que por lo menos por un instante les comprobaran que la felicidad aunque efímera y esquiva, existe.

I.F. Freleng inventó a Speedy Gonzalez . Ah, todo eso por Speedy, no es sino una exageración , dirá el uno. Un ratón con sombrero mexicano convertido en aporte a la humanidad como si se tratara de una vacuna. A dónde hemos llegado! , musitará el otro.

Pero la exageración es la del genio de Freleng. Además de crear a este ratón veloz, dicharachero y sagaz como ninguno también es el padre de Piolín, de bondad mal entendida, la obsesión y la caída quedaron retratadas en las desdichadas aventuras del pobre gatito y su vengativo canario.

Haberle dado la vida a todos estos personajes de la ficción habría sido suficiente para recibir a la muerte con las manos llenas y una completa serenidad de espíritu. Pero el espíritu del creativo estadounidense era aún más exuberante. Fue también el creador de Buggs Bunny, el inefable Conejo de la Suerte. Otro representante de la porfia en exceso, de la sinrazón combativa y las metas desproporcionadas. Otro ser que ha hecho de la risa un lema existencial. Como si fuera poco, como si tuviésemos suficientes argumentos para guardar su memoria eternamente por semejantes regalos de la maravilla, el anciano del hoyo 18 fue el dios de la Pantera Rosa. El dios, es decir, su creador.

Se quiere una sensibilidad desbordada para delinear la paciente astucia de nuestra pantera. Se necesita una inteligencia sorprendente para inventar esta calma que todo lo subvierte, esta ironía que todo lo recompone.

En estas épocas en que los héroes escasean, hay que levantar un altar laico a este explorador de la fantasía. Un altar en que junto a nuestras risas nos acompañen Silvester, Buggs Bunny, Speedy Gonzalez y la Pantera Rosa.

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