DIÁLOGO CON BALA

Por qué extrañarse de que la guerrilla arremeta como lo está haciendo? No estamos acaso acostumbrados a que así procede siempre cuando se está en vísperas de un diálogo de paz ? Es que el país aún no ha aprendido a conocer sus tácticas y estrategias?

01 de junio 1995 , 12:00 a. m.

La actual ofensiva debe extrañarnos aún menos si se tiene en cuenta que el Gobierno aceptó iniciar diálogos sin condiciones previas. Es decir, sin reclamar cese de hostilidades o liberación de secuestrados por parte de la guerrilla. Hay que estar preparados, pues, para dialogar en medio de la guerra. El propio presidente Samper había advertido hace dos meses en Popayán que el país debería prepararse a negociar en medio de las balas .

Si es que hay negociaciones. Porque como van las cosas, nada indica que el diálogo tan anhelado por el Gobierno vaya a concretarse pronto. En su respuesta al Gobierno, las Farc ya plantearon que habría que desmilitarizar también la cabecera municipal de La Uribe. Era obvio que iban a salir con eso y así lo había advertido en esta columna. Pero si el Gobierno cede sobre este punto, la desmoralización de las F. A. sería total.

A la vez que exige más y más garantías, la subversión intensifica sus ataques. Y esto es, por paradójico que parezca, una señal de que están pensando en sentarse a la mesa. Buscan entonces ablandar al adversario; mostrarle al país que son una fuerza a la que hay que tener en cuenta y llegar fortalecidos a las negociaciones.

Y para que no quede duda de que pueden golpear en todas partes, atacan estaciones de Policía en Bogotá. Lo que tal vez no calculan bien es que en lugar de ablandar a la opinión, estas acciones no hacen sino endurecerla. Volverla más escéptica y hostil a un proceso de paz que aparece como una sucesión interminable de generosas concesiones a una guerrilla que no da las menores muestras de querer la paz.

La ofensiva guerrillera también pretende medirle el aceite al Gobierno y calibrar la capacidad de respuesta de las Fuerzas Armadas. Que en ocasiones deja mucho qué desear, hay que decirlo. Y esto nos lleva al aspecto puramente militar del conflicto y a su incidencia sobre un proceso de negociaciones.

El ex presidente López decía que para dialogar con la guerrilla es mejor tenerla derrotada en el campo de batalla. O por lo menos muy golpeada, agregaría yo. No es la situación que estamos viviendo.

En el caso del M-19 y el Epl es evidente que, además de una mayor madurez política y vocación de paz de su dirigencia, su debilitamiento como aparatos militares fue factor importante en la decisión de asumir la legalidad. No es el caso de Farc o Eln, cada vez más despolitizados y bandolerizados, pero fortalecidos en lo militar y boyantes en lo económico.

El margen de maniobra y negociación del Gobierno también dependerá, pues, de su capacidad para golpear a la guerrilla en el frente militar. Si no logra hacerlo, o, peor aún, si las golpeadas son sus Fuerzas Armadas, mal puede fijar condiciones para el diálogo. Por el contrario, se las van imponiendo a él.

La guerrilla piensa que el Gobierno busca el diálogo a como dé lugar porque se siente débil y está a la defensiva. Por eso, entre otras, se permite la arrogancia de responder a tiros sus propuestas de paz y de plantear, al mismo tiempo, toda suerte de exigencias y garantías. Además, una subversión que asalta, dinamita y secuestra a sus anchas no tiene prisa para hacer la paz. Prefiere jugar más bien con los afanes del Gobierno.

Pero como seguimos en guerra, el Gobierno tiene que estar en condiciones de librarla lo mejor posible. Es algo que los afanes del diálogo no deben hacerle olvidar. Responder con mayor contundencia militar a la agresión de Farc y Eln es, como ya se ha dicho, la mejor forma de garantizar que eventuales negociaciones con estos grupos sí conduzcan a la paz.

Lo que da grima, por el cinismo que demuestran, son las airadas protestas de la guerrilla por el hecho de que el Gobierno se defienda. Incrementar el presupuesto para las Fuerzas Armadas, por ejemplo, o hablar de las cooperativas de seguridad rural, son denunciados como inaceptables actos de guerra de un régimen que no quiere la paz.

Son los grupos subversivos los que han planteado que no hay que cesar hostilidades para conversar. Son ellos los que han intensificado sus ataques a lo largo y ancho del país. Qué pretenden, entonces? Que el Gobierno se cruce de brazos? Que firme acaso un acta de rendición incondicional? Algo parecido puede decirse en relación con los grupos paramilitares. Cómo pueden quejarse de que estos grupos existan si ellos continúan su implacable campaña de extorsión y secuestro en el campo? No habrá forma de neutralizar el fenómeno de las autodefensas mientras la guerrilla no deje de secuestrar.

Vamos a ver cómo responde el Gobierno a las recientes comunicaciones de Eln y Farc, en las que plantean distintas exigencias para iniciar conversaciones. Algunas, como las que tienen que ver con privilegios de movilización para el recluso Galán, o con la desmilitarización total de La Uribe, son difíciles de tragar. Otras, como la negociación conjunta, o las veedurías internacionales, pueden ser más digeribles.

Lo que no hay que olvidar es que todo este tire y afloje se lleva a cabo en medio del fuego. Que lo que está planteado es diálogo con guerra. Y que el Gobierno tiene no sólo el derecho, sino la obligación de defenderse.

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