PURO PUEBLO

Recordemos, como otra precisión indispensable, que por estos sentidos de afirmación de la nacionalidad desde sus propias raíces, Arenas Betancourt encarna la prolongación de lo que constituyó nuestra verdadera incorporación al siglo actual. En literatura y en la plástica, culminó en la generación de Los Nuevos . En sus precedentes, la excepción había sido Andrés de Santamaría con su arremetida pictórica a espatulazo limpio. Los Nuevos son la ruptura a tabla rasa con el pasado, tanto inmediato como lejano. Al lado de León de Greiff, y su revolución poética, Ignacio Gómez Jaramillo y Pedro Nel Gómez instauran un credo distinto en la pintura. Son, en buena parte, el reflejo de México con sus muralistas, inseparables a los aires tanto de la Revolución Mexicana como a los que luego sacudieron a Europa, en esa posguerra del asalto al poder de los soviets o del derrocamiento del rey de España. Puro pueblo.

04 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Aquí, en vez de los arcaísmos sacralizados por un clasicismo pretencioso y escasamente lugareño y la manía del academicismo, Los Nuevos auspiciarán un hallazgo de lo propio, o sea con los hilos rotos en la historia hacia los libertadores y los libertarios del siglo anterior, para que fuera el reencuentro con la turbulenta autenticidad patria. Todo ello tiene, pues, un sello popular y un sello nacional imborrables, pues parte de dejar de avergonzarse de los ancestros precolombinos o de las calidades del mestizaje y de las pretensiones del criollo, tal como son, en alma viva y sin afectación. Proclaman lo indoamericano con un orgullo de reto a lo iberoamericano o a las amenazas imperialistas peligrosamente vecinas. Punto culminante de esta revaluación impulsó a Los Bachues, como una derivación de Los Nuevos . Son esto, precisamente, como contrapunto a la imaginería de los santos de nicho y los próceres de acartonamiento helénico, como si en vez de las elaciones seráficas y la oscuridad confesional, gustaran de este purgatorio de un país señorial monacal y empobrecido, al que, pese a todo, podría conducirse a encontrarle un destino. Fue ello su ambición como grupo humano. Su trofeo en la cultura y su pecado.

Los Bachues Luis Alberto Acuña, Rómulo Rozo, con quien trabajara Arenas Betancourt, acentúan la exaltación de los americanos precolombinos y de su mitología, y la extienden en el tiempo desde ese esplendor a la postración que les constaba y sublevaba. Recibían el influjo de Los Nuevos , sus antecesores, y en especial el de un colombo-español asimilado a ellos por su firmeza contestataria. Ramón Barba, identificado por una talla monumental en madera que compendiaba mejor que nada la rebelión latente de ese grupo. El juramento del comunero. De rodillas, alza su derecho con los dedos en cruz, los pómulos toscos greda y sudor, las facciones rescatadas del indígena, para sellar su compromiso de muerte con el alzamiento de José Antonio Galán. Aquí está América, arisca, frustrada, en esa madera monolítica con olor a una dureza impenetrable, pero modelada a tajo limpio. Hermoso trabajo varonil...

Obra de principios de los años 40, o sea, de lo primero que admirará a Arenas Betancourt y le trazará huella. Lo más probable es que la conociera en alguna fotografía que debió llegar en revistas y suplementos literarios al aislamiento enmontado de Fredonia. Son los años de su conocimiento con Pedro Nel Gómez, para quien el muralismo comenzaba a ser el ideal supremo de todo pintor con aquel grito de guerra de los mexicanos en olor de herejía. Abajo el caballete! El muro, únicamente el muro, en espacio abierto cara al pueblo pues era destinatario exclusivo de su mensaje.

Lo anterior es imposible separar de otros dos hechos sin los cuales sería improbable explicarlo. Ante todo, el clima de agitación política la realización y el auge de La revolución en marcha liberal de Alfonso López, y la corriente paralela que ponía en pie a América Latina. Fue el tiempo de Lázaro Cárdenas o del surgimiento del Apra, cuyos propósitos lacraban el sentido de identidad patria con aquellos sellos populares y nacionales, en un alarde de afirmación soberana. Indoamericana. Y lo segundo, rescatar del alma del común el inmenso acervo menospreciado de su fabulación y sus cantos, sus mitos y sus dichos. En sus jornadas de aprendizaje con Pedro Nel Gómez, debió saltar este tesoro incitante a la imaginación y la creación hasta lo infinito: la Patasola, las diosas y los diablillos de monte, las copias mineras de los dados y el aguardiente y las señales del más allá entre la noche de las lechuzas. Quizá fue entonces cuando Arenas Betancourt comenzó a parecerse a un gnomo arriero.

México fue su confirmación indoamericana. Un pasado de riqueza insospechada, de brazo con los maestros. Orozco conservaba todavía el olor a pólvora de la revolución. Rivera, exaltado hasta el fanatismo. Siqueiros... En ese tránsito, con solo un vestido a medias y una maleta de cartón amarrada con cabuya, Arenas Betancourt daba la sensación de haber recogido ya el espíritu americano, símil irrevocable de insurgencia. Terminaban los años 40, precisamente aquellos en que se concreta su destino plástico. Escultor, es decir arte al aire libre. Escultor enamorado de los iluminados que forjaron la gesta americana. Desde Cuauhtémoc, defensor de Tenochtitlán aun después del infierno de esa noche triste que sería recurrente, y Bolívar quien quiso abolirla al igual que Benito Juárez.

Cómo representar estos heroísmos si no es con la vivencia prometeica que le es consustancial? En la mitología helénica, Prometeo arrebata el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, o se le rinde culto porque convirtió el barro en el primer ser. En la mitología americana, se transfigura en Bolívar y Juárez con sus destinos inconclusos. Así, para Arenas Betancourt era un imposible absoluto que existieran otros personajes dignos de sus sueños monumentales. Y, desde luego, insistente, Prometeo

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