MIEDO A LOS CINCUENTA.

MIEDO A LOS CINCUENTA.

Ensayo de Erica Jong, en Nueva York y Londres. GINEBRA - De todas las figuras fogosas del feminismo, Erica Jong siempre ha sido la más difícil de clasificar. Es evidente que le falta el intelecto impresionante de Germaine Greer, y siempre ha sido más vulnerable y desorganizada que Betty Friedan o Gloria Steinem. Ella misma se califica de poeta por encima de todo, especialista en la literatura del siglo XVII (a pesar de su predilección por los esposos de sus amigas), miembro con voz y voto de lo que ella llama la generación del látigo , atrapada entre su mamá (quien se quedó en casa) y las mujeres de la generación siguiente (para quienes el derecho de triunfar se volvió cosa común y corriente). Fear of fifty, anunciado como libro de memorias a mitad del camino , es igualmente difícil de clasificar, ahora chismoso y escandalosamente autobiográfico, ahora factual y documental, con un trasfondo que evoca la historia interior que narra cualquier escritor, sin saber ni cómo ni por qué

04 de junio 1995 , 12:00 a. m.

Nacida en una familia ruso-judía de fobias y paranoias, Jong se las sabe todas. Se acuerda de su abuela enjabonándose las manos para lavar el recuerdo de los alemanes ; de los innumerables italianos a quienes comió como si fueran helados entre el dolor desordenado de sus tres matrimonios anteriores; de las píldoras, los tragos, del miedo de volverse como su propia mamá. A veces repetitivo y sobrecargado de anécdotas triviales (sus diferentes perros, Buffy, Poochkin, Poochini y Emily Doggenson, y los poemas escritos en su honor), y con estantes enteros de citas de otros escritores, el libro es si creemos el prefacio fruto de su convicción de que yo no soy tan diferente de usted . Esto es, por supuesto, pura tontería, no sólo porque la historia de Jong pertenece más bien a Europa central que al promedio americano , sino porque la propia Jong siempre ha corrido con la suerte de salir más o menos intacta de su vida picaresca .

Buen antídoto Tres días antes de cumplir cincuenta, Jong sale de la ciudad, rumbo a uno de los spas de los Berkshires, donde aprende recetas bajas en calorías y grasa, pide masajes para quitarse los gorditos y piensa en qué va a hacer en la segunda mitad de su vida. Es inevitable, entonces, que sus pensamientos sean demasiado recientes para no evocar la imagen de unas viejas garlando entre sí en el sauna, tratando de animarse las unas de las otras . El escritor Thoreau nos advirtió del peligro de todas las iniciativas que requieren ropa nueva , y Jong cumple con su deber de rechazar todos los excesos de la vida moderna, muchos de los cuales son variaciones sobre el tema de las compras, sin olvidar el dilema de cómo escoger entre el amor y el trabajo, la implacable insistencia de los gringos en que más es siempre mejor ( hágalo de nuevo, hágalo de nuevo ), la soledad de nuestra cultura y del culto del individuo.

Inevitable, también, que haya ciertas contradicciones un poco fastidiosas. Atreviéndose, como lo hace, a recordar que esta casa, esta colina, estos minutos no son dados, sólo prestados , y sabiendo muy bien que es imposible reparar la mortalidad , Jong aún no puede renunciar por completo a todos los restos raídos del sueño americano : Si eres dueña de tu alma, no tienes por qué tener miedo a los cincuenta . Paradójicamente, también, nos quedamos pensando en que a pesar de todas sus protestas de que querer es poder, Erica Jong, en el fondo de su corazón, hace suya la frase que dijo Joan Collins poco después de su último divorcio: Nunca supe que el tipo me estaba mintiendo... Era tan romántico. Eso es lo que nosotras extrañamos, los hombres que no tienen miedo de ser románticos con nosotras .

Y es porque Jong es, a pesar de todo (y de su mente), una romántica, que este libro, con su título fabuloso, sus aforismos generosos ( Ya no quiero morir en Venecia. Y entonces, por supuesto, tampoco podría vivir allá ) y su reconocimiento de que a veces es mejor prescindir de las palabras, termina siendo a la vez divertido y muy conmovedor. Bien puede ser que no logre conjurar nuestros propios demonios acerca del cumpleaños fatídico, pero es un buen antídoto para cualquier aprensión que aún tengamos de lanzarnos a volar .

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