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'No se por qué estoy viva'

'No se por qué estoy viva'

En un suburbio sin asfaltar a las afueras de la capital camboyana vive y trabaja la única mujer que puede contar cómo era por dentro la más cruel de las cárceles levantadas por los Jemeres Rojos: Toul Sleng, una escuela reconvertida en campo de exterminio donde entraron más de 14.000 personas y solo 7 salieron con vida.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de febrero 2009 , 12:00 a. m.

Chim Math tuvo la suerte de escapar del destino que le habían reservado los carniceros del líder de los jemeres rojos Pol Pot: las fosas comunes donde se ejecutaron a cientos de miles de personas a palos, machetazos o golpes en la nuca. Ironías del destino, esta explanada pantanosa llena de esqueletos está ahora a tan sólo 4 kilómetros de su casa.

Hoy, con la fachada de un mausoleo y bautizada con el nombre de una famosa película sobre la revolución jemer, Killing Fields, se cuenta entre los principales destinos turísticos del país.

La vida de Math resume la historia de Camboya y la de uno de los peores traumas del siglo XX: más de 1,7 millones de víctimas, un tercio de la población, algunas acusadas de delitos tan increíbles como haberse lavado las manos, considerado por algunos oficiales comunistas un “vicio burgués e imperialista”.

“En 1974 yo tenía 17 años cuando me alisté en la guerrilla. Los Jemeres Rojos llegaron a mi aldea de Kampong Thom y me reclutaron, junto a otras 20 mujeres”. Así comienza la narración esta mujer de 52 años, que suspira cada diez frases, haciendo un enorme esfuerzo por recuperar la memoria. Durante meses, Math fue entrenada por los guerrilleros, que después la destinaron a labores de retaguardia hasta el triunfo de la revolución. “Me dediqué a llevar munición y comida por la noche. Pasábamos mucha hambre. Al día siguiente de que entraron en la capital empecé a tener mis primeras dudas porque me obligaron a ir a las casas de la gente y a arrebatarles sus pertenencias por la fuerza. Me explicaron que tenía que robar todo. Eso no me pareció bien”, recuerda.

Estabilizado el régimen, Math corrió la misma suerte que el resto de sus compatriotas: fue enviada a una comuna. “Allí estuve casi dos años, pasando hambre y trabajando como una esclava en una plantación de arroz”.

Una mañana, la paranoia del Angkar (la cúpula de los Jemeres) golpeó a Math, como a cientos de miles de camboyanos que cayeron en desgracia. “Los oficiales descubrieron una foto de mi padre vestido de soldado del régimen precedente y me enviaron a la cárcel. Camino de Toul Sleng, el 10 de octubre de 1977, pasé el peor día de mi vida. A las 10 de la noche me metieron en la prisión”, explica.

Durante 15 días la sometieron a todo tipo de torturas, intentando hacerle confesar un delito ridículo, que era agente de la CIA.

“Primero me torturaban sacándome la piel y la carne con unas tenazas, luego me golpeaban todo el cuerpo con un martillo, en diferentes posiciones. Al final me aplicaban electroshock por todo el cuerpo y las partes íntimas.

Esto tres veces al día durante casi una hora. Yo al final no sabía dónde estaba. Después del martirio me repetían las mismas preguntas. Los carceleros eran niños de 13 ó 14 años”.

Desde su celda, Math vio imágenes que no puede quitarse de la cabeza. “Vi cómo se deshacían de los cuerpos. A otros los torturaban metiéndoles la cabeza en pescado podrido hasta ahogarlos. Escuchaba los alaridos de los prisioneros y veía como metían los cadáveres en camiones, como si fueran cerdos en el matadero”, narra, mostrando a cada frase las cicatrices que le dejaron en todos los rincones de su cuerpo.

Una mañana, sin explicación alguna, la hicieron subir a un camión y durante cuatro horas pensó que se estaba dirigiendo a su muerte. “Íbamos 3 mujeres y 20 hombres, callados, no nos dijimos nada. Ahora solo yo quedo viva. A las mujeres las mataron delante de mí, golpeándolas con varas de bambú en la nuca. Los verdugos me dieron los relojes de esas mujeres, aún no sé por qué”.

El resto de sus compañeros de ‘excursión’ murieron de hambre en el campo de papas donde los enviaron a cumplir trabajos forzados. “No sé por qué estoy viva. Allí ya no me torturaron más, solo me reeducaron con trabajos forzados”. Con la llegada de los soldados vietnamitas (que en 1978 invadieron Camboya y acabaron con el régimen de Pol Pot), Math fue arrastrada a la selva por sus guardianes. “Fueron meses de fuga, nos decían que los vietnamitas nos violarían y matarían si nos cogían. Cuando finalmente me capturaron no podía ni caminar, sólo tenía huesos y piel y tenía malaria”.

Los liberadores vietnamitas (los primeros en denunciar el genocidio de Pol Pot) la llevaron al hospital de un campo militar, donde recibió atención médica.

Una vez curada y sin encontrar rastro de su familia (exterminada completamente por el régimen), Math vagabundeó hasta que una anciana la acogió en su casa. Allí conoció a su actual marido, un miliciano camboyano que luchó contra los Jemeres y que la convenció para no volver nunca más a su tierra natal y establecerse con él en la capital, Phnom Penh. Tuvieron tres hijos y aquí siguen, sobreviviendo con una renta familiar inferior a los 50 dólares mensuales.

En su garaje de hojalata despiden a EL TIEMPO con una sonrisa optimista. “La situación ahora es muy buena. En Camboya se vive muy bien y se está desarrollando todo”, explica Math, que del pasado solo quiere que se haga justicia. “Me decidí a contar mi historia al tribunal para que vayan a la cárcel los cinco líderes (ver recuadro). Solo quiero que sean condenados para quedarme tranquila, me da igual que en la cárcel tengan aire acondicionado”.

Chim Math no lo sabe, pero los supervivientes del Holocausto nazi llevan décadas hablando de su traumática experiencia en una forma de mirar al pasado muy diferente a la de esta camboyana que ha mantenido su historia en secreto, hasta hace solo algunos meses, a pesar de ser un testimonio clave en el juicio que se lleva a cabo estos días contra los cinco líderes de los Jemeres Rojos. “Tenía miedo de contarlo, pero mi familia me convenció para testificar. Muchas de las cosas que vi no puedo recordarlas porque son demasiado atroces”, confiesa, antes de volver a suspirar.

Comenzó juicio histórico contra cinco miembros del Jemer Rojo.

El 17 de abril de 1975, la guerrilla ultramaoísta del Jemer Rojo se tomó el poder y derrocó al dictador Lon Nol –un general impuesto por Estados Unidos– para fundar la llamada República Democrática de Kampuchea. Con el apoyo de China, el temible Pol Pot, líder del Jemer Rojo, quiso convertir al país asiático en una utópica sociedad agraria comunista sin propiedad privada, escuelas, budismo o dinero, cosas que abolió desde el primer día. Ordenó la eliminación sistemática de todo lo que oliera a urbano e intelectual por considerarlo burgués y corruptor, y vació las ciudades en beneficio de las granjas colectivas en el campo.

Se cree que hasta el 7 de enero de 1979, cuando los Jemer Rojo fueron expulsados del poder tras la invasión del Ejército vietnamita, casi un cuarto de la población del país, que en ese momento tenía 8 millones de habitantes, murió ejecutada o de agotamiento, hambruna y enfermedades. En abril de 1998, cuando murió Pol Pot, prisionero de sus compañeros de lucha en la guerrilla, se empezó a hablar de juzgar a los máximos dirigentes del Jemer Rojo por genocidio, aunque solo ocho años después se creó el tribunal internacional que esta semana inició el histórico primer juicio contra cinco miembros de esa guerrilla, entre ellos Kaing Guek Eav, conocido como 'Duch' (foto), director del principal centro de detención y de tortura de los jemeres rojos en Phnom Penh, llamado Tuol Sleng o S-21. Pero el tribunal, auspiciado por la ONU, ha recibido fuertes críticas por la lentitud y la injerencia política del gobierno camboyano (el primer ministro, Hun Sen, fue funcionario del Jemer Rojo)

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