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La dama de los halcones

La dama de los halcones

Durante seis meses, en una carpa instalada en lo alto de un cerro, Nancy Carolina Espinosa observó en silencio y fascinada de día y de noche cómo descolgaban el vuelo con sus garras guerreras halcones, águilas, gavilanes, búhos y lechuzas recelosas, que buscaban comida o un sitio seguro dónde levantar sus nidos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de febrero 2009 , 12:00 a. m.

Como ‘cerro Águila’ bautizó ese sitio en el noroccidente de la ciudad, lleno de bosques secos bordeado en sus faldas por las aguas mansas del río Manzanares, donde siempre sopla la brisa de la Sierra Nevada, que le da una sensación de paz y seguridad.

Esta bogotana, que no ha terminado sus estudios en Biología, decidió un día subir al cerro a conocer la vida de las aves rapaces que veía caer inertes en busca de presas en el campus de la Universidad del Magdalena, al que llegaban gavilanes y halcones.

La idea de buscarles un sitio dónde protegerlos le rondó tanto la cabeza, que se dedicó a estudiar la vida de las aves rapaces y viajó a diferentes ciudades a conocer experiencias de centros de rehabilitación y clubes de cetrería, deporte en el que se entrenan aves rapaces para la caza.

Hace seis años, con el apoyo de sus padres, creó la Fundación Tayrona y presentó un proyecto de conservación al Departamento Administrativo de Medio Ambiente (Dadma), que le dio permiso para desarrollarlo en el cerro que estudió. Le asignó un área de 33 hectáreas.

Sus padres, Martha Espinosa y Alberto Díaz, fueron los primeros en darle la mano para empezar. Con el dinero de una herencia construyeron una atractiva casa de bambú que no rompe el entorno y cuatro jaulas especiales para atender las aves. Y se fueron a vivir con ella al cerro y a cuidar aves rapaces. La Corporación Regional del Magdalena (Corpamag), la Policía Ambiental, el Dadma y la misma comunidad les llevan aves enfermas, heridas y decomisadas para que Nancy y sus padres las cuiden y luego las liberen.

Durante este tiempo han atendido unas 40 aves heridas y han liberado 90, “Las especies que traemos a recuperar, después que las soltamos regresan al cerro por la tarde, justo a la hora cuando les ponemos el alimento”, señala Nancy. En la reserva mantienen gavilanes, búhos, lechuzas, halcones y algunos pichones; aves que se recuperan de pedradas, disparos o enfermedades. Allí, además de la alimentación y el cuido, tienen el servicio de veterinario.

La experiencia no ha sido fácil, dice Nancy, a quien le ha tocado visitar colegios y universidades para dictar charlas de educación ambiental y por las que cobra entre 500 y 2.000 pesos por estudiante. Con lo que recoge compra la carne y las medicinas de las aves.

Las instituciones que le entregan los animales para que los cuide y los cure no hacen ningún aporte, y la ayuda que le prometió la Gobernación quedó sólo en un anuncio de prensa.

Al problema de sostenimiento se suma el de los constructores invasores, que quieren lotear la zona que le fue entregada, lo que le ha generado serios problemas con los vecinos.

Los cazadores que habitualmente subían al cerro en busca de iguanas, armadillos, culebras, conejos, aves y hasta los venados que sobreviven en la zona, tampoco están contentos con el proyecto de recuperación de la reserva natural.

Pero Nancy sigue dando la batalla. Presentó al Aeropuerto de Barranquilla un proyecto para contrarrestar el peligro que representan algunas aves en la pista de aterrizaje. “Halcones entrenados se encargarían de quitar esas aves que amenazan a los aviones”, explicó.

También sueña con conserva la reserva al lado de sus padres y desde allí generar una verdadera conciencia ambiental para que la ciudad les permita a estas aves seguir viviendo en el lugar donde siempre han estado: El Cerro de las Águilas, donde los halcones, como meteoros, atraviesan el cielo nocturno.

‘‘ He recorrido casi todas las instituciones educativas (en el Magdalena), unos 2.700 estudiantes nos han escuchado, pero cada vez es más difícil”.

Nancy Carolina Espinosa, protectora de aves rapaces

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