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DE LAS METAS A LAS REALIZACIONES

DE LAS METAS A LAS REALIZACIONES

No es malo que los gobiernos se propongan metas optimistas en materia de empleo, precios y desarrollo. Peor sería que fueran derrotistas. Los funcionarios deben saber para dónde van, hacia dónde se les exige orientar sus esfuerzos y sus técnicas, cómo servir mejor los fines predeterminados. Desde el punto de vista de las expectativas, con tanta influencia sobre las realidades, la oportuna definición de objetivos contribuye a impedir que las cartas se jueguen a posibilidades distintas. Trazado el rumbo, será más fácil establecer, en cada ocasión, si se han registrado peligrosos desvíos y si es menester ajustar las conductas a los propósitos originales o si las circunstancias obligan a optar por rectificaciones ineludibles.

Las autoridades económicas vienen insistiendo en bajar escalonadamente la inflación, con un primer paso en el nivel del veintidós por ciento, sin perjuicio de bregar por que el crecimiento económico sobrepase el mínimo límite deseable del cinco por ciento. Hasta ahora, por diversas contingencias, no ha sido posible alcanzar lo uno ni lo otro, pero el señalamiento de metas ha obligado al menos a aproximarse a ellas y prevenido contra más acentuados desbordamientos Al fin y al cabo, implican un compromiso, sobre cuyo cumplimiento acaba juzgándose, hasta cierto punto, la gestión pública.

La función de los pronósticos no es la misma. Aspiran a ilustrar a la opinión sobre las perspectivas en el curso del año, o aun en períodos más amplios a la luz de los factores que determinan la evolución de los acontecimientos. Los organismos financieros internacionales, el Banco Mundial y el Fondo Monetario, suelen anticiparlos, revisarlos y difundirlos para el conjunto de las economías, zona por zona.

No es extraño, por consiguiente, que en cada país se haga lo propio, sin tener que coincidir con los anhelos y fines gubernamentales. En el cumplimiento o en el incumplimiento de las previsiones de unos y otros intervienen desde luego elementos aleatorios. Tal, por ejemplo, el de la intensidad y la magnitud de la violencia, que puede echar a pique o desalentar algunas actividades, o el de los apagones.

Tenemos así las metas del Gobierno, no por cierto demasiado ambiciosas, y, por otra parte, los pronósticos técnicos de una inflación más hacia el 25 por ciento y de un crecimiento económico tan solo del 3.8 por ciento, muy por debajo de lo que el país necesita. En ambos casos, metas y cálculos sujetos a adversos o favorables avatares, y, en primer término, a la acción coordinada de las autoridades.

Naturalmente no todo ha de medirse por el grado de inflación sino que habrá de verse también la tasa de desempleo. Según los tratadistas de las naciones industriales, cuando llega al 11 por ciento, o mucho antes, se convierte en el problema social y político más importante . Entre nosotros, no cabe ver en él la causa fundamental de la violencia, mucho menos del narco-terrorismo, pero nadie osaría negar su concurso a la perturbación continuada del orden público. Contra él conspira el abierto como el disfrazado, el urbano como el rural que no se recoge en las estadísticas. Costo de la vida Desde el comienzo del año era claro que no podría ser sustancialmente inferior al del mismo mes de 1992. Las alzas de la gasolina y el transporte, inmediatamente después de la moderada del salario mínimo, dieron la voz de marcha para el reajuste de toda clase de precios. La ya trillada mecánica inercial se encargó de elevarlos sincronizadamente en la proporción del 25 por ciento para la mayoría de los artículos y servicios.

Con el aditamento de que esta vez la situación de abundancia monetaria era propicia para validar e impulsar la carestía. El aumento de los medios de pago a razón del 42 por ciento anual, muy por encima de las metas oficiales, debía tener consecuencias inescapables. De la tesis de la extrema restricción, simbolizada en la severa astringencia general del crédito, se ha pasado a la de la permisividad, con fe de carbonero en la virtud mágica de la disminución de las tasas de interés.

Pero es innegable que una desviación tan marcada del rumbo monetario acaba por inflar la demanda de bienes, sin que su oferta se multiplique en la misma medida, aun en tiempos de apertura mercantil como los actuales. Puede no haber sido causa decisiva del incremento del costo de la vida en enero, pero no hay duda de sus repercusiones en el futuro inmediato. O han dejado de ser ciertas las consecuencias de una acrecida masa monetaria a caza de una limitada disponibilidad de artículos y servicios? Duele observar cómo se reproduce la inflación de un año a otro. Su dinamismo sobrepasa todos los diques, sin exceptuar el monetario que en el pasado se le opuso. Con tanta mayor razón si este flanco se debilita y le ofrece amplio cauce. A falta de pacto social, de una política concertada, los agentes económicos se precipitan a protegerse. A sabiendas de que están condenados a perder la cuarta parte del poder adquisitivo, o de que ya la perdieron, prefieren cubrirse de un riesgo en trance de consumarse, y ayudan a que así sea.

Las experiencias vividas incitan a romperle el espinazo al fenómeno de la inflación inercial, no sin prestarle la asistencia de la templanza de los medios de pago, en esta oportunidad frustrada por la descoordinación de los giros de la Tesorería General de la República. No siendo recomendable ni factible depender de modo indefinido del expediente de la revaluación; ni correr el albur de sacrificar las exportaciones; ni fiarse de la capacidad de las importaciones para regular los precios, parece aconsejable ensayar una estrategia más acorde con las metas gubernamentales y más apta para lograrlas. Francisco J. Ortega Acosta La Cruz de Boyacá, que le ha sido impuesta, es el reconocimiento de la patria y no tan solo del Gobierno a méritos y virtudes insignes, demostrados a lo largo de una carrera como pocas distinguida y fecunda.

Tuvimos el privilegio de seguirla desde sus prometedores comienzos, cuando ejercía de investigador de las realidades económicas nacionales e internacionales, ya economista maduro de altos títulos académicos, hasta verlo escalar uno a uno los difíciles peldaños de las responsabilidades de gobierno. El principal de todos, la gerencia del Banco de la República, que tanto se avenía con la probidad de su carácter y la lucidez de su talento.

No podemos olvidar las veces en que hubo de discrepar de las políticas predominantes. En alguna ocasión, ello lo forzó a optar por la dignidad del retiro, pero no transcurriría mucho tiempo sin que se le reconociera la razón de su gesto. En otras, influyó decisivamente para modificar criterios, y en todas para hacer valer el suyo, del cual se puede disentir pero no negarle convicción y patriotismo.

Sabe él con cuánta sinceridad nos sumamos al homenaje de gratitud que se le rinde.

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