ESMERALDAS: BENDICIÓN O MALDIDICIÓN

ESMERALDAS: BENDICIÓN O MALDIDICIÓN

Por segunda ocasión nos referimos en estas páginas al interesante tema de las esmeraldas boyacenses. Esta vez a propósito del ánimo que han mostrado los gobiernos estadounidense y británico en el negocio.

21 de abril 1995 , 12:00 a.m.

No hay duda de que se trata de un buen negocio, pero para los explotadores de las minas, porque para los boyacenses en general resulta más una leyenda que cualquiera otra cosa.

Recabamos en la importancia de que la explotación de las mejores esmeraldas del mundo le deje algo a Boyacá, o por lo menos a la región que las produce. Que todo no termine en ese pírrico aporte de unas pocas monedas con las cuales no se puede pagar siquiera el salario de un portero por un año.

Acabamos de observar el informe reciente de la Contraloría en el que se ubica a las esmeraldas como uno de los principales renglones de exportación. Cerca de 500 millones de dólares mal contados, cada año. Nuestra pregunta es: +Cuánto de esto le queda a los boyacenses? Y +quién se atreve a decir algo sobre este tema o a pedir que se haga justicia?. Nadie. No se escucha ni a los congresistas, ni al Gobernador, ni a nadie.

Sería justo que por lo menos el Occidente boyacense, que las ve salir todos los días de sus entrañas, tuviera mejores vías de acceso, mejores acueductos, o simplemente acueductos, maestros paras todos los muchachos en edad escolar y un édico que atienda los partes. Pero no. Hay que ver la miseria en que se debaten millares y millares de gentes de la región.

Reconocemos que los líderes de las minas han hecho aportes al desarrollo de la región, pero allí ha faltado la presencia del Estado como árbitro para orientar, para dirigir equitativamente ese desarrollo.

Es que los aportes que los jefes de las minas han hecho en especie no pueden mirarse como una obra de caridad, sino como una obligación por la explotación de esa enorme riqueza.

Hay que hablar con muchos de ellos para convencerse que el dinero brota todos los días de las minas a manos llenas para unos pocos. Muchos de ellos mismos aseguran que la venta de esmeraldas al exterior supera la estadística de la contraloría de 500 millones de dólares por año. Va mucho más allá, pero eso no lo sabe nadie del Estado. Lo saben los jefes de las minas que cada día llenan sus tulas. Pero el Estado no tiene un control claro del negocio.

Decíamos en pasada ocasión, por qué no se intenta algo parecido a la redistribución del ingreso que lograron los cafeteros del viejo Caldas. En esa zona la bonanza del grano solucionó muchos problemas sociales. El dinero del café, no obstante que allá sí el producto tiene dueño propio, sirvió para redimir la zona.

O para no ir tan lejos, por qué no se mira el desarrollo que ha tenido Arauca, o Santander y ahora Casanare, gracias a la entrega de una regalías decorosas por la explotación del petróleo.

Es hora de que se piense que los boyacenses, o por lo menos los del occidente boyacenses, testigos de la presencia de esa riqueza, participen de alguna manera más equitativa de esos recursos.

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