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LO MENOS QUE SE PIDE

LO MENOS QUE SE PIDE

Solo otras elecciones, limpias, borrarían en justicia las tramposas. Sería lo menos luego de un episodio que para algunos se liquida con la cabeza presidencial, pero que en el fondo exige cambio de dirigentes, organizaciones y criterios responsables del estado de cosas. Cuya incapacidad es ahora más patética cuando el Presidente ha renunciado a su período.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Sería inútil el derrumbe que se está presenciando, de insistir en el procedimiento de aguantar de presidente en presidente, sin cuestionar cómo se los elige ni para qué. Unicamente así tendrían sentido esta disección lastimosa de la política nacional o paradojas como la del país más sufrido y más corrompido por narcotráfico.

Si de complicidad se trata, no está solamente la de quienes se hallaban en la campaña y no vieron, sino la de todos los que en todo este tiempo tampoco se han dado cuenta de cómo se gobierna. Muchos han estado tan ocupados con el porvenir de nuestros hijos que no se han percatado de su presente.

La corrupción nacional tiene su historia: se volvió normal llegar al poder por cualquier medio: roscas, delfinatos, clientelismos y dinero de donde venga; y se llega para mantenerse ahí por cualquier medio, uno de ellos devolviendo favores. Es la gran perversión: el puesto público para servirse a sí mismo y sus compadres y no a la comunidad. Así no hay sociedad que resista y esta lo está demostrando.

Muchos colombianos se han desentendido y han aprovechado. No se explica en otra forma el continuismo oficialista que le correspondió a esta generación y por la cual deberá pagar. Aunque ahora se pretenda que el desfondamiento se reduce a boberías como enfrentamientos Samper-Gaviria, o gobierno-fiscal, o Colombia-EU. Ojalá fuera así. Realmente se está ante el fracaso de mentalidades y procedimientos dominantes en la vida pública: el del yupie exitoso y amoral, el de la delfinización y concentración del poder, la ambigedad ética, la injusticia social, la ausencia de oposición, la impunidad y el amiguismo, ahora exaltado como virtud política.

Lo menos que el país podría reclamar ahora, son elegidos limpios. Si no quiere entregar una sociedad hecha pedazos, la generación que padece los efectos de la corrupción en general y de la electoral en particular, tendrá que corregir una inercia de tolerancia que la tiene donde está. Como la empresarial, que apoya gobiernos según sus utilidades, como si el país fuera otro negocio. Salidas? Depende de cómo se vea la entrada, es decir, cuál ha sido la trayectoria que nos trajo aquí. Por lo pronto no las tienen los que nunca se han dado cuenta de nada, o los que piden respeto a la constitucionalidad y no han hecho más que irrespetarla.

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