DOS SUEÑOS ARRASADOS POR UNA BOMBA

DOS SUEÑOS ARRASADOS POR UNA BOMBA

Rosa Helena: el ideal era tener su propio almacén En el occidente de la ciudad, en una casita muy humilde, a kilómetros de distancia de donde explotó el carrobomba el sábado pasado, un hombre vestido de negro llora sin cesar y aprieta en su mano una foto que muestra a una joven bella, llena de vida, que jamás pensó en la muerte porque tenía demasiadas esperanzas. En un extremo de la sala de la casa hay dos coronas fúnebres que enmarcan una imagen del Niño Dios. Al fondo están las habitaciones. En una de ellas, un muchacho está tendido en una cama. No habla. No come. No quiere saber de nada. En esa casa ya nadie quiere hablar.

04 de febrero 1993 , 12:00 a.m.

El único que musita palabras de vez en cuando es Juan Antonio, el mayor de los cinco hermanos de la familia Amaya. El lleva cuatro días mirando a un punto fijo de la sala de su casa. Solo parpadea para dejar correr las lágrimas y encender uno y otro cigarrillo. Yo quisiera que mi hermana Rosa Helena, La Mona , llegara como siempre, todas las noches, para saludarla desde la esquina y encontrarme con su sonrisa .

Pero no va a llegar. Rosa Helena, a sus 23 años, yace en una tumba en un cementerio del sur de la ciudad. Murió por culpa de la explosión del carrobomba el sábado pasado en el centro de la ciudad.

Ella administraba desde hace cuatro años un almacén de ropa para niños en la carrera 9a. con calle 15. Sagradamente, de lunes a sábado, estaba de 9 a.m. a 7 p.m. atendiendo a los clientes. En la noche estudiaba contabilidad y computación. Hasta la semana pasada estaba haciendo papeles para presentarse a la Universidad Nacional.

Ahorraba la mitad de su sueldo porque tenía la idea de comprarse un almacén. La otra mitad la destinaba a su casa. Había tomado las riendas del hogar desde cuando su madre murió en un accidente.

Ese fatídico sábado, Rosa Helena se levantó antes de las 6 de la mañana para hacer el desayuno. Y como de costumbre, regañó a sus hermanos, obreros de construcción al igual que su padre, para que se fueran temprano a trabajar.

Ese día se arregló mucho. Cuando saliera del almacén, a las 7 de la noche, se encontraría con Daniel, su novio desde hacía año y medio. El trabaja vendiendo paños en un almacén de la carrera 9a. con calle 12.

Pero faltando veinte minutos, o menos, para cumplir su cita, Daniel sintió un estruendo que lo dejó sordo. Solo pensó en Rosa Helena. Su Mona . Casualmente, Daniel había salido más temprano de su trabajo y decidió darse una vuelta por el centro, unas cuadras más al norte de donde era la cita. Murió en el hospital Como pudo, Daniel se incorporó y corrió muchas cuadras, rumbo a la esquina de la 9a. Llamó a la casa de ella y le avisó a sus hermanos. Ellos se trasladaron desde Fontibón hasta el centro para buscarla. Y no la encontraron. Buscaron horas debajo de tierra, piedras y pedazos de cuerpos un solo indicio de la Mona . Pero nada.

Al rato supieron que estaba en un hospital. Les volvió el alma al cuerpo porque la creyeron viva. De hecho, alcanzó a llegar con un aliento de vida hasta La Samaritana. Pero allí falleció, porque tenía heridas mortales.

Rosa Helena y dos vendedoras más del almacén donde trabajaba, murieron. El dueño se encuentra entre la vida y la muerte en un hospital. Y del almacén ya no queda nada.

El padre de ella, José, y los hermanos debieron endeudarse como nunca para poder costearle el entierro a Rosa. Fue el lunes. Ahora están en el novenario. Y qué piensan? Que la muerte no perdona y que ahora Rosa está haciéndole compañía a Florentina, su madre. Dilia Medina: una madre trabajadora, alegre y optimista El sábado, el día en que iba a morir, Dilia Medina Arias de Sandoval amaneció un poco inquieta y desganada.

Incluso, le alcanzó a decir a una de sus diez hermanas y a una amiga que hubiera dado cualquier cosa por no ir ese día a trabajar, como si allá, en lo más profundo del alma, tuviera un remoto y no muy claro presentimiento de que ya la rondada la desgracia.

Sin embargo, lo dijo un poco después del mediodía, cuando ya había cumplido prácticamente la mitad de la que sería la última jornada de trabajo de su existencia, porque Dilia fue una de las inocentes víctimas del pavoroso atentado terrorista que el sábado pasado sacudió a Bogotá y a todo el país.

A ella, a Rosa Helena Amaya y a Mireya Gutiérrez Hernández, la letal onda explosiva del carro bomba las sorprendió prácticamente en la puerta de Bulliciosos , un almacén de ropa infantil en el que trabajaban y que quedó hecho añicos.

Dilia Medina había nacido en San Benito (Santander) hacía 35 años y tenía diez hermanos, seis de ellos residentes en Bogotá, adonde ella había llegado, 20 años atrás, llena de sueños e ilusiones.

Aquí se casó, hace ya unos 17 años, con Ignacio Sandoval y tuvieron tres hijas: Erika, de 14 años; Johanna, de 9 años; y Viviana, de 7 años, que eran su adoración. Su verdadera razón de ser , recuerdan ahora Rosa y Eutimio, dos de sus hermanos.

Ella era alegre y optimista. Una enamorada de la vida. Era conversadora y alegre. Por eso tenía muchas amigas y en todas partes la apreciaban. Tal vez una de las cosas que más deseaba últimamente era poder darle en agosto una hermosa serenata a su hija Erika, para celebrarle en grande sus 15 años , rememora Sandra, una de sus sobrinas. La llamo esta noche La última vez que hablamos fue ese mismo sábado. Ella me llamó por teléfono a la casa como a las 10 de la mañana, porque yo he estado un poco enferma. Incluso, me pasó a Ercilia, otra de mis hermanas, que tiene un almacén a un par de cuadras de donde explotó ese carro bomba, pero que por fortuna lo había cerrado antes de las seis de la tarde , recuerda ahora Rosa.

En esa última charla, Dilia me preguntó cómo seguía yo de salud y otras cosas así. Luego se despidió, y me dijo: por la noche la llamo. Eso nunca ocurrió. Esa noche ella estaba muerta , dice acongojada.

La terrible noticia la supieron poco a poco. Primero, un amigo los llamó y les dijo que mandaran a alguien hasta el almacén de Ercilia porque una explosión había roto los vidrios.

Entonces, oyeron la radio y supieron la verdad: un carro bomba había explotado frente a Bulliciosos , el almacén donde Dilia trabajaba desde el 15 de noviembre del año pasado.

Después, el esposo de ella nos llamó y nos dijo que habían dicho por la radio que en La Hortúa estaba el cadáver de una mujer no identificada, pero cuya descripción era similar a la de Dilia. Berta, otra hermana nuestra que vive cerca de allí, fue y se cercioró. Nos llamó llorando: es ella y está muerta , dijo, recuerda Eutimio Medina.

El funeral de Dilia Medina Arias de Sandoval fue el lunes a las 2:15 de la tarde.

Ella es otra de las inocentes víctimas de una violencia demencial. Una mujer que soñaba con una hermosa serenata para Erika, su hija mayor.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.